Reynosa, Tamps.-
En agosto de 2010, un grupo de indocumentados cruzó México buscando llegar a Estados Unidos, al sueño americano. Sin embargo, a unos kilómetros de su destino 72 de ellos fueron masacrados. Este crimen es uno de tantos cometidos en la llamada “Ruta de la Muerte”
ENVIADOS: Erick Muñiz y Moisés Gómez
Peñitas es un minúsculo caserío enclavado en el extremo Oriente de El Salvador, en la frontera con Honduras. Un poblado de hamacas en los cuartos y hormigas invadiendo los pisos durante el sopor de las tardes.
Sopor de puerto y sudor de costa que apenas se mitiga bajo la sombra de los almendros y tamarindos que resguardan, inmóviles, las 80 viviendas del lugar, en el municipio de Pasaquina.
A escasos 50 kilómetros de ahí se encuentra El Tablón, otro poblado cubierto por el mismo sol inclemente e idénticos aires de abandono. Es el departamento de La Unión.
Esta entidad está muy lejos de la vida moderna que transcurre en San Salvador.
Aquí los relojes bostezan su aburrimiento y el tiempo se escurre entre las manecillas, entre las moscas zumbando, pasa a un lado de las motonetas convertidas en taxis y se acumula en los ancianos que sobreviven como pueden.
La necesidad agobia y aunque las autoridades lo intentan, no pueden responder a la exigente demanda de trabajos bien pagado o al menos que den para comer bien.
A esto se debe que la constante entre los pobladores sea migrar. De los caseríos a las ciudades, de las ciudades a San Salvador, de Centroamérica a los Estados Unidos.
Y entre tanto olvido y tanta migración, estos lugares van avanzando a marchas forzadas entre las ausencias y las remesas. A costa de familias separadas por exilios obligados.
Estos caminos de tierra nunca unieron a Yedmi Victoria Castro, una pequeña de 15 años con ganas de estudiar Medicina, y a Francisco Antonio Blanco, “Toñito”, de 30 años y padre de cuatro niños o “cipotes”.
Yedmi creció en Peñitas y Toñito en El Tablón. Los senderos de la vida los llevaron hasta San Fernando, Tamaulipas, en el noreste de México, junto con otros 72 migrantes.
Fue ahí donde compartieron un mismo espacio y una misma suerte. Una tumba al aire libre porque los 58 hombres y 14 mujeres fueron masacrados en un rancho el 22 de agosto de 2010.
La noticia conmocionó a México, a Latinoamérica y a buena parte del mundo. Nunca se había documentado una masacre de tales magnitudes y la cacería contra los integrantes de la delincuencia organizada se desató de inmediato.
Pocos días después, luego de un enfrentamiento con delincuentes que acabó en la muerte de éstos, las autoridades federales presentaron la versión oficial: el cártel de los Zetas intentó reclutar a los migrantes en sus filas, y ante la negativa de ellos, los asesinaron.
Hasta ahí llegaron los sueños de Yedmi y Toñito.
Para los migrantes sin papeles México es un laberinto, un juego donde hay demasiadas serpientes y pocas escaleras. Territorio abierto a la cacería y ellos son las presas que caen abatidas por robos, asaltos, golpizas, violaciones, secuestros e incluso la muerte.
Este es el relato de dos vidas paralelas que se cruzaron en sus últimos momentos.
El Salvador
En este país centroamericano, progresar en la vida está fuertemente vinculado con la migración a Estados Unidos.
La zona oriente de El Salvador se ha caracterizado por ser la región menos desarrollada y la que más gente ha enviado a buscar el sueño americano.
Para el periodista español Edu Ponces, lo que se ha vuelto el común denominador en la migración centroamericana es la necesidad de progresar.
“Creo que los patrones de migración han ido cambiando”, comenta Edu.
“Creo que el migrante centroamericano ya no es arquetipo de persona que tiene hambre y el hambre lo lleva a emigrar, creo que hay motivaciones migratorias que pueden ser: irse a estudiar, la reunificación familiar, la voluntad de progreso y eso ya no tiene escala social porque hay migrantes de todo tipo”, agrega.
Para Ponces, el trabajar de cerca con el tema de la migración ha sido un parteaguas en su carrera y en la forma de ver este fenómeno social.
