Al estar pergeñando para la presente columna, estoy frente a una suculenta botella de tequila excepcional marca “Chinaco”, que según dice la etiqueta es hecho en Tamaulipas, 100% puro de agave azul que me regalaron, me ahorraré el nombre de quien tuvo tan generoso gesto hacia mi persona, más por cuidar de posibles reclamos de otros seres humanos que se crean con los mismos merecimientos y a quienes el presente simplemente no llegó.
Pudiera parecerte trivial el anterior comentario sesudo lector, pero me sorprende darme cuenta que hay vivencias simples en nuestra vida que nos abonan para sentirnos mejor. No esperaba que me fuera a llegar el regalo de la botella de tequila, pues de cierto tiempo a la fecha no espero nada ni mucho de nadie, es como una declaración de independencia existencial para evitar eventuales chantajes sentimentales disimulados o camuflajeados por mi subconsciente hacia las personas de quienes estaría justificado esperar algo, por ejemplo, mis hijos.
Creo sinceramente que, a veces el aprender a ser un buen padre es todo un caos y una lección de vida que nunca se acaba. Antes de que naciera mi hijo mayor, Jorge Isaac, yo me asumía como el padre perfecto, criticaba la forma de educar de mis hermanos a mis sobrinos, sus hijos. Hoy, sumido en mis pensamientos y mis recuerdos sonrío ante mi grande estupidez, que era la ligereza con que hacía juicio sumario de mis sobrinos, pues ante la parte que me toca frente a mis propios hijos me doy cuenta nítidamente de mi imperfección, entiendes que hablar mal de los hijos de otros es escupir para arriba.
Bueno, después de este leve excurso o digresión regreso al punto original de mi diálogo contigo, o más bien, de mi monólogo escrito. En algún momento de mi vida supuse que mis hijos estarían obligados a tener ciertas atenciones para conmigo como su padre. Al avanzar del tiempo me di cuenta que mi anhelo de sembrar en sus vidas la semilla del pensamiento crítico, el libre albedrío y la independencia de carácter tenía una consecuencia, y era que sus muestras de afecto y deferencias hacia mi persona llegarían solo cuando ellos así lo determinaran y no cuando mi romanticismo lo supusiera.
Esto que te estoy apuntando, querido lector, es más fácil escribirlo que asimilarlo. Memorias colectivas y memorias individuales me llevan a confirmar que el asunto de madurar como padre la independencia de los hijos conlleva una serie de dramas familiares, que bien pudiera catalogar de dolores de parto, pero que cuando llega su momentum o madurez produce una grata satisfacción al ver que la independencia de los hijos es ciertamente imperfecta pero auténtica.
Decir que mis hijos me buscan solo cuando necesitan dinero es cierto, pero no tanto. Me gusta la impetuosidad de su juventud que los mete en la espiral y euforia de su vida y que permite no necesitar “tanto” a su padre. En cierto momento hubiera querido que me necesitaran más de lo que parecía, pero con pragmatismo monstruoso llego a la conclusión que me agrada que no necesiten tanto de mi aprobación, eso implica una autonomía saludable y productiva.
Querido y dilecto lector, esta independencia emocional de mis hijos tiene dos caras de una misma moneda y es que, así como no dan tanto apapacho, no demandan el afecto al que como hijos tienen derecho. Y esto nos lleva a que entre nosotros no hay chantajes emocionales. La certeza del amor mutuo nos hace omitir muchas muestras de cariño que en otras dimensiones son indispensables y esto nos lleva al punto de partida de la presente columna, no esperar nada ni mucho de cualquier ser humano. El detalle es que esta postura pudiera ser una monstruosidad social, porque si has consensuado con tus hijos evitar los chantajes emocionales o dictaduras psicológicas, en automático pasas esta filosofía de vida a todas tus relaciones sociales, aunque ya no consensuado.
Dice Irene Vallejo, a quien por cierto le gusta mucho el tequila, que los escritores desnudan la verdad de muchas vidas. Salud.
El tiempo hablará.


