Marchar a los 87

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Mi papá tiene 87 años de edad, y este domingo 13 de noviembre salió a marchar en defensa del INE.

Hasta donde yo recuerde, esta es la primera ocasión en que mi papá, quien padece de diversas enfermedades internas y una sordera avanzada a causa de su edad, se une a un movimiento ciudadano y sale a la calle a protestar en contra del gobierno. Aún más sorpresivo para mí fue saber que incluso no asistió al servicio religioso dominical para unirse a miles de mexicanos que por diversas razones han arropado al Instituto Nacional Electoral como la última gran defensa de la democracia en México.

“Fue una experiencia muy bonita, especialmente ver a tanta mujer de todos niveles y condiciones marchando para apoyar al INE”, me dijo con emoción en nuestra tradicional llamada de lunes por la mañana.

Aunque la primera elección presidencial en la que mi papá votó fue la de 1958, su experiencia electoral ocurrió seis años antes cuando acompañó a su tío Donaciano a “vigilar” una casilla en la jornada donde Adolfo López Mateos venció al panista Luis Héctor Álvarez con seis millones de votos de diferencia.

“Tú también viste y viviste al PRI todopoderoso, que todo ganaba con trampas. No podemos volver a esos tiempos, tenemos que defender lo que ya ganamos”, enfatizó.

Mientras escuchaba a mi padre en su narración emotiva de su primera experiencia en una manifestación social, recordé que hace algunos años, mientras conversábamos en su oficina, mi entonces profesor de maestría Michael Ignatieff, uno de los intelectuales canadienses más importantes, me contó su versión de cómo vivió en directo aquel intercambio ríspido entre Octavio Paz y Mario Vargas Llosa durante el encuentro “la experiencia de la libertad” organizado en 1990 por Enrique Krauze, transmitido por Televisa y potencialmente financiado por el mismo gobierno federal priísta.

Allí, Vargas Llosa respondió con elocuencia a Paz, quien había hecho tibias observaciones sobre el sistema político y de gobierno en México. Directo, Vargas Llosa desmenuzó la entonces realidad del poder y lanzó una bomba que sigue retumbando en la memoria política del país: México, dijo, es la dictadura perfecta, porque es camuflada de tal modo que puede parecer no ser una dictadura, pero tiene de hecho, si le escarbas, las características.

Para el escritor peruano, la dictadura perfecta es esa que garantiza la permanencia de un partido, que concede espacio a la crítica en la medida que le sea conveniente, pero que suprime por todos los medios aquella crítica que pone en peligro su permanencia; que ha creado una retórica de izquierda que la justifica y para la que reclutó eficientemente intelectuales con sobornos sutiles a cambio de críticas a modo para justificar la permanencia del partido en el poder.

Vargas Llosa agregó que al igual que las otras dictaduras latinoamericanas, (la de México) fue incapaz de traer la justicia social. “Las desigualdades son tan grandes y originadas por las mismas razones: de injusticia social y de corrupción como en otros países latinoamericanos”. Otro instrumento del PRI para eternizarse, apuntó, fue el prestarse a muchas falsificaciones de tipo cultural en el nombre del nacionalismo, uno de los factores más peligrosos en el proceso democrático.

Cuando Vargas Llosa terminó de hablar, me contó Ignatieff, Paz se puso furioso por la elocuencia, los argumentos y quizá la delicada manera de evidenciarlo como alguien cercano al poder.

“El INE es el único confiable que nos queda para evitar que se revivan las mañas que siguen teniendo esos viejos políticos que se han cambiado de partidos. Lo que viene para el 2024 si no cuidamos al INE es terrible”, anticipó mi viejo, quien, a sus 87 años, enfermo y casi sordo, me sigue predicando con el ejemplo.

Horacio Nájera es Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UANL y maestrías en las Universidades de Toronto y York. Acumula 30 años de experiencia en periodismo, ha sido premiado en Estados Unidos y Canadá y es coautor de cuatro libros.

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