“Es que la migración desde Centroamérica es algo que se ha visto desde una forma muy positiva, sobre todo por que estamos hablando de países como El Salvador cuyo crecimiento económico proviene de las remesas.
“Además -agrega el español radicado en El Salvador- son países que no tienen petróleo, ni minas, lo que exportan es gente”.
Los riesgos que corren los indocumentados al cruzar México son variados. En Peñitas lo saben muy bien, pues este caserío destaca por ser expulsor de migrantes y cuna de “coyotes”, como se le llama a quienes llevan indocumentados a Estados Unidos.
Después de todo, alguien debe guíar al más de medio millón de personas que cruza México cada año.
El objetivo es alejarse de El Salvador, el país con la tasa más alta de homicidios en el continente. Y también marcar distancia de Centroamérica, donde el 40 por ciento de la población vive con menos de un dólar al día.
Yedmi Victoria Castro
Marranos hurgando en basureros y bicicletas vadeando lodazales. Esos son los principales transeúntes en Peñitas.
Ahí se desarrolló la existencia de Yedmi, cerca de la carretera que lleva a Santa Rosa de Lima, en el extremo oriental de El Salvador, en la frontera con Honduras y colindando con la miseria.
“Era linda, era de ojos azules, ¿qué más le puedo decir?, era mi hija”, comenta Mariluz Castro, la madre de la quinceañera que murió lejos de su gente, de su casa, de sus amores.
“Buena niña. Todo lo que yo le decía me contestaba ‘sí mami, sí mamita’, y así era con mi mamá también”, agrega, atribulada, la joven mujer.
Este rincón del municipio de Pasaquina vive no sólo la tragedia de los muertos sino una realidad distinta. Mientras en San Salvador la moneda es el dólar, en Peñitas la moneda de uso corriente es de 25 centavos.
La mayoría de las transacciones (una bolsa de agua, las tradicionales pupusas, tortillas o transporte) se tasan en centavos. Hablar de un dólar completo es hablar de precios altos.
En este infernal paraíso lleno de verdor y de pobreza las carencias no son solamente materiales, sino también humanas. El padre de Yedmi la abandonó muy pequeña y su madre, Mariluz Castro, partió a la Unión Americana cuando ella contaba apenas con cuatro años.
La pequeña de figura espigada y sus hermanas fueron criadas por Victoria y Cayetano, los abuelos que se convirtieron en progenitores, auxiliados por una niñera y 300 dólares que la madre enviaba mensualmente.
Así se hilvanan muchas historias en Latinoamérica: comida, vestido y estudio a cambio de familias incompletas.
El sacrificio de Mariluz se tradujo en una mejor calidad de vida para sus hijas y sus padres.
“A Yedmi le gustaba jugar con la muñeca, le gustaba divertirse, era risueña y buena amiga”, evoca la madre en duelo.
Resuelto el asunto financiero, la abuela Victoria hizo a Yedmi asidua visitante a la Iglesia Restauración Peña de Horeb para enriquecer también su alma. Ahí la jovencita sembró el mejor de los recuerdos.
“La muchacha era muy honesta. La abuelita la traía desde chiquita, pues la mamá se fue a Estados Unidos. Son cuatro niños y la abuelita, la hermana Victoria, los creció”, dice Mayra Reyes, miembro de la Iglesia.
La tímida niña empezó a ganarse amistades en cada domingo de culto, al tiempo que Mariluz solucionaba su estatus migratorio en Estados Unidos.
“Pero que sí, era una hembra honesta. Acá con nosotros convivió bastante tiempo, congregándose”, comenta Wilfredo Lazo, pastor de la Iglesia Peña de Horeb.
Para entonces, el piso de tierra de la casa de Yedmi se volvió de cemento, la madera fue cambiada por ladrillos y la ropa de moda y los juegos de maquillaje empezaron a llegar para acentuar la innegable belleza de la niña de piel canela y abundante cabellera.
Con el arribo de la adolescencia también se presentó un conflicto: la abuela de Yedmi la exhortaba a seguir la fe cristiana, mientras su madre quería verla vivir al moderno estilo de Nueva York.
“Ella deseaba servirle al Señor, pero como la mamá le mandaba pinturas y pantalones que ella se ponía (y la iglesia los prohíbe en las mujeres), pero por darle gusto a su madre”, dice Mayra Reyes.
El punto de quiebre entre los deseos de Yedmi y las directrices del templo fue la Fiesta Rosa, como se conoce al festejo de XV años, también prohibido por la fe.
