La Encantadora Doña Dora

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Debe andar rondando los noventa y dos años, pero ha envejecido con tal garbo y gracia que inspira en mí tanta admiración como respeto.

En todo está: Sus sentidos, en perfecta condición, le permiten percibir todo lo que sucede. Impecable siempre, pulcra, íntegra. Su mente, lúcida como un cristal de roca, es congruente y coherente. Son sus piernas las que en algún momento se dieron por vencidas y, por eso, desde hace algún tiempo ha tenido que usar silla de ruedas.

A veces la visito. Cada vez que la veo, pienso que, si he de llegar a vivir tantos años, quisiera llegar así: como ella.

A Doña Dora todo le interesa y la política no es la excepción. Dice que va a ir a votar, ya hasta ubicó su casilla y se ha puesto de acuerdo con quien pueda llevarla. Por nada del mundo va a dejar de participar en las elecciones.

En 1955, en tiempos del presidente Ruiz Cortínes, cuando ella tenía unos veintiún años, y que por primera vez pudieron votar las mujeres gracias a las reformas constitucionales para que las mexicanas gozaran de la ciudadanía plena, ella estuvo ahí y desde entonces, no ha faltado a ningún proceso electoral.

Doña Dora es feminista por convicción, así que, no pude evitar preguntarle qué le parecía la posibilidad de que por primera vez en la historia de México, parece inminente que sea una mujer quien llegue a la presidencia. Me contestó que, esta oportunidad servirá para demostrar que el género no determina la capacidad, es decir: los hombres no son mejores por ser hombres ni las mujeres por ser mujeres….ese es el principio de la igualdad.

Y luego dijo que, aunque se han visto grandes avances en los criterios, procedimientos y usos políticos y democráticos, le parece que, por otra parte, hay tremendos retrocesos.

-¿Cómo cuales retrocesos Doña Dora? -pregunté.

Y respondió: “Les falta elegancia!… ¡Tanto los candidatos como las candidatas se han vuelto vulgares! Como que se les ha puesto de moda la irreverencia y la falta de respeto. Confunden lo popular con lo vulgar y lo valiente con lo brutal.

Sus discursos están plagados de soberbia, de desfachatez, de violencia verbal, creen que el lenguaje coloquial debe ir salpicado de palabras soeces, revuelven lo sencillo con lo corriente, echan mano de todo tipo de falacias, de clichés, dramatizan y ridiculizan, recurren a la descalificación insultante y grosera, hablan a gritos, se desgañitan… en fin es triste. Ya no disimulan su narcisismo y su megalomanía… ya no hay grandeza, ya no hay nobleza…

Por ende, no hay debate de altura, ni gallardía en la contienda… Quizás ahora hay muchos candados para tratar de prevenir los fraudes electorales, pero no los suficientes para evitar la guerra sucia.

La elegancia que falta y a la que me refiero, nada tiene que ver con clase social, estatus económico, o apariencia física… tiene que ver con educación, integridad, autorregulación, prudencia, respeto, pulcritud, calidad humana, sensatez, liderazgo ejemplar, y sobre todo, con honorabilidad; eso es elegancia.

Y, tristemente no la veo, ni en hombres ni en mujeres., salvo en raras, muy raras excepciones. Y sin embargo, aunque toda mi vida he luchado por la igualdad… hoy espero que las mujeres hagan la diferencia y le devuelvan a la política la calidad que ha perdido”.

Encantadora Doña Dora… sin duda.
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