En un mundo saturado de prejuicios, tabús, dogmas, doctrinas, mitos, leyendas urbanas, clichés, supersticiones, chismes, charlatanerías, infodemias y otras telarañas; pensar con claridad ya no es ni tan natural ni tan fácil. Hoy mas que nunca es indispensable educar al pensamiento: aprender a pensar de manera eficiente y efectiva.
Aunque se ha puesto “de moda” últimamente, no muchas instituciones educativas le dan la importancia que merece al pensamiento crítico. No se avocan a enseñar a los estudiantes a pensar…y así pasan por la formación académica como “el burro que tocó la flauta”. Aprendemos técnicas, aprendemos fórmulas, repetimos esquemas y patrones, replicamos sistemas, emulamos conceptos…pero nada más.
La educación del pensamiento debe empezar desde la infancia y madurarse conforme se avanza en el proceso de desarrollo.
“El pensamiento crítico es analítico, aplica procesos lógicos, se hace preguntas constantemente, evalúa, es claro, tiene flexibilidad cognitiva, se comunica de manera coherente, conceptualiza, es creativo, tiene curiosidad, toma decisiones, observa desde distintas perspectivas, sabe explicar, prevé, identifica patrones, utiliza su imaginación, busca busca información, interpreta, tiene un pensamiento lógico, hace conexiones abstractas, infiere, es objetivo, observa, es de mente abierta, presenta, resuelve problemas, cuestiona evidencias, identifica diferencias y similitudes, es reflexivo, es escéptico, y tiene capacidad de síntesis, entre otras.”
El pensamiento crítico no solo hace al individuo más reflexivo y libre, sino que además lo hace selectivo, original, menos manipulable, dueño de sus propios criterios, equilibrado y sensato; pero sobre todo, más responsable, más seguro de sí mismo y de sus decisiones.