“Le celebré sus XV años y era toda una reina linda, hermosa mi hija”, dice su mamá.
Yedmi bailó “Tiempo de vals”, de Chayanne y y se contoneó en su vestido color azul al ritmo del reguetón. El festejo fue el tema de la semana en la escuela… y también en su congregación.
“Ella platicaba conmigo sobre los preparativos de los XV años”, dice Sandra Herrera, amiga de Yedmi.
Por su parte, el pastor recuerda: “Su mamá quiso celebrarle los XV años y nosotros, en cuanto al reglamento que tenemos, la palabra del Señor, se encierra ahí tan estrictamente que eso no lo podemos celebrar, y esa fue la ocasión para que ya no se vieran activos con nosotros”.
Finalmente, Yedmi dejó de acudir a ese humilde templo que consta de un solo cuarto, pero donde sobra de fe lo que le falta de construcción.
Porque en el Oriente de El Salvador el cristianismo se profesa de la forma más ortodoxa: alejados de los placeres mundanos, hombres y mujeres se sientan por separado, ellas siempre con falda y la pañoleta blanca llamda “blonda” en el cabello. No se permite el contacto físico ni en los saludos.
La oratoria y los testimonios de los pastores son impresionantes y el culto tiene hora de inicio pero no de conclusión.
Los niños a muy temprana edad forman parte del rebaño de la fe, para defenderlos del pandillerismo, porque las “maras” (pandillas) 18 y Salvatrucha siempre están ávidas de nuevos guerreros.
Yedmi, la estudiante
“A lo poco que la conocí, era una alumna con una conducta intachable”, dice Mario Romano, profesor de noveno grado de la escuela José Marcelo Santos, sobre Yedmi.
“En cuanto a rendimiento andaba en un término medio, ni tan arriba ni tan abajo. Ella siempre se mantenía con sus notas. No tenía problemas con nadie”, agrega.
El pecho de Yedmi albergaba anhelos y uno de los principales era ser doctora, por eso se preparaba con entusiasmo y destacaba en el Español y el Inglés, además de tocar un tambor en la banda y tener reconocidas habilidades como cachiporrista o bastonera.
“Lo que sí le gustaba más era aprender inglés y quería estudiar Medicina”, recuerda Mariluz mientras sostiene el retrato de su hija.
“Me decía, ‘mami, tú tienes que trabajar fuerte por que lo que yo quiero es estudiar Medicina y esa carrera es cara'”, agrega.
Soñadora e inquieta, Yedmi solía sentarse con sus dos mejores amigas a la sombra de un kiosco en el patio de la escuela, para compartir sueños, temores y circunstancias en ese rincón tropical llamado Peñitas.
“El objetivo de ella era seguir estudiando, porque desde parvularia (Jardín de Niños) no se había quedado ningún año”, comenta Sandra Herrera, sentada justamente en el kiosco donde muchas tardes acompañó a Yedmi.
A un lado, sus compañeros levantaban polvaredas jugando futbol pero a las chicas no les importaba.
A Yedmi no la desvelaba el sueño americano. Estados Unidos significaba para ella más la falta de su madre que la promesa del progreso.
Se fue porque su madre quiso protegerla de un supuesto peligro.
“Ella quería estudiar acá (Peñitas) y yo tampoco quería llevármela”, comenta Mariluz mientras ve el retrato de Yedmi, hace una pausa y agrega.
“Yo tenía papeles y no había hecho trámites de llevármela. Protegiéndola de una cosa la llamé y nunca pensé en lo que iba a pasar”.
Yedmi creció a golpe de sol y de agua en esta tierra de contrastes. Entre la escasez de bienes materiales y la abundancia de riqueza natural, la belleza de la jovencita destacó como las flores entre la hierba. Y a sus 15 años sucedió lo que siempre ocurre a esa edad: se enamoró.
“La niña no tenía intenciones de irse porque ella estuvo 4 meses preparando su fiesta rosa”, comenta Aracely Flores, directora de la escuela José Marcelo Santos.
“Yo le pregunté a la mamá ‘¿esta niña quería irse?’ y me dijo, ‘realmente yo la mandé traer porque andaba un novio ahí’, que por cierto es nicaragüense”, agrega la profesora.
