Buena parte de mi vida laboral escuché, y tal vez hasta lo creí, que ni en los negocios ni en la política —si acaso esta no fuera una actividad lucrativa— deben intervenir los sentimientos.
Mientras el mundo de los negocios privados es de resultados definidos por números, el de los asuntos públicos es de relaciones cohesionadas por interés, nunca por amistad, me decían e ingenuamente lo aceptaba, sin darme cuenta de que hacerlo era admitir que ambos mundos estaban ocupados por máquinas, no por seres humanos.
El paso de los años me llevó a conocer personas del mundo empresarial y político determinadas a ocultar sus sentimientos, sin embargo ese mismo transcurrir me permitió observar cómo en ocasiones sus estados de ánimo terminaban por desbordarse y hasta acabando con carreras exitosas por la influencia de los afectos tantas veces negados.
Sabedor de esos antecedentes me concedo permiso para confesar mi tristeza, sentimiento que, de acuerdo con la situación a la cual me referiré, queda ubicada entre dos frentes: el de la fe y el del enojo.
Para compartir la causa de mi desaliento dejo que me arrastre el recuerdo de la última semana, para sumergirme en un mar de sudor cuya resaca conduce a una de las muchas colonias que en Nuevo León quedaron sin energía eléctrica.
Fueron tres días continuos sin electricidad y con altas temperaturas la mayor parte del tiempo, en los que además de incomodidad superlativa viví hechos tan variados como la pérdida de alimentos y el debate sobre los bloqueos de avenidas y el respeto a los ciudadanos que en ellas circulaban sin ser causantes del problema.
En mi caso, los apagones provocaron diversas reflexiones, entre las que estuvieron las relacionadas con el fin último de los gobernantes, características del liderazgo, factores determinantes para formar opinión y burla inmerecida.
Cuando la incomodidad del calor, aun en la madrugada, me pegaba al colchón mientras trataba de mantener la calma por el imprevisto aumento del gasto en el hogar, resultado de la comida echada a perder y del peregrinar en búsqueda de hielo, observaba que mi malestar, seguramente parecido al de miles de personas, estaba fuera de la agenda local y nacional.
La primera dibujaba una entidad “primero en todo”, lo que a mis vecinos y a mí nos hacía dudar acerca del sitio que creíamos habitar, mientras que la segunda, contraviniendo la lógica, establecía lo político como la base de las necesidades humanas. Ambas hacían “cortocircuito” con la realidad que experimentábamos y el discurso oficial desmentía.
Desde que tuve mediano uso de la razón pensé que el objetivo de los organismos del Estado era procurar el bienestar colectivo e incluso la felicidad, como lo ha anotado el propio presidente de la República aun así sea desde su “metarealidad”. Pero los administradores de esas instituciones o los ciudadanos organizados por ellas están equivocados.
Sin luz en la casa, y posiblemente también en mi cerebro, además recordé que en mi largo trayecto en las aulas —no necesariamente aprovechado— se me insistió en los riesgos, especialmente en situaciones de crisis, que trae consigo erigirse en líder mediante mentiras.
De acuerdo a mis maestros, en casos de apremio, como podría ser la escasez de energía eléctrica, resulta muy importante conservar la credibilidad, si es que se desea preservar la dirección o el control del grupo encabezado. Muchas veces negar la realidad es confirmar su existencia.
En las mismas tinieblas, intenté pensar si la vivencia del individuo que le lleva a emitir una opinión sobre alguien puede ser transformada por la imaginación o las palabras del sujeto sobre el que se opina.
Luego sentí tristeza debido a creerme burlado por la persona que elegí para ser presidente, quien le dijo mentirosa a mi realidad, al igual que sobrepuso la fantasía de perfección al sudor de mi familia, el golpe a mi economía y la iniciativa de mis vecinos que, finalmente, resolvieron bloquear la avenida principal hasta que fuera restablecido el servicio eléctrico. Sobre las vías institucionales para solucionar conflictos, la toma de rehenes pareció ser la mejor opción para resolver el problema.
El sentimiento de tristeza originado por la burla inmerecida o la decepción, puede cambiar creencias o ser más fuerte que el enojo. Pero no es irremediable.


