60 años de matrimonio

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Tengo el privilegio como cronista de Matamoros el poder dialogar con diferentes personajes de la actualidad que serán Historia en un futuro. Entre esas personalidades esta el Señor Narciso Suárez y su esposa la maestra Lupita Flores, quienes a lo largo de los años han formado una familia sólida con tres vástagos: Ethelvina, Narciso y Carla con sus respectivos retoños.

Lupita Flores, en su anhelo por llegar a ser maestra normalista le permitió a sus veinte años tener una plaza federal como docente, de tal forma que para cuando inicio en la política ya estaba jubilada dentro del magisterio. Sirva esta referencia para acallar esas lenguas que en el caldo de la envidia y la ignorancia alguna vez osaron decirle prófuga del gis. Una carrera magisterial en la cual ascendió de maestra laica hasta maestra normalista titulada.

Después de las mieles de la academia llegaron las mieles del amor con su novio de siempre: Narciso Suárez.

Lupita Flores fue una persona entregada siempre a su familia a la que su madre, Josefina Valdez de Flores, una mujer de elevados pensamientos, le había transmitido su alma de mujer. Recuerda que vivió a la orilla de la carretera en el ejido Santa Librada. Cabe señalar que a su papá le toco abrir tierra donde solo había monte. Recuerda con agrado como sus papás la involucraron junto con sus hermanas y su hermano en el trabajo del campo. En una casa donde se disfrutaba el fulgor crepuscular de los ejidos y donde siempre hubo de todo, gallinas, marranos, guajolotes y vacas.

Don Hermilo, su padre, se levantaba todos los días a las 5:00 AM a ordeñar sus vacas, de tal forma que fue de los primeros proveedores de la empresa lechera La Vakita en Matamoros.

Lupita extraña con nostalgia las noches en el ejido Santa Librada que le permitían entregarse a sus pensamientos; donde el silencio que casi siempre reina en esos lugares campiranos se veía invadido por el ruido de los autos y camiones que ocasionalmente se desplazaban y eran parte del entorno que la veía crecer a ella con toda su gente y donde sus padres le daban todo aquello que la hacía feliz y le moldeaba el espíritu con un sentido de pertenencia que le daba plenitud y le permitía tener aspiraciones de crecimiento y de apoyo a su familia como a su comunidad.

Siempre supo que en su lugar de origen la imaginación ayuda a la naturalidad de cada detalle y entonces solo se ve la belleza del campo. Así veía Lupita su entorno.

Fue en ese entorno del campo donde a muy temprana edad conoció a Narciso Suárez, o fue él quien la conoció a ella aun antes de presentarse con las formalidades propias de la época. Narciso era desde entonces un hombre muy trabajador y bien parecido.

Varios años mayor que ella quien desde la primera vez que la vio, descubrió en sí mismo, a través de Lupita las virtudes del hombre propenso a enamorarse por la admiración que le inspiraba en todo sentido; le fascinaba la frescura de sus sienes, la regularidad de las cejas, la pureza de las líneas fuertemente impresa en todos los rasgos de aquella fisonomía; Narciso suponía que en ella, todo el conjunto de su esencia hacían de la joven Lupita una creación perfecta.

Su actitud y sus miradas revelaban un recato mutuo perfecto ya que a la temprana edad que coincidieron en los campos fértiles de Santa Librada no era posible formalizar la relación, pero el nivel de flechazo que Narciso había experimentado de la joven Lupita fue a tal grado que ningún tiempo de espera le pesaba.

Fiel a su premeditado propósito él le preguntaba con insistencia:

-¿Para cuándo Lupita?

Y ella con un aire de inocencia campirana, propia de la edad, simplemente le decía:

-¡No sé Narciso!

Mientras Narciso cortejaba a Lupita sus acciones estuvieron marcadas por el sello de una naturalidad exquisita y por el buen gusto. De esta forma el tiempo avanzó, y la relación de pareja se fue dando sin prisa alguna. La Maestra aceptó sin premura ni pesar, pero con esa conciencia de las grandes almas que conocen la extensión de los lazos que anudan semejantes obligaciones, y que los convierten en un elogio magnífico y en una prueba de afecto.

El trabajo al que se había consagrado desde su juventud le había permitido en su noviazgo conservar las bellas creencias que adornan los primeros días de la vida. Para cuando la maestra Lupita terminó la normal, ya tenía poco más de un año de haber iniciado su noviazgo con Narciso Suarez, el “James Dean” del ejido, quien la cortejaba desde sus quince años.

Ella veía en él a un ser lleno de vitalidad, vigoroso y con muchas aspiraciones. Después de su primera etapa como maestra y ante la insistencia de Chicho, el sobrenombre de Narciso desde entonces, para casarse un buen día ella le dijo:

-Si quieres que nos casemos necesito que me garantices dos cosas.

Antes de saber las condicionantes él ya había aceptado, pero dijo la pregunta obligada:

-¿Cuáles condiciones Lupita?

Ella le dijo con una seguridad contundente:

-Que una vez casados no pongas obstáculos para que estudie y trabaje.

Él se le quedo viendo con una mirada llena de ternura y con unos ojos cargados de chispas regocijadas, contemplando para sus adentros los siete años de diferencia que tenía con ella y también la admiración que sentía por esa mujer que transpiraba una energía que lo contagiaba y que lo había transformado en el enamorado que ya era, y con aire de satisfacción solo dijo:

-Si Lupita, lo que tú quieras.

Se casaron el domingo 26 de julio de 1964 en Progreso Agrario en una boda muy sonada pues era la Maestra Lupita con el soltero codiciado del ejido a la que asistieron unas dos mil personas, ya que todos los ejidatarios de San Andrés y de Progreso Agrario, antes ejido Santa Librada fueron invitados.

Narciso y Lupita, 60 años de ejemplar matrimonio son un buen comienzo. Muchas felicidades.

El tiempo hablará.

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