Los abuelos, Victoria y Cayetano se dieron cuenta que el enamorado planeaba llevarse a Yedmi a vivir con él, algo muy común en esa zona de El Salvador. Se lo contaron a Mariluz y ella decidió que era tiempo de encaminar el futuro de su pequeña por las calles asfaltadas de Nueva York.
Después de todo ¿quién no deseaba alejarse de la difícil vida del Oriente salvadoreño?
Mariluz pagó 7 mil dólares para que llevaran a Yedmi hasta su nuevo hogar en la Unión Americana. El encargado fue un “Coyote”, una persona que recibe este sobrenombre debido a su astucia y conocimiento de las rutas.
Nadie imaginó que al tratarla de alejar de un porvenir incierto, la estaban enviando a un futuro truncado por las balas.
En un afán por perpetuar el recuerdo de su compañera, los alumnos colgaron de una puerta la negra mariposa de un moño luctuoso y estamparon en el muro de un aula el nombre de la ausente, que ni siquiera tuvo la fortuna de ser consignado correctamente en la prensa, que la rebautizó como “Yeimi”.
Toño, el albañil
El Tablón es una de las zonas de El Salvador donde el entorno parece gritarle a sus habitantes “váyanse de aquí si quieren progresar”.
Pertenece a Pasaquina y está enclavado en el Golfo de Fonseca, frontera marítima con Honduras y Nicaragua, donde el mórbido verdor de la naturaleza lo invade todo.
Este puerto es el segundo más importante del país. Sin embargo,los más de 30 mil habitantes del departamento de La Unión -la zona por donde transitan más armas de contrabando que ganado famélico- sufren para llevar comida a sus mesas.
Abundan quienes viven como hace 500 años, dedicados a labores manuales, la agricultura o la pesca, y hacen malabares con un dólar diario. En este universo sólo los niños crecen sin preocupaciones, entretenidos con perros y gallinas a falta de juguetes. El colorido autobús transporta las esperanzas de un destino mejor en otra parte, donde las calles no compartan su espacio con riachuelos y los hombres no anden esos senderos con el estómago vacío.
En temporadas buenas, Francisco Antonio Blanco, “Toñito”, ganaba cinco dólares al día limpiado terrenos para la cosecha, pues los sembradíos de maíz, sedientos a veces y a veces anegados, abundan al pie de las montañas. Cuando los agricultores ocupaban manos a Toñito le iba bien, pero cuando el campo andaba mal, él la pasaba peor.
“Era delgadito, trigueño claro y desde pequeño era bien chistoso, bien amigable con todos, aun ya de grande”, dice Juan Gilberto Espinal, amigo de muchos años.
El joven padre de familia era albañil nato, desde niño construyó gallineros y al crecer edificó la casa de su madre y la propia. Todos sabían de su habilidad pero pocos podían costearla.
“De niño era juguetón y hacía casitas para las gallinas”, dice Faustina Cueva, su madre.
Para apaciguar la necesidad en las épocas más duras, Toñito iba a pescar a la playa cercana.
“Cuando no tenía trabajo se iba con la tarrallita a conseguir pescaditos y pa’ darle a la casa haciendo palos, a manera de no andar vagueando. Se la pasaba en la casa haciendo una cosa u otra y jugando con sus cipotes”, comenta doña Faustina, sentada en una hamaca en el cento de la sala de su casa.
El padre de cuatro niños asistía al templo cada domingo y su carácter servicial lo conocían en todo el caserío.
“Íbamos los martes y jueves cuando es oración y los sábados la asamblea”, evoca la mujer con mirada triste.
Toñito emulaba a sus ídolos futboleros del Barcelona en la cancha comunitaria. Sus ansias de marcar un gol en la portería contraria y de progresar en la vida eran indiscutibles.
“Yo lo conocí bien porque él jugaba futbol y jugábamos juntos y por esa parte él era buen amigo”, comenta Edwin Rivera.
Toñito no era feliz en El Tablón pero quería serlo. Lo malo del deseo es que no da para comer y la perspectiva de ver a su progenie torear sus mismos sufrimientos lo convenció de buscar otro horizonte.
Las razones de un padre para emprender la marcha son variadas: la necesidad propia puede pasarse por alto pero la de los seres queridos, principalmente los niños, no se puede eludir.
“Me dijo, ‘oye mamá, voy a irme pa’ comprar aunque sea una manzanita de tierra’ porque aquí no sacaba dinero”, comenta doña Faustina.
