Las guerras del agua no son un fenómeno nuevo. Desde los reinos de Babilonia hasta los oasis del norte africano, la historia recuerda enfrentamientos donde los pueblos peleaban por el derecho a regar su tierra. Hoy, esa historia parece repetirse, aunque cambien las armas y los actores.
Estimado lector, mucho se nos ha dicho que, en 1944, cuando el mundo aún recogía los escombros de una guerra que había partido el siglo en dos, México y Estados Unidos firmaron un tratado que parecía fluir con la naturalidad de los ríos que lo inspiraban.
El Tratado de Aguas Internacionales, firmado el 3 de febrero de aquel año en Washington D.C., tenía un propósito claro: administrar y compartir equitativamente las aguas de los ríos Bravo (Grande) y Colorado, cuyas corrientes cruzan fronteras como si no entendieran de límites ni banderas.
Los firmantes fueron hombres de traje, pero se dice que aquella tarde el Río Bravo murmuró entre juncos como si también diera su consentimiento. Eran los tiempos de Manuel Ávila Camacho y de Franklin Delano Roosevelt. Por parte de México, estuvo Francisco Castillo Nájera, embajador en Washington; por Estados Unidos, Cordell Hull, secretario de Estado.
Nacía así una promesa binacional: México recibiría del Río Colorado 1,850 millones de m³ de agua al año, mientras que Estados Unidos recibiría 431 millones de m³ del Río Bravo, provenientes principalmente de los afluentes mexicanos, durante cada ciclo de cinco años.
Sesudo lector, durante décadas, el tratado fue ejemplo de diplomacia hidráulica. Los agricultores de ambos lados sembraban con la confianza de que el agua pactada llegaría como estación fiel. Pero el tiempo, que erosiona más que el agua, trajo consigo sequías, sobreexplotación, y olvidos institucionales. Las lluvias comenzaron a faltar como los amigos en la vejez, y el cauce del cumplimiento se volvió turbio.
En los años recientes, México comenzó a retrasarse en los pagos hídricos, acumulando deudas de agua al cierre de varios quinquenios. El estado de Chihuahua, principal proveedor de los afluentes que alimentan el compromiso con EU, se volvió un campo de tensión. Los campesinos, aferrados al agua como a su último aliento, se resistieron a entregar el líquido, temerosos de que sus cosechas perecieran