El sismo de hace 37 años

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19 de septiembre. Estoy hablando del terremoto que cimbró el país el del 1985, un día parece le gusta repetirse por casualidad el 2017 y este 2022.

Entonces, haciendo memoria hace 37 años, un día antes viajaba a Acapulco, con escala en la Ciudad de México, llevaba mi maleta en la calle y gracias a una manifestación por la avenida Reforma no pude cruzar.

Iba hacia el hotel Regis, a sugerencia de mi amigo Juan Jesús Cortés, pero era tanta la gente desfilando que me desesperé y decidí mejor ir al Casablanca. Al día siguiente el Regis se cayó muriendo muchos de sus hospedados.

Después de conocer algo de la ciudad, al día siguiente algo me despertó.

Todo empezó a las 7:17 horas cuando un vaso medio lleno de agua empezó a moverse arriba de un televisor. El epicentro fue cerca de Lázaro Cárdenas Michoacán, pero la onda llegó con fuerza a la capital.

La Rosa María ya estaba en Reynosa, lidereando “Los Comales” un restaurante regional que hizo época en la ciudad: enchiladas con mole, pozole verde y rojo, enchiladas y sopes de guisados. Ya es hora que me haga unas enchiladas.

Volviendo con el sismo, estar ahí es como sentir una sacudida en la montaña rusa, con un piso que acababa de estar quieto.

Las paredes se movían como hule. Recuerdo el crujir de los azulejos del baño de una fuerza que te hacía sentir impotente.

La curiosidad me hizo moverme hacia la ventana del tercer piso del hotel Casa Blanca, donde vi a un grupo de niñas de un colegio correr de un lado a otro.

“¡Dios mío, Dios mío!”, dijo Juan Jesús, un compañero de trabajo, que se decía ateo.

Me coloqué en el marco de la puerta del baño, siguiendo un antiguo consejo, de que era una de las partes sólidas.

El sismo de la Ciudad de México tuvo una magnitud de 7.8 grados (otros lo ubican en 8.1).

Después de vestirme como podía, bajé de prisa en una escena hollywoodense de desastre por las escaleras. Agua saliendo de las paredes, trozos de piedra y vidrios de las ventanas y un caos en el lobby de la gente que quería un “check out” temprano.

Después de pagar la cuenta y hacer la espera de un pago apresurado, a pesar de observar los carros aplastados por grandes bloques de piedra de los edificios cercanos, la Ciudad de México seguía su curso normal.

Jacobo Zabludosky, comunicador de Televisa, daba la noticia en vivo por la radio, aceptando que fallecieron compañeros en ese momento.

Tomar un Volkswagen de taxi era lo más normal del mundo, pero luego de llegar al aeropuerto y pedir la cuenta, el chofer me dijo “no es nada, yo sólo pasaba por aquí”.

En la espera hacia Acapulco, los vuelos se retrasaron varias horas, en un momento en que no se usaban celulares ni Facebook.

Sólo al llegar al puerto, me di cuenta que la red telefónica nacional se había caído. Después de realizar varias entrevistas a los turistas, pensaba ¿cómo me podía comunicar a mi casa?

Las televisoras nacionales de Televisa y Tv Azteca publicaban largas listas de desaparecidos que parecían interminables. Entonces vi por primera vez las imágenes de los edificios caídos por completo de Tlatelolco.

Se manejaron cifras que hubo 7 mil muertos, pero pudieron llegar a más de 10 mil.

En mi casa era la angustia tal que perder un hermano, era lo más difícil que hubiera pasado en la familia. Chuy, Lety y mi cuñado Dino se pusieron de acuerdo para ir al entonces DF, para buscarme en una ciudad que era muy difícil desplazarse.

Al día siguiente una réplica se sintió con fuerza en la capital, de un sismo de Zihuatanejo. En Acapulco me di cuenta luego de ver una supertienda con toda la latería en el piso.
Ahí fue donde me encontraron mis hermanos y se enteraron que tenía la suerte de estar vivo.

Puedo asegurar que llegaron a ser las peores vacaciones que he tenido en mi vida, sin poder disfrutar la estancia, con la impotencia de sentir las manos que estaban amarradas sin una computadora.
Después de todo, vivir un sismo y narrarlo es una suerte que no muchos pueden contar.

 

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