“Buscaba un mejor futuro para su familia. Las ambiciones que él llevaba eran grandes, trabajar bastante y poder ayudar a su familia en todos los aspectos, ya sea económicamente y vivir bien”, dice Edwin Rivera.
Por eso, el 10 de agosto de 2010 Francisco Antonio tomó el primer autobús, el de las 5 de la mañana, para reunirse con sus tres hermanos que viven en la capital de los Estados Unidos.
“Si él hubiera tenido trabajo se me entretiene en este viaje y no se me va, porque él ya tenía 6 meses sin trabajar y usted sabe que uno se desespera”, dice su mamá.
En esta ocasión decidió pedir auxilio de un “Coyote”. Buscaba su destino pero no imaginaba que éste le iba a salir al paso poco antes de cruzar el río Bravo.
El “coyote” y el camino
El panorama de miseria no deja muchas opciones, y la más viable para muchos salvadoreños es irse becados por la necesidad a los Estados Unidos.
“Cada año en Centroamérica hay medio millón de personas que intenta cruzar México como indocumentados. En El Salvador 700 personas salen con intención de hacer ese viaje todos los días”, explica Edu Ponces.
El encargado de llevar a los indocumentados autoexiliados hasta su destino es el “Coyote”, y aunque en muchos lugares, sobre todo Estados Unidos, se le considera el principal enemigo de los migrantes, en Centroamérica está muy lejos de la imagen de un delincuente.
Es más bien un facilitador, el prestador de un servicio, el Caronte que ayuda a la gente a cruzar ese río de pobreza para dejarlos en la orilla donde inicia la tierra prometida.
“El ‘Coyote’ es un personaje dentro de la sociedad centroamericana, es un padrino del pueblo que ha ayudado a mucha gente a prosperar”, cuenta Ponces.
Quienes asumen ese papel suelen ser familiares o amigos, porque en esos caseríos todo mundo es familiar o amigo de alguien.
Por eso la gente les confía lo más preciado que tiene, incluso una niña de 15 años como Yedmi. Por eso Mariluz no lo dudó e hizo el trato para reunirse con su hija. Pagó 3 mil 500 dólares por adelantado y se comprometió a cubrir una cantidad similar cuando su pequeña Yedmi estuviera con ella.
“De un momento a otro yo decidí el viaje, no fue algo planeado”, dice la consternada madre mientras evoca el pasado.
“Tengo una muchacha de 18 años allá y nunca me le pasó nada en el viaje, yo tenía confianza que Yedmi iba a llegar bien”, agrega.
Nadie desconfía del “Coyote” y los 7 mil a 10 mil dólares que solicitan por persona se consideran una buena inversión y hay para todos los presupuestos.
“Hay gente que emigra con mucha capacidada adquisitiva por otras vías, el caso al que llamamos ‘Coyotes VIP’, que uno puede subirse a una avión en San Salvador y bajarse en Monterrey, México, o incluso ya en Estados Unidos, en Houston o en Atlanta”, dice Ponces, y agrega:
“Pero básicamente hay dos tipos de viaje: El migrante que consigue un ‘Coyote’ que lo puede llevar por tierra a través de México y viajar relativamente tranquilo y, el gran volumen de inmigrantes que atraviesan México subidos en los trenes de mercancía”.
Quienes viajan por carretera tienen incluso una garantía de tres intentos, así que el arribo a territorio estadounidense está casi asegurado.
En ese grupo iban Yedmi y Toñito. Sus vidas tuvieron mucho en común. Sin embargo, la suerte les permitió conocerse hasta sus últimos momentos de existencia.
Nacidos con 15 años de diferencia, compartían la mismas necesidades y el mismo cariño por esa patria coronada por el volcán Conchagua y bañada por las olas del mar. También fueron seducidos por una misma necesidad que se les volvió anhelo: ir a Estados Unidos.
El Salvador tiene 7 millones de ciudadanos, de los cuales se estima que casi 2 millones viven en la Unión Americana. La migración en estos países se ha convertido en un rasgo de identidad nacional.
El Salvador tiene un ingreso en remesas que iguala el presupuesto nacional, que es de más de 3 mil millones de dólares. Aquí el triunfador está identificado con el migrante que ha llegado a Estados Unidos.
