Los centros sociales y salones de eventos están que truenan y en su desesperación ejercen gran presión sobre las autoridades para lograr su reapertura y reactivación. Tanto así que organizan manifestaciones llevando a una chamaquita quinceañera muy emperifollada externando su deseo de celebrar con fiesta su tan especial cumpleaños, que en otros tiempos más decentes, se trataba del debut en sociedad de las jovencitas que llegaban a eso que llamaban “la edad de merecer”.
Es decir, pasaban de ser niñas a ser señoritas, los chambelanes eran posibles candidatos a convertirse en pretendientes. Se trataba de una especie de rito de iniciación para las jóvenes mujercitas. Lo mismo sucede con las bodas, los aniversarios, las graduaciones y otros eventos donde se echa la casa por la ventana y se vive y convive marcando la fecha como un parte aguas en la vida de cada persona que por una noche se rodea de amigos y familiares y se convierte en el centro del universo. Nadie desearía que ese evento tan especial se convirtiera en “el último evento de sus vidas” o mucho menos “el principio del fin”. Nadie quiere pasar del mitote al petate.
Sor Juana Inés de la Cruz, cuestionaba en uno de sus más famosos versos: “¿Quién es más de culpar? ¿El que peca por la paga o el que paga por pecar?” Y lo mencioo porque en este tema debemos incluir a todas las cientos de miles de personas cuyos ingresos giran y giran como en un vertiginoso vals, en torno a la organizacion y realizacion de eventos sociales, que es una industra multimillonaria.
En fin, todos sabemos que oficialmente, las quinceañeras no son todavía mayores de edad, pero aun así, tienen o deben tener quién se haga responsable de sus tiernas decisiones (sus padres o padrinos).
En otros eventos la cosa cambia. Pero independientemente, sabemos que ningún invitado o gorrón –por más comprometido que se sienta- está obligado a asistir a lugares donde haya aglomeraciones y por ende riesgos….Felices riesgos al parecer. Por eso, creo que si los centros sociales y salones de eventos han de reabrir y reactivarse, resulta indispensable un “disclaimer”, es decir, un deslinde de responsabilidades. Por ejemplo: que cada persona que asista, presente a la entrada una identificación oficial con fotografía y firme un documento como este:
“Declaro bajo juramento de decir verdad, que siendo mayor de edad y en pleno uso de mis facultades, he decidido organizar y/o asistir a este evento social en un salón para fiestas y eventos, bajo mi absoluta responsabilidad; a sabiendas de que seguimos en medio de una pandemia global, que existe riesgo de contagiarme, que puedo contagiar a otros y además llevar el virus a mis familiares y amigos causándoles una enfermedad que puede tener consecuencias fatales.
Asumo la responsabilidad absoluta sobre dichas posibles consecuencias. Por lo tanto, en caso de resultar contagiado de COVID-19 por mi asistencia a este evento, no endosaré responsabilidad o culpa alguna al gobierno, ni a los organizadores de este evento, ni a los dueños del salón en el que está llevando a cabo en caso de que por cualquier motivo o razón, durante la celebración, cualquiera de los asistentes faltara al estricto cumplimiento de las medidas de prevención de contagios, en el entendido de que todos los presentes son mayores de edad y que asisten al evento por voluntad propia y en conocimiento de los riesgos a los que nos exponemos.” (Fecha/ Firma/Lugar).
De acuerdo a los principios de la Teoría Cognitiva/Conductual en psicología, la unica forma de lograr que una persona controle y se haga responsable de su propia conducta, es haciendole consciente de la misma. Si han de pasar del mitote al petate hay mucho zopilote. Por eso, si han de llevar a cabo un evento o festejo bajo estas pandémicas circunstancias, que sea por una decisión autónoma, consciente y bajo propio riesgo de quien lo decida, cada quien tiene derecho a firmar su sentencia….Pero digamos que luego, no se vale llorar.


