Estaba en la Ciudad de México cuando me enteré que habían asesinado al compañero periodista Héctor González Antonio, literalmente las piernas me empezaron a temblar. Me sentí vulnerable, además de muy, muy triste.
Recuerdo el ataque en el 2005 contra Lupita García en Nuevo Laredo y el desconcierto que nos provocó su muerte a todos sus compañeros. Y así se han ido sumando los periodistas caídos en Tamaulipas y en el país.
Los más recientes asesinatos tienen la particularidad de que se trata de profesionales que eran corresponsales de medios localizados en la Ciudad de México, eso es de llamar la atención, al menos así deberían considerarlo quienes están haciendo la investigación.
En pleno proceso electoral los atentados y asesinatos contra candidatos, que suman más de cien, aunado a los ataques contra periodistas es indicio de que, pese a lo que digan las autoridades tanto electorales como el gobierno de los tres niveles, algo está muy mal en el país.
Este tema pareciera no ser tema para el Instituto Nacional Electoral, pasan de él, así sin sonrojarse.
Resulta desesperante insistir en lo que observamos que plantean los aspirantes a dirigir México los próximos seis años, ninguno ha diseñado una salida viable a la crisis de seguridad.
Ni Ricardo, ni José Antonio, ni Andrés Manuel, ni Jaime, se han puesto seriamente a analizar lo profundo de este problema, porque no es sólo la inseguridad, sino todas sus consecuencias.
Ninguno de ellos está realmente sensibilizado de los alcances del fenómeno que tiene en un puño al país desde hace más de una década.
Tamaulipas no deja de ser noticia internacional, sus males son tema constante en medios como Al Jazeera, una red de noticias ubicada en Oriente, ahí se enteró un conocido del hallazgo del cuerpo de Héctor en una colonia cercana a la sierra en Ciudad Victoria, antes de eso había sido el asesinato de seis mujeres, y antes la salida de la empresa Lala de El Mante, todo seguidito, como una cadena de infortunios.
La realidad que vive Tamaulipas, se arrastra desde hace más de diez años, y siendo claros, la guerra soterrada a la que es sometida su población, es un estado de sitio que ningún país aguanta tanto tiempo por el debilitamiento que ello le significa en todos los órdenes de la vida.
Faltan 27 días para la elección y estas alturas del proceso seguimos inmersos en una corriente marcada por las encuestas, no por las propuestas presidenciales, donde insisto, el tema de seguridad es usado de manera mezquina por todos los aspirantes, sin que alguno dé un diagnóstico confiable, del cual emanen soluciones realizables.
Mientras los escucho, los veo a los candidatos más me convenzo que para México no es la solución un gobierno que seguramente obtendrá un porcentaje de aprobación que no será mayoría, la mayoría, como en otras ocasiones guardará silencio, se abstendrá, o votará, pero no estará convencida de que su opción es la adecuada para estos momentos terribles.
En tanto eso ocurre, resuenan en mi mente las palabras desgarradoras de la hija de Héctor en la funeraria donde abrazada de su abuela, otra doliente por el asesinato, cuestionando al cuerpo de su padre, “dime que esto no es cierto, que tú la escribiste…”, en un afán estéril de que una vez más su padre fuera el reportero, no el protagonista de una nota roja.
Descansa en paz Héctor y que se haga justicia.
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