Jiddu Krishnamurti describe como el más alto de grado de meditación el momento en que el observador se vuelve uno solo con lo observado.
Estás observando un árbol, pero en un momento ya no eres tú y ni es el árbol, ahora el observador y el observador son uno mismo. Un estado pleno de serenidad, de conciencia, donde el tiempo se detiene y sólo existe el presente.
¿Si el maratón contiene en el fondo un sentido filosófico, puede llegar un momento en que te termines fundiendo con él, unido como uno sólo con las necesidades y la búsqueda de cada uno de aquellos corredores que ese día completen la distancia?
“Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
John Donne, en el libro “Por Quién Doblan las Campanas” de Ernest Hemingway.
La pandemia remarcó las dos caras del maratón, las que siempre han existido (quizá), la que contiene la fuerza en solitario de las montañas, su silencio, que obliga a mirar hacia dentro de sí mismo…
Y la otra, la que representa la potencia del mar, con cientos de personas generando una energía poderosa que te arrastra hacia la meta.
Nando Parrado, uno de los sobrevivientes de los Andes, en su libro “El Milagro de los Andes”, describe la esencia del rugby, deporte que practicaban aquellos jóvenes que cayeron con el avión ese día, y que cree terminó siendo factor para que pudieran sortear aquella pesadilla.
“En el núcleo de todo ello estaba la férrea creencia de que ningún otro deporte (como el rugby) enseñaba de un modo tan devoto la importancia del esfuerzo, el sufrimiento y el sacrificio en la búsqueda de un objetivo común”, dice.
Nando continúa respecto al trabajo en equipo que realizaban al practicar aquel deporte y que pusieron en marcha perdidos en la cordillera.
“Si nos manteníamos en nuestra posición y cada uno desempeñaba su función, la resistencia solía ceder y, como si de un milagro se tratase, el objeto inamovible empezaba a moverse”, expresa.
Me pregunto si lo que cuenta Parrado alcanza un grado parecido a la meditación, al fundirse el individuo en una gran conciencia colectiva.
“Lo asombroso es que en ese momento de éxito no puedes aislar tu propio esfuerzo individual. No sabes en dónde acaba tu fuerza y empiezan los esfuerzos de los demás. En cierto sentido, ya no existes como ser humano aislado. Durante un breve instante te olvidas de ti mismo, y pasar a formar parte de algo más grande y poderoso de lo que podrías ser tú”, relata Nando.
“Tu esfuerzo y tu empeño se desvanecen en el empeño colectivo del equipo y, si este empeño se aúna y se concentra, el equipo avanza y todo se empieza a mover por arte de magia”.
Para quienes no pertenecemos a la elite de los maratonistas que salen a disputar los primeros lugares generales, el maratón adquiere otro sentido, filosófico, podríamos decir.
¿Llegará el momento en que mi esfuerzo me funda con la causa del otro? ¿Con la causa de aquel que corre para sanar un problema de autoestima, de sobrepeso o para sacar determinada frustración y que sus causas se fundan con la mía? ¿Llegará el momento en que podré fundirme en la masa, como una gota de agua en la inmensidad del mar? ¿Existirá ese grado casi de meditación en que no importe ni siquiera el tiempo en el reloj y que sólo importe el kilómetro, el metro o el centímetro que estés recorriendo en ese momento?
Entonces quizá en medio de aquella masa sólo serás tú y el inmenso placer de correr.