Además, recorrer la exuberante Centroamérica no implica demasiados problemas para sus residentes, quienes tienen paso franco a través de sus porosas fronteras. El único inconveniente puede ser la delincuencia o los accidentes en el camino.
El camino es siempre el mismo: del departamento (estado) de La Unión a a la moderna capital salvadoreña y después hacia Guatemala, por carreteras acechadas por la intensa vegetación, derrumbes e inundaciones. El trayecto es tortuoso y cansado, puede llevar medio día o media semana, según las condiciones del clima.
Esa fue la travesía que siguieron Yedmi Victoria y Francisco Antonio. Ningún problema se presentó en Centroamérica.
México, el infierno
Los 50 metros de agua poco profunda pero traicionera de El Suchiate, el río-frontera que divide a Guatemala de México, son el preludio de los problemas, el primer círculo de ese periplo dantesco lleno de desamparo.
El cruce cuesta 20 pesos, poco más de un dólar, y los balseros, una versión tercermundista de los gondoleros de Venecia, llevan gente y mercancía de un lado a otro todo el día, en destartaladas tarimas de madera amarradas a cámaras de neumáticos.
Ésa fue la primera frontera que cruzaron como indocumentados Yedmi y Toñito.
El estado mexicano de Chiapas sólo tiene agentes de Migración en algunas carreteras y no es difícil evadirlos. Lo difícil, lo saben mexicanos y extranjeros, es escapar de las garras de la delincuencia organizada.
Los más vulnerables dentro del territorio mexicano son los migrantes que van en el tren . Son los más pobres, los invisibles.
La Comisión Nacional de Derechos Humanos de México documentó 9 mil 758 secuestros en apenas seis meses: de septiembre de 2008 a febrero de 2009. Pero el estimado es que podrían ser de 18 mil al año.
Es decir, que cada semana unos 375 migrantes buscan el sueño americano pero se encuentran con la pesadilla mexicana.
A quienes mejor les va les quitan el dinero que no tienen. Otros, menos afortunados, pierden lo único que poseen: su vida.
El gobierno de Chiapas ha disminuido el acoso a los migrantes. El peligro inicia cuando entran al estado de Oaxaca, donde los predadores actúan con mayor libertad, luego extienden sus fauces al cruzar por Veracruz y sin duda son amos y señores en Tamaulipas. Estas tres entidades siguen siendo tierra de nadie.
Los escasos albergues son una isla en este mar de abusos y sus dirigentes son reconocidos guerreros de mil batallas, como Carlos Bartolo, en Arriaga, Chiapas, y el padre Alejandro Solalinde en Ixtepec, Oaxaca.
“El migrante va a buscar una mejoría, va en busca de un sueño, pero en lugar de eso se encuentra todo tipo de vejaciones, de humillaciones”, cuenta Solalinde.
El albergue que dirige, Hermanos en el Camino, está irónicamente ubicado en el barrio La Soledad. Y solitaria también ha sido durante años la lucha de este sacerdote contra los enormes molinos de viento de la impunidad.
Desde Arriaga, Chiapas, donde Carlos Bartolo hace lo propio, hasta Ixtepec, Oaxaca, donde Solalinde lucha contra sus propios molinos de viento, las manos que se tienen hacia los migrantes poco a poco se multiplican.
El padre Alejandro Solalinde lo resume en una frase: “los migrantes son mercancía. Los delincuentes, sean civiles o servidores públicos, ven en ellos una fuente de ingresos y nada más”.
Las historias de los peregrinos son tan impresionantes como la indiferencia que les rodea. Al escucharlas se entiende por qué llaman El Infierno a la travesía que va del río Suchiate al río Bravo.
Para las víctimas, ser deportados es lo menos grave que puede ocurrirles. Viajando a bordo de “La Bestia” e incluso por carretera, como hicieron Yedmi y Toñito, se exponen a asaltos, violaciones, secuestros y asesinatos que se dan cotidianamente.
La alevosía es la ventaja de los delincuentes, quienes agreden en grupo y en muchas ocasiones hombro a hombro con los agentes de la ley. Después de todo, los 500 a 5 mil dólares que piden por persona son buena razón para olvidar las diferencias entre policías y ladrones.
Edu Ponces lo explica: “Los primeros 300 y 400 kilometros del sur de México, en que el centroamericano empieza a ser indocumentado, es la peor zona.
