Nací en Tampico, Tamaulipas, una ciudad cerca de la costa y viví hasta los tres años en Ciudad Madero, una población que sí toca el Golfo de México, donde la tierra es casi idéntica a la arena aunque un poco más ocre.
Se llega entusiasmado a la playa que espera con sus puestos de “rancheritos” con salsa, mangos con chile o raspados que se consumen sentados debajo de las palapas que están a pocos metros de la orilla del mar, en donde sus olas no son bravas, sino dóciles y se puede pasar de la primera a la segunda playa con tranquilidad.
Después puedes recoger conchitas pequeñas o comprarlas en collares que ofertan los vendedores que pasan uno tras otro por donde están los visitantes, quienes quizá se encuentran enterrados en la arena o buscando jaibitas que se esconden en es pequeños agujeros.
Tal vez después de estar un rato en la playa, aún todo lleno de arena y empapado de agua salada, decidas ir al malecón que es un sitio que al recorrerlo podemos observar por el lado derecho la desembocadura del Río Pánuco con sus aguas verdosas que dividen a Tamaulipas de Veracruz, y por el lado derecho el Golfo de México.
Durante el recorrido hacía su punta nos encontramos con pescadores y gaviotas que bajan del cielo para recoger peces de las aguas del río con facilidad, envidia de cualquier pescador que se encuentra en las orillas con su red o caña.
Al final llegas con rubor en las mejillas y el sudor de la caminata hace que te refresques con la brisa que sopla, y cuando ya no hay tramo para recorrer las personas miran fijamente al mar como buscando un inicio de la cobija profunda y azul de donde provienen barcos pesqueros y de carga que pasan por ahí para llevar o traer mercancías a la refinería que se encuentra cerca.
Después volteas a tu alrededor para ver qué más pude suceder y te encuentras con los grupos de toninas que nadan en grupos cerca de las escolleras que emergen de lo profundo dividiendo a ambas aguas: la dulce del río y la salada del mar.
En ciudad Madero la humedad está en el aire. Ahí llega el norte y los ciclones. Se come pescados mariscos frescos, tortas de la barda y nieve de “La Minerva”.
Se va al mercado a comprar pollo amarillo que cuelga de los techos, semillas por gramos, jaibas y pescados que selecciona el marchante mientras siguen vivos y como dicen: coleando, mismos que saltan de las mesas inclinadas con hielo picado.
A la salida del mercado se oferta la fruta por kilos. Para regresar a casa bien acompañado, un jugo de naranja natural y por último al dar la vuelta de la esquina, se compra pan de horno.
En Ciudad Madero se viaja en “microbús” y el carro de ruta que van de Playa Miramar a Tampico pasando por toda la avenida Álvaro Obregón y se va de Madero a Tampico, como quien va de Guadalupe a Monterrey.
Esos son los recuerdos que muchas personas tienen al volver de los viajes que se hacen en familia para visitar a los suyos que aún siguen ahí, como los míos, justo en la calle donde se encuentra o se encontraba una tintorería con un Cantinflas en su techo al que realmente le sale humo del cigarrillo.
Entonces les decía que es una historia colectiva y es la misma para muchos de los habitantes del municipio de Cadereyta que por nuevas oportunidades de trabajo tuvieron que dejar Ciudad Madero hace años y sólo por nostalgia le pusieron a una plaza “Tampiquito”, a una de las primeras colonias donde se ubicaron al llegar, “Nueva Madero”.
Recientemente y desde hace algunos años volver a Ciudad Madero se ha vuelto una travesía de vida o muerte, ya que se cuentan historias macabras que podrían inspirar a una película de terror, es por eso que ahora es más común que las personas viajen en avión y se pierdan de los paisajes que ofrecen los pueblitos por donde se pasaba andando en automóvil, los cuales a su vez y a causa del crimen organizado, también han tenido que prescindir de los ingresos turísticos que tenían sus restaurantes, hoteles de paso y fonditas.


