Estamos a unos días de que inicie la doceava edición del Festival Internacional Tamaulipas, en esta ocasión las autoridades decidieron aprovechar las instalaciones del Parque Cultural Reynosa y realizar todas sus actividades en su interior.
Si este evento ha servido o no para promover la cultura en Tamaulipas es un tema digno de discusión. Lo que es innegable es que en este año las circunstancias se han conjuntado para que el festival pueda ser una verdadera fiesta.
Y es que tras la inauguración del parque, la ciudad de Reynosa vive una especie de “boom” cultural, dicho lo anterior con sus debidas proporciones.
Aprovechando que tras la apertura de este espacio la cultura se volvió algo así como “el sabor del mes”, los medios de comunicación y las autoridades del ramo han comenzado a voltear a la incipiente comunidad artística de esta frontera.
De esta manera, personas que tienen toda una vida en la talacha cultural finalmente están recibiendo el reconocimiento y la exposición que se merecen.
Sin embargo, en esta búsqueda también se ha caído en excesos, pues sin ningún pudor se le da el estatus de artista a la señora que todos los martes y jueves, de cuatro a seis, toma clases de pintura, o al joven que nomás porque puede rimar amor con calor ya es señalado como el sucesor de Neruda.
Y antes de que una horda de entusiastas culturales armada con plumas fuente y pinceles decida lincharme, permítame explicarme. Qué bueno que haya quienes se interesen por la creación, sin embargo, para estas personas la pintura y la escritura son un hobby, lo que se demuestra con el tiempo que le dedican a la actividad.
Es digno de celebrarse que todo el pueblo esté entusiasmado con el arte, pero tampoco se trata de que de la noche a la mañana un ejército de creadores de fin de semana tome por asalto espacios para la promoción cultural nomás porque las autoridades del ramo creen que hay que llenar sus paredes con algo.
¿No sería más positivo para Reynosa que toda esta emoción por las bellas artes se reflejara en el respeto y apreciación del esfuerzo de los verdaderos artistas?
Porque eso de llegar a un espectáculo cinco minutos después de haber iniciado, que alguien se la pase enviando mensajes en su blackberry durante toda la presentación, o que decida salirse a mitad del evento, demuestra una verdadera pobreza cultural y falta de educación.
¿Y qué decir del vandalismo que han sufrido las instalaciones del parque? Al reloj de sol ya le faltan unos números, los baños están rayados y la laguna ya tiene basura.
Si en verdad la ciudad está emocionada por las artes no hay mejor forma de demostrarlo que mostrando respeto a quienes entregan el alma en un escenario y que en este año llegan desde Canadá y Bielorrusia.
No vaya a ser que, como dicen las abuelitas, haya quienes “se luzcan nomás cuando hay visitas”.
La cultura, “el sabor del mes”