“De Oaxaca hasta Veracruz, Orizaba y en el Estado de México es donde pasan los secuestros masivos”.
Las víctimas afirman que en los delitos está implicada la policía municipal, estatal e incluso federal. La frase de Thomas Hobbes, de que el hombre es el lobo del hombre, se recrea en los inagotables relatos.
Yedmi, Toñito y sus compañeros llevaban al menos una semana atravesando interminables parajes. La temporada de huracanes ya estaba en su apogeo y en Veracruz los viajeros tuvieron tardes aciagas, de gotas refrescantes y nubes encapotando el cielo. A esas alturas de la costa ya es común ver camionetas con grupos de migrantes que se toman un descanso antes de continuar la travesía.
El mes de agosto huía del calendario. Algunas noches eran oscuras como un mal presagio pero también luminosas, de paisajes amables y sitios muy diferentes a Pasaquina, que se iba quedando en el recuerdo.
Lo que es similar, tanto en El Salvador como en México es el calor, que agobia pero seguramente no tanto como las ganas de llegar.
Patrullas de la Policía Federal y del Ejército aparecen de vez en cuando en las carreteras de Oaxaca, Veracruz y Tamaulipas, aunque los retenes son escasos. Atisbando entre las luces y las sombras del camino, la esperanza va tomando forma y los sueños parecen más cercanos: valieron la pena los dólares invertidos. La Tierra Prometida se encuentra a pocas horas de distancia.
Incluso, Yedmi tuvo tiempo de llamar a Pasaquina para decir que todo marchaba bien.
“Vamos muy bien y con un montón de gente”, dijo la hermana de Yedmi a Aracely Flores, la directora de la escuela.
Las horas finales
Sería por la ambición, las luchas entre diferentes grupos de narcotraficantes o simplemente la mala fortuna, pero la ruta de Yedmi, Toñito y sus compañeros se torció sin remedio al entrar al estado de Tamaulipas.
De nada valió que el “Coyote” fuera adelante del grupo para pagar las cuotas del peaje convenidas con los delincuentes.
Después de pasar el puerto de Tampico, ya rumbo al fronterizo municipio de San Fernando, bordeando el Golfo de México, los migrantes de El Salvador, Honduras, Ecuador y Brasil se enfrentaron a la dura realidad: fueron secuestrados.
Yedmi y Toñito se convirtieron también en presa de los chacales. Ella sólo buscaba llegar a Nueva York para unirse a su madre y él tenía la mira en Washington para sacar adelante a su familia.
El camión de redilas donde viajaban pasó al control de un grupo de criminales que, en un rancho perdido en la llanura tamaulipeca, les exigió unirse a sus filas.
Amarrados con cintas de plástico -las manos detrás de una rodilla para evitar que corrieran-, los viajeros estaban indefensos y así fueron acribillados cuando se negaron a volverse delincuentes.
Los cadáveres quedaron amontonados, ocultos por cuatro paredes a punto de derrumbarse. Sin embargo, uno de los migrantes quedó con vida y luego de horas de caminar encontró un retén de la Marina Armada de México y pidió auxilio.
Al día siguiente la búsqueda dio resultado y encontaron la masacre más grande de migrantes de la que se haya tenido noticia.
A Yedmi se le esfumaron los sueños y los recuerdos: estudiar Medicina en Pasaquina, sus amigas de la escuela, el caserío de Peñitas donde transcurrió su niñez, la graduación escolar a la que nunca asistió y el vértigo de su primer amor.
Para Toñito la historia no fue diferente. Él tampoco deseaba irse de El Salvador, pues quería ver crecer a sus cuatro cipotes, el menor de apenas 8 meses y la mayor, Rosibel, de 11 años.
Muy lejos dejaron su país, su cultura, su familia y sus hogares, de los cuales salieron la mañana del segundo martes de agosto.
Lejos se quedaron también los caminos de terracería, el arrebatador verde de los paisajes y esos días llenos de chanchos, bicicletas, cantos en la iglesia, domingos de futbol y clases en la escuela. Y también una abuela y una madre rogándole a Dios que no fuera cierta la noticia que se esparció como una descarga eléctrica. Y que, lamentablemente, era cierta.
Yedmi y Toñito emprendieron la misma aventura, esperaban fuera un mejor inicio y terminó siendo un trágico final.
