Cuento las horas o los días para quitarme el grillete de Telcel por tantos abusos. Y sabrá Dios si en la nueva compañía que escogeré me irá igual o peor, pero voy a disfrutar dejar de hacer más rico a Carlos Slim.
Aplaudo que el archimillonario apoye la cultura con un museo gratuito en la CDMX, pero con su compañía de teléfonos móviles, y la otra de televisión por cable llamada Dish, el servicio no solamente es ventajoso para él, sino también pésimo para los clientes del plato rojo.
Ni qué hablar de Telmex, que solamente se salva por el servicio de Infinitum, porque cada vez menos hogares mexicanos necesitan de tener un número y un aparato fijo en casa.
Me alegra ver menos filas en los centros de atención a clientes de Telcel. Eso quiere decir que la competencia y las ofertas de AT&T y Movistar, sobre todo, se convirtieron o se están convirtiendo en un sapo amargo que atraviesa la garganta de Slim cada que se despierta.
Porque ves un video en tu celular, pagas más; porque pides el servicio Uber, nadie te salva de que tu recibo mensual se incrementará, y que no se te ocurra no quitar los datos al visitar Cuba, sólo unos cuantos minutos, porque te dará un infarto al ver tu próxima factura.
Millones de mexicanos, por comodidad y por masoquistas ante el servicio tan abusivo y deficiente en velocidad por Internet -comparado con otros países-, nos daba temor de migrar. Pero miles y miles, quizá millones, perdieron el miedo y eligieron las otras compañías.
Espero que Dios me de vida para ver quebrar a Telcel, como pasó con Nextel y sus radios, tan pésimo en servicio en su última etapa, cuando los inversionistas nacionales se quedaron sin el servicio binacional entre México y Estados Unidos.
Mientras tanto, a pasar el trago amargo de haber ido a pagar el doble del recibo de un mes a otro. Y en serio: nadie me supo explicar por qué.


