Foto: Emmanuel Ortiz /Especial para Hora Cero
Leópolis, Ucrania.-
Ayer a la noche terminé el día. En la puerta del hotel un equipo español de televisión se prepara para hacer un directo. El tranvía, los autobuses y autos los rozan a gran velocidad, cuesta abajo.
En la vereda de enfrente, en la esquina, un pequeño negocio ha formado una gran pila de bolsas de papas al lado de cajones con repollos. El comerciante no atina a ocuparse de ese equipo de la televisión israelita que ha instalado lámparas, trípode y ese camarógrafo que parece bailar luchando contra el frío delante de su modesto negocio.
Los periodistas de toda disciplina se hacen discretos en Lviv (Leópolis), ciudad que podría terminar siendo la próxima capital de Ucrania si Kiev cae en manos de los rusos. También podría ser que los rusos rodeen la capital de cuatro millones de habitantes para hacerla caer como fruta madura, hambrienta y helada. La semana que viene un anticiclón se instalará aquí haciendo bajar la temperatura a -10° centígrados.
Discretos andan los periodistas ya que el Ministerio del Interior con el alto mando del Ejército han publicado un comunicado muy inquietante. Dice así:
Por lo tanto les pedimos persistentemente que no grabe y no tomen una foto en check point, aeropuertos, estaciones de tren, depósitos de petróleo, oleoductos y gasoductos, plantas de energía, Ejército ucraniano, Equipo militar ucraniano. Deben estar en la ciudad durante el toque de queda (de 22:00 de la noche hasta las 6:00 de la mañana).
Varios son los periodistas que han sido revisados con más o menos discreción y amabilidad. Rodeados se les pide pasaporte y credenciales de prensa. Las credenciales del las Fuerzas Armadas de Ucrania son atribuidas luego de uno a dos meses, lo que no ayuda a ser creíbles.
Algunos han sido arrestados, otros interrogados hasta dos días. Esta verdadera paranoia ha alcanzado a la población que de vez en cuando amenaza a cuanta cámara ve paseando por las calles. El gobierno ha pedido a los ucranianos de estar muy atentos, ya que saboteadores rusos se habrían infiltrado en todo el país para crear caos y desorganizar su defensa. Cada cual debe alertar a las autoridades si ve pintas extrañas en las paredes o los techos, serían señales hacia los espías y saboteadores.
La angustia lleva los habitantes de Lviv a extremos tan ridículos como preocupantes: al entrar en un bar para tomar un café fui recibido por dos jóvenes en uniforme de combate negro, mascarilla negra; me exigieron mi pasaporte y al ver que era extranjero me preguntaron qué es lo que hacía en el país.
Tuve que mostrar mis credenciales. Y una vez en regla me he dado la vuelta tras murmullos, algo que no han entendido, pero seguramente adivinado.