Lograron una fama que involucró varios presidentes, a la prensa alrededor del mundo y la condena de organismos internacionales. Pero ya nunca se dieron cuenta.
Sus sonrisas y sus ilusiones volvieron amortajadas. En San Fernando, Tamaulipas, a unos cuantos kilómetros del río Bravo, dejaron de ser invisibles cuando las balas del crimen organizado les arrebataron todo lo que tenían, todo lo que eran.
Yedmi y Toñito llegaron finalmente a su país con las lluvias de septiembre de 2010.
El día 24 la madre y los abuelos pudieron abrazar un ataúd conteniendo los restos mortales de la joven.
Cuatro días después concluyó la espera de la madre de Toñito, cuando su cuerpo arribó al Aeropuerto Internacional de El Salvador.
Irónicamente, para todos ellos el día más importante de su vida fue el de su muerte.
Testimonios
Gabriel
Padre de familia oriundo de El Salvador, Gabriel cuenta su periplo personal:
“El tren se detuvo porque habían atravesado palos a las vías, era de noche y se escucharon disparos. Nosortos nos bajamos y corrimos, era de noche. Luego de un rato regresamos y supimos que a unos los asaltaron y a otros golpearon
“Nos quedamos arriba del tren hasta el amanecer y como a las diez de la mañana llegó una patrulla federal y también comenzaron a corretearnos, me quitaron 800 pesos y ya sin dinero nos subimos nuevamente al tren y llegamos aquí al albergue en Ixtepec con el padre Solalinde.
“Ya pusimos la denuncia porque esto sigue pasando y esperamos que al ver que denunciamos las autoridades tomen cartas en el asunto”, comenta.
Sentado en el patio del albergue Hermanos en el Camino.
“Estas historias pasan a diario porque hay mucha corrupción. Yo ya tengo desde julio aquí en Ixtepec y me doy cuenta de que las mismas autoridades asaltan al migrante.
“No es justo que la misma policía nos robe. Uno confía en la policía que lo va a cuidar, uno sabe que el único delito que tiene aquí es ser indocumentado y ya.
“Piensan que traes dinero pero a veces no es así, por eso usamos el tren. Si anduviéramos con dinero no estuviéramos sufriendo, buscaríamos otros métodos para llegar a Estados Unidos”, dice.
Gabriel está esperando a que su situación legal se arregle y pueda trabajar en México.
Su afán por llegar a Estados Unidos se esfumó, pues con lo que le ha pasado ya no desea tomar más riesgos y desea aprovechar la residencia temporal que le da el haber sido víctima de un delito.
“Estamos arreglando mis papeles, con la ayuda del sacerdote (Solalinde), para quedarme a trabajar en México y desde aquí sostener a mi familia”, concluye.
Juan Carlos
Sentado bajo un árbol, haciendo guardia junto a las vías, el originario de Lempira, Honduras, platica su historia.
“Gracias a Dios no me ha pasado nada. Estoy esperando el tren que me lleve a Ixtepec”, comenta el joven de 18 años.
“He escuchado rumores que más arriba (entre Oaxaca y Veracruz) asaltan y secuestran, pero yo voy comenzando mi viaje y espero en Dios que no me pase nada, porque a muchos les han pasado cosas muy feas y que uno pues se va enterando conforme va uno avanzando pero tengo que viajar”.
Francisco Javier
“Viajé de Guatemala. Traía unas imágenes y las venía vendiendo para juntar dinero y seguir más adelante”, explica este chapín de 20 años.
“Pero al llegar a Huixtla (Oaxaca) me cayeron cinco personas y me agarraron de la mochila y me golpearon.
“Me les escapé pero me fracturaron la mandíbula y necesito que me hagan una cirugía maxilofacial”, dice Francisco Javier, quien permanece en el albergue en espera de que su madre le mande dinero para ir al estado mexicano de San
Luis Potosí a operarse.
Carlos
Recargado en una de las puertas del albergue, este hondureño de 17 años comenta su historia: “Llevo un mes aquí, en Arriaga (Chiapas). Quiero ir a Estados Unidos pero dicen que están secuestrando y matando a la gente.
“Ahorita estoy trabajando una semana para juntar dinero y regresarme a Honduras”, dice el tímido joven.
“La verdad es que después de ver a unos compañeros que traían la cara hinchada porque los habían golpeado en el camino decidí regresarme a mi país”, explica preocupado.


