Vicepresidente ejecutivo

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El día de la llegada del otoño en 1993, me llegó también una llamada telefónica a mi casa. Eran las 7 de la mañana. “Te llama el licenciado Manuel Silos”, me dijo mi esposa. Y claro que mi asombro fue mayúsculo. Por eso mi exclamación espontánea también fue incontenible: “No puede ser, si el Rector ni me conoce”. Pero, sin darme cuenta, mi voz se filtró al otro lado de la bocina del aparato y la aclaración fue contundente: “Sí, maestro, soy yo. Lo invito a platicar hoy, a las 11 de la mañana, en el octavo piso”, me dijo con su acento inconfundible.

Ni idea tenía yo para qué me citaba. Jamás, como periodista, lo había entrevistado. Es un reconocido economista, sabía yo, pero no era una fuente informativa a la que recurriera para mi trabajo en los medios. Tampoco tuve contacto con él en la UANL después de haber asumido su cargo de Rector en 1991. “¿Para qué me querrá?” Y la pregunta que rondó mi cerebro durante varias horas, encontró cauce en la sorpresiva propuesta que me hizo a bote pronto, después de los cordiales saludos: “Maestro”, subrayó respetuosamente todas las palabras, “he pensado que usted podría colaborar en mi gestión y lo quiero nombrar Director de Comunicación Social”. Claro que de inmediato quedé noqueado, lo que él aprovechó para darme unos días y que pensara muy bien la decisión.

Pero se fue un mes, en el que el diálogo con mi esposa nutrió la disyuntiva de los pros y contras. Hasta que me volvió a llamar, justamente cuando se avivaba la expectativa en torno al futuro candidato del PRI a la presidencia de la república, y el diario El Norte anunciaba la aparición de Reforma en la Ciudad de México. Así es que el ambiente político se prestaba para extender la pausa, y seguir pensando, sin prisas, el ofrecimiento formal del Rector Silos. “Usted puede servir muy bien a nuestra Universidad, por su trayectoria en la FCC y en los medios”, me motivó con su reconocida amabilidad entre sus amigos. Así es que aproveché para puntualizar ahí mismo que no me veía al otro lado de la mesa como funcionario de la institución siendo periodista toda mi vida. Que yo tenía imagen de crítico y le podría costar a él resistencia de algunos sectores de la sociedad. “Nada de eso. Lo espero cuando usted esté dispuesto a ayudarme en la tarea del trato con los medios”, me dijo con un serio convencimiento de que estaba cerca de un “sí” beneficioso para ambas partes.

Me enfoqué, entonces, a platicarle el asunto con mi amigo y ex alumno Roberto Silva Corpus, por el conocimiento que tenía del área durante muchos años, y porque su esposa María Luisa Amaro era más que una secretaria, una ejecutiva, de la oficina, con mucha experiencia. Los dos me impulsaron a no dudar de que me iba a ir bien. Que era una distinción de Silos. Que ellos me iban a ayudar en lo que se ofreciera. Y, sin embargo, a fines de noviembre el señor Rector me apuró, con el pretexto de que el Gobernador Sócrates Rizzo García lo estaba presionando para designar a José María Alanís. Y yo apoyé ese nombre por tratarse de un gran elemento, de reconocido prestigio en el gremio. Por tanto, rematé mi terquedad alegando con énfasis que no me sentía preparado para tal reto. Que muchas gracias. Y me metí de lleno a las noticias deportivas y a beber todo lo que rodeaba al famoso “destape” de Luis Donaldo Colosio y el berrinche de Manuel Camacho Solís. Para enero del 94, la familia Estrada, encabezada por don Gonzalo, me asignó como reportero itinerante de Radio Alegría y el diario abc para seguir al candidato del PRI en su campaña por todo el país. Así es que a la siguiente llamada del Lic. Manuel Silos, la justificación de mi “no” la tenía a la mano, y, efectivamente, la tomó muy en cuenta. Y la aceptó.

Sin embargo, después del 24 de marzo del 94, entre el alboroto que produjo el asesinato del priísta, me citó otra vez en el octavo piso de la torre de Rectoría, con los papeles en la mano, y una concisa frase: “Ya no hay pretextos”. Firmé y me llevó a presentar con el Dr. Reyes Tamez Guerra, Secretario General. De ahí en adelante me puse a las órdenes de Lucy, su secretaria, y de Valentín, que movía todo el pandero de arriba a abajo. Me despedí de mis jefes, los Estrada, y me puse a trabajar codo con codo con Roberto y María Luisa. Les hice una advertencia: “Yo no iba a tocar ni un cinco, y ellos llevarían el manejo del presupuesto, como lo venían haciendo”.

