Javier Hernández

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En días pasados pude ver a Javier Hernández, uno de los reporteros de la sección deportiva del Diario de Monterrey que me tocó dirigir entre 1988 y 1991. Hace casi diez años, cubriendo una carrera por el municipio de Zuazua para El Horizonte, fue arrollado por ciclistas que perdieron el control y su cabeza golpeó contra una piedra. Luego de cinco meses en coma abrió los ojos y apretó la mano de su esposa Imelda. Los médicos no le daban esperanzas de vida por la gravedad de las lesiones en la parte izquierda de su cerebro. Pero el milagro se hizo en parte. Imelda y sus hijas lo llevaron a terapias dos años y medio y camina, habla pero sus recuerdos se borraron.

¿Sabes quién es Héctor Hugo Jiménez?— le preguntó su esposa hace una semana cuando le marqué a su celular. Y respondió: “Sí, reportero y comentarista”. Sus palabras me entraron en el corazón y quise ir a verlo. Me avergüenzo de no haber estado cerca de él y de su familia cuando más lo necesitaban. Pero vivía lejos, en Reynosa. Solo una vez asistí a su casa recién tuvo el accidente. Estaba sedado, en coma.

Esta tarde no quise llegar con las manos vacías. Imelda me dijo que le gusta el Pollo Loco y juntos saboreamos su comida favorita. Dice que tiene 16 años. Camina con dificultad por la secuelas de su afectación en el cerebro. También superó una gravísima infección pulmonar llamada pseudomona, y otra igual o peor: meningitis. Y no se rinde gracias al amor de Imelda y de sus hijas con quien pudo bailar el vals de sus 15 años, uno de sus sueños antes del accidente. “Cuando despertó del coma decía que trabajaba en El Diario y quería irse a trabajar”, contó Imelda. Pero quedó imposibilitado para escribir sus notas deportivas como lo hizo por veinte años en El Diario-Milenio, y solo unos meses en El Horizonte. Tiene una pensión del IMSS por su discapacidad, y con apuros lee los periódicos y se pasa horas viendo la televisión.

Ella es maestra y es el sostén de su casa. También cuenta con el apoyo de sus padres y sus hermanos, vecinos en un sector de Santa Catarina. La hija mayor estudia la Facultad de Físico Matemáticas en la UANL, y la menor en preparatoria.

Cuando entré a su casa me recibió y lo abracé. ¿Te acuerdas de mi, Javier?— le pregunté. “Soy Héctor Hugo Jiménez. Fui tu jefe en El Diario. “Sí, cómo está?— respondió. Le dije que Sergio Garza, también de aquel grupo de reporteros de El Diario, me dió el teléfono de su esposa. “Sergio Garza…”, murmuró. “Sergio, el que estaba alto y fornido”, precisé.

Imelda dice que Javier se enoja muy fácil, no como antes que era muy tranquilo. “Creo que un día se dió cuenta que ya no iba a ser aquel reportero que fue por muchos años”, asegura. Los minutos, luego las horas, se fueron rápido. Hablamos de todo. Hasta de ese día que se conocieron por Internet, se casaron y tuvieron dos niñas.

Imelda es católica y siempre creyó en que Dios la ayudaría a que Javier siguiera con vida, cuando los médicos sugerían desconectarlo. Me retiré de su casa con un “volveremos a vernos pronto”.

Abracé a Javier como el primer día cuando llegó a la redacción de El Diario y lo tuve como reportero en ese gran equipo. Ojalá cuando Diana, Héctor, Pedro, Luciano, Nora, Edel, Jaime, Sotero Martín y Alberto lean estás líneas, no se tarden tanto como yo para ir a abrazarlo y sentarse a la mesa compartiendo con Javier unas piezas de Pollo Loco que tanto disfrutó. Gracias Javier, por tu amistad, por tu aportación y por haber sido parte de ese grupo. Verás que volveré.

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