Nahuel Guzmán tiene algo que me hace recordar al rock, por su llamado a la anarquía.
Los estudiosos del heavy metal encuentran que el discurso de los metaleros contiene una fantasía de fuga, en la que el intérprete invita a dejar el mundo ordenado y abordar una realidad alterna, en la que puede hacer lo que quiera.
Uno de los grandes hits de los 80 tiene el título provocador Breaking the law (Rompiendo la ley), de un grupo que tiene un nombre aún más provocador, Judas Priest, que evoca una blasfemia, pues casi invita a orinar en las puertas del cielo.
El arquero de Tigres también llama a disfrutar el futbol con otros enfoques, para que los aficionados puedan apreciar una gama de significados más amplios del juego. En los partidos podemos ver a dos hordas uniformadas que siguen un balón para meterlo en la meta del rival.
Pero el argentino nos invita a ver el cotejo con más detenimiento, para que entendamos, porque parece que se nos olvida, que el balón es gozo, que el futbol transforma el homo sapiens en el homo ludens, el hombre que se divierte y que, junto a la pasión y a la vehemencia por querer el triunfo de nuestro equipo, podemos darnos un respiro y disfrutar las estampas tan bellas que nos regala un juego bien observado.
Lo que hizo Nahuel en la noche memorable del 4 de agosto contra Vancouver, fue más que una payasada.
Al ejecutar la rutina del mimo que está en la caja transparente, demandó libertad. Las reglas de la FIFA le están quitando recursos a los arqueros que están en el paredón, al momento del penal, como él puntualmente lo dijo en el pasado reciente.
Antes podía hacer ademanes para desconcentrar al ejecutor y ahora le piden a los arqueros que permanezca rígido, esperando la muerte.
Casi le piden que bese, con gratitud, el botín de quien le anota. Los que conocen del arte escénico, entienden que el mimo que está atrapado entre paredes que no se ven, requiere ayuda, el arquero de la UANL también pidió al mundo que observe lo que le dan los guardametas al futbol, al tiempo que estableció los alcances insólitos que él puede alcanzar si es provocado.
Esa noche detuvo un penal y Tigres avanzó a la siguiente ronda, pero hubo una silenciosa declaración de rebeldía que le viene muy bien a un juego que se está muriendo de formalidad.
A contracorriente
El futbol mexicano, en su modo de clubes, pasa por una etapa de buena salud. Los aficionados están en una época en la que se busca rebasar algunos límites de espectacularidad.
Si se entiende bien que las grandes figuras se encuentran en Europa, que la Concachampions no es la Champions del Viejo Continente, y que el potencial del hemisferio no da más que para traer a un Messi que trota, se pueden encontrar sabores muy deliciosos.
Si volteamos a ver el juego en territorio mexicano, en la portería, el DJ de la fiesta es Nahuel Guzmán, el arquero de Tigres que le ha proporcionado nuevos significados al juego, en una etapa en la que las reglas amenazan con sepultar lo poco que queda de pirotecnia.
La noche del 4 de agosto, en dieciseisavos de final de la insulsa Leagues Cup, el argentino dio una de las exhibiciones más coloridas que se han visto en el hemisferio en el nuevo milenio.
Sus gestos de histrionismo y habilidad le han dado la vuelta al mundo. El Patón se muestra como un tipo despreocupado y extremadamente concentrado.
Es juguetón, pero esconde los colmillos. Su porcentaje para detener cobros de penales es elevadísimo, con un 25% de efectividad.
Detiene uno de cada cuatro obuses que le envían desde el manchón. La estadística es significativa, si consideramos que el estándar mundialmente aceptado señala que el tirador tiene un 70% de posibilidades de marcar, cada vez que dispara desde los once pasos.
Cuando se coloca bajo el arco, Nahuel muestra algunos tics que me hacen recordar a Jean Marie Pfaff, aquel arquero que llegó de Bélgica y encantó en el mundial de México 86, con su irresistible carisma y sus grandes lances que, al año siguiente, lo convirtieron en el mejor del mundo.
Recuerdo alguno de esos juegos organizados para la caridad en el que apareció payaseando con guantes del tamaño de cacerolas y gorra con alas. Se regalaba, el belga, a la tribuna.
En la tradición de show, México tiene, en primerísimo lugar, a Jorge Campos, el más flamboyante de los futbolistas que han pasado por la liga azteca.
El de Acapulco impuso un sello particular con sus uniformes más parecidos a los de un cirquero que a los de un guardavalla.
Espectacular en lances, en salidas como arquero ambulante, como delantero, querido por toda la comunidad del balompié nacional, entendió que no solo se divierte el que se encuentra en las gradas.
El que está abajo, en el terreno de juego, no debe jugar con un corsé bajo el suéter, para mantenerse rígido y formal.
Por el contrario, Campos fue capaz de proyectar la felicidad desde el área hacia el graderío. Y nadie le escatima logios como uno de los grandes metas de la historia.
Afortunadamente Nahuel decide ir, también, contra la convención. Al cuestionar por qué piden rigidez en sus actos, contravierte las formas y las hace a su manera.
El británico William Godwin, considerado el primer anarquista, en 1793 llama a una sociedad libre, critica a las instituciones y al Gobierno, y protesta, porque dice que el ser humano puede conducirse sin la tiranía de unos tipos que se autoproclaman gobernantes, y solo actúan para sus intereses, los de ellos y la clase que representan.
Así Nahuel quiere inventar un mundo propio en el que las reglas le permitan respirar. En la definición de penales ante Vancouver, cazó a los rivales. Ya se sabe que el de Argentina es un mentalista, parecido a Blacaman el Fakir, que puede atrapar las mentes de los tiradores más certeros.
Lo ha demostrado en otras definiciones. En su máxima proeza, en la Final del Torneo Apertura 2016, que se definió en penales, hipnotizó a los tres primeros tiradores del América, y ni uno solo pudo anotarle, con lo que levantó el trofeo con la meta intacta.
Ahora, ante los canadienses, Guzmán monta un circo bajo el arco y se pinta la cara de blanco. Ante las cámaras de televisión exhibe que la cuarta pared, la que ocupa de frente al tirador, enmarcada en los palos blancos, lo tiene cautivo.
Desliza los guantes sobre el espacio, finge que está ante una superficie que lo detiene. En un sentido sociológico, se puede ver una mueca de angustia, que trasciende las pantallas de quienes lo siguen en TV.
El aficionado entiende que hay un ser humano prisionero y que es necesario echarle la mano. Nadie intercede por el portero desvalido, pero el mensaje ha sido lanzado. Entonces Nahuel se crece.
Luego del acto de mímica, le anotan un gol, y lo que sigue es un asombroso, por inesperado, truco de la serpentina que vomita.
Nadie supo en qué momento se metió el rollo en la boca, pero de pronto, ante el asombro del mismo silbante, empezó a escupir una tira de colores, un ardid que negoció a cambio de una insignificante tarjeta amarilla.
El tirador rival, Vaselinovic, aturdido por las mañas del che, entrega suave el disparo que el golero detiene tirándose a la izquierda.
Y es todo porque, por los auriazules Gorriarán viene a anotar el último gol que sentencia la tanda.
Queda, como epílogo, la anécdota de un jugador necesario, que le recuerda al mundo que dentro de la democracia que hay en una cancha de futbol, donde todos están igualados por las mismas reglas, hay lugar para fracturar cadenas, romper el guión y seguir un camino propio con júbilo y en libertad.


