Jamás le des la espalda a un tigre. Hazle creer que tienes ojos en la nuca y que no estás desprevenido. En la región de Bengala en la India, los lugareños suelen ponerse una máscara de cara humana por la parte posterior de la cabeza para protegerse del ataque de los tigres, que por lo general atacan por la espalda. Esa es la imagen que me vino a la mente durante la reunión en Washington entre el presidente de México y el de Estados Unidos. Trump es como un tigre de Bengala y AMLO necesitó ponerse una máscara con ojos por detrás de la cabeza… pero AMLO no es la presa que Trump busca cazar, sino la cantidad nada despreciable de votos que representan 30 millones de mexicanos que radican legalmente en los Estados Unidos y que, en la mayoría de los casos, cuentan con ciudadanía que les permite participar políticamente en procesos electorales. Trump es un tigre agazapado listo para lanzarse sobre la reelección. Si AMLO llevaba una máscara con ojos en la nuca, Trump llevaba otra máscara pero de frente.
Mientras que las multitudes mexicanas que se reunieron frente la Casa Blanca para vitorear a AMLO, entonando canciones tradicionales y ondeando la banderas con ese patriotismo nostálgico que sienten todos los que migran sin planes de volver; el otro presidente estaba ya contando los beneficios electorales de su aparente cordialidad y diplomacia pasajera. Para uno era el caldo y para el otro las albóndigas. Trump es un negociante despiadado y experto en el arte de la oportunidad… y esta fue una oportunidad creada con fines preconcebidos. Ya lo había dicho el norteamericano cuando abordó el tema de los barriles de petróleo: “ya me pagarán el favor”. Ya le llegó el primer abono. Claro está que la presa no somos los mexicanos que nos quedaremos de este lado del muro que el día anterior, Trump fue a supervisar subiendo foto a Twitter. La presa son los mexicanos-estadounidenses con facultades para emitir su voto en la próxima contienda electoral.
Lo más interesante es que AMLO lo sabe, porque aunque a muchos les parezca tonto, no lo es. AMLO sabe que ante la comunidad mexicana radicada legalmente en los Estados Unidos, Trump tiene que “quedar bien”, al menos hasta que se celebren las elecciones y gane la reelección reafirmando su posición de poder por otros cuatro años. Políticamente, es conveniente que el presidente mexicano saque ventaja de esa coyuntura temporal y pasajera de supuesto respeto, reconocimiento, cordialidad y buena disposición. Por eso estuvo bien que AMLO fuera a Washington, que le siguiera el juego, que le montara el “show”, que le pagara el favor, que desplegara su popularidad ante los mexicanos que viven con los pies allá y el corazón acá y que están auténticamente ávidos de reconocimiento digno en ambos mundos. En pocas palabras, AMLO hizo lo que se tenía que hacer dadas las circunstancias.
Particularmente Trump -como la mayoría de los hombres de negocios y políticos astutos-, es narcisista y en su condición, los narcisistas dan lo que se les pide, se comprometen a lo que se espera, dicen lo que se quiere oír mientras consiguen lo que buscan. Una vez conseguido su objetivo, lo que dan, los compromisos, lo que dicen y prometen se les olvida. “Estados Unidos no tiene amigos, tiene intereses” dijo alguna vez John Foster Dulles quien fuera secretario de Estado durante el mandato del presidente de EU Eisenhower. Pero, aun a los intereses ajenos se les puede sacar ventaja en los menesteres de la política. El tigre tiene hambre….pero hambre de poder. Que AMLO no se distraiga; que se ponga una máscara por detrás de la cabeza, con la esperanza de que el tigre no nos ataque por la espalda.


