Ese 30 de junio de 2010, tal vez carcajeándose, Eugenio Hernández Flores le dijo a Egidio Torre Cantú: “Tú serás el relevo de tu hermano Rodolfo, en la candidatura del PRI al gobierno estatal”.
Ese día a Tamaulipas se lo volvió a cargar el demonio, pues tendríamos seguros -como así fue y cualquier pronosticador se hubiese quedado corto si hubiese intentado adivinar- seis años más inequívocos de terror, para un total de 24 años en fila, garantizados de horror, en la entidad.
Y para asegurar tal empresa, habría que poner sobre la mesa, todo el dinero -bueno y malo- que había en el estado, ya que “sí o sí”, Egidio Torre tenía por fuerza que ganar la elección.
Nada de que lo fuera -el próximo gobernador- el candidato estatal panista, para dejar abierta la puerta al gobierno federal del perseguidor azul, Felipe Calderón Hinojosa, porque entonces aquello valdría madres para los malos, no habría rincón en Tamaulipas donde esconderse, para todos los malhechores.
Pero, todos sabemos -porque bien que lo supimos desde un principio-, Egidio era triunfador desde antes, ya que no habría candidato de oposición, porque el panista matamorense José Julián Sacramento, era un auténtico cero a la izquierda, o mejor dicho, el hombre se tradujo en varios ceros a la derecha, pero de un gran cheque bancario, pago adelantado por prestarse a ser comparsa electoral.
Sacramento Garza, como se dice por estos andurriales, estaba: “Arreglao Matamoros”.
Así que a Tamaulipas le aseguraron, los criminales en el poder, otros seis años de terror.
Y entonces siguió muriéndose todo en nuestro estado, como desde el inicial criminal Manuel Cavazos, como en el aciago periodo de Tom Yarrington, como en el sexenio del propio Eugenio Hernández en que se perfeccionó todo lo malo de la asociación entre unos malos y otros.
Arreciaron los atracos, robos, secuestros, extorsiones, asesinatos, por el lado de los malos, y por el lado de los otros malos (los de cuello blanco, traje y corbatas italianas de seda), se disparó el saqueo de arcas, el robo de todo lo que se pudiera hurtar, el endeudamiento hasta el tope, la venta total del estado (venta de liquidación, se quema la casa), de todo lo que pudiera venderse.
Y decir “todo lo que pudiera venderse”, va desde concesiones, permisos, derechos, terrenos, contratos para ejecución de obras y ejecución de vidas.
Hasta permisos para delinquir de todas las formas posibles.
¡Vamos hombre!, para hacer y deshacer con total impunidad, dentro del territorio.
Tanto de los pillos trajeados, como para sus socios con antifaz y cachiporra.
Unos y otros se encargaron de dejar al estado colgado de alfileres, sólo soportado o medio en pie, gracias a tres y medio millones de ciudadanos, nobles, decentes trabajadores y amantes de lo poco que les quedaba (pues no había a otro lado dónde ir, no dejando a sus muertos enterrados).
Y así como el estado se jodió, por culpa de los pillos en el gobierno y sus innombrables socios, igual ocurrió en esos 24 años, cada trienio, en las respectivas alcaldías, sin importar siglas partidistas que hubiesen portado en sus uniformes tales ladrones en turno.
EUGENIO Y EGIDIO, ¡SUFRAN CANALLAS!
No importa cómo, pero ya cayó Tomás Yarrington, haya sido, como haya sido.
A Manuel Cavazos le queda nada, como un vividor senador plurinominal; y después, después a pagarse con el dinero robado -si es que antes no se lo arrebatan sus “seres queridos”-, una espera de la muerte, lo más cómoda posible para él, sólo eso se vislumbra en su futuro, por rata.
Pero a Eugenio y a Egidio, a ese par de roedores gigantes, los tamaulipecos les deseamos que vivan un poquito de terror, antes de morir.
En su fuga y después en su respectivo arresto, que padezcan una mínima porción de la pesadilla que hemos vivido los residentes en esta entidad.
Para que luego, ambos bandidos y asesinos (el de Rodolfo T.C., es sólo uno más de sus crímenes), mueran enchiquerados, en una prisión federal norteamericana.
Así que a la sufrida gente de Tamaulipas, no le queda más que tristemente sonreír y pensar: “El que ríe al último, ríe mejor”.