DE JEFE DE PRENSA A DIRECTIVO

No pasó mucho tiempo para que el Vicepresidente Ejecutivo del Club Tigres solicitara autorización al Dr. Silos para que colaborara como jefe de prensa de los felinos. Y en medio de la burla del jefe de deporte de El Norte (Ismael), me presenté en el llamado “draft” de jugadores, que tuvo lugar en Barra de Navidad. Y así, el medio del futbol soccer me fue encaminando a algo más, cuando se presentaron los problemas del equipo dirigido por el brasileño Jorge Vieyra que, ni con una constelación de estrellas, lograba buenos resultados. Me indicaron buscar a Roberto Gómez Junco para integrarlo a la directiva, pero no aceptó. La orden tajante de cambiar al director técnico fijó la mirada en Carlos de los Cobos. Entonces, ante la furia de Roberto Hernández Jr., destrabada en el micrófono de la RG y en la pantalla de Multimedios, otros reconocidos periodistas no se quedaron atrás en la exigencia de buscar cómo sacar adelante los colores auriazules, pues a nivel nacional hacían quedar mal a su noble afición.

Para colmo, la UANL empezó a ser motivo de ataques severos, lindando las críticas en lo institucional o sus símbolos y no solamente en lo deportivo -se quejaba el Dr. Silos, a quien le preocupaba esa desmesura, porque en el gobierno le estaban dando seguimiento al ruido mediático. Además, en la Federación Mexicana de Futbol también maltrataban a los Tigres y Héctor Paredes volvió a decirle al Rector que José Luis Esquivel tenía facilidad de palabra para establecer una defensa ya necesaria ante los federativos, por lo cual él cedía la vicepresidencia ejecutiva del club para que el nombramiento recayera en mí. Además, como periodista, conocía a muchas personas del medio futbolero y desde su nuevo cargo podía entablar con sus colegas un diálogo de tú a tú con los más incisivos en los señalamientos en contra. Era una fórmula para apagar el fuego que estaba incendiando a nuestra Alma Mater en lo educativo.

Así es cuando me presenté en marzo de 1995 en el octavo piso, fue solamente para recibir, sin previo aviso ni consulta, un documento oficial con las firmas respectivas, con el fin de presentarlo en la Femexfut al día siguiente. En el Hotel Fiesta Americana, frente al entonces monumento a Cristóbal Colón, tenían lugar las sesiones y ahí me presenté como nuevo vice presidente del Club Tigres. La noticia se prestó para bromas hirientes en algunos medios, e inclusive escuché en la radio decir al “Perro” Bermúdes de la Serna que no era posible salir de una crisis así recurriendo a un simple ex reportero. “Como si no hubiera alguien con más personalidad en toda la universidad y en Monterrey”, gritó en señal de preocupación por el club y desprecio por mi persona. No me incomodó, porque tenía razón. Yo era un pobre diablo, que llegaba a las sesiones en mi carro viejo. Pero mi nombramiento era una estrategia “por mientras”, con miras a apaciguar la hirviente tensión de aquellos días. El que siguió operando como vice presidente ejecutivo fue Héctor Paredes. Y duré solamente cuatro meses, ya que al final de la temporada Silos se valió del promotor Guillermo Lara y de Sergio Oria en la conformación de un plan efectivo que enderezara los pasos en el siguiente rol de la competencia.

Contra las sospechas de quienes me hacían rico, por el sueldo de directivo, en casa se reían, porque no me pagaron nada extra. ¿Entonces qué gané? Ah, pues que Roberto Hernández Jr. sí nos apoyara en serio en ese trance tan difícil, aunque también que muchos futboleros aún me recuerden en ese puesto de Tigres y crean que hice algún negocio con la contratación de jugadores. Jajajajajajaja. Era el final de un torneo. No me tocó nada de esas tareas en los cuatro meses de directivo. Y los promotores ni me tomaban en cuenta. La nueva temporada del futbol mexicano se olvidó de mí. Pero la gente le da mucho realce a mi paso por la institución y echa a andar la imaginación, sobre todo ahora en que tales cargos tienen un halo de privilegio social, pues muchos dueños de equipos son los presidentes de los clubes millonarios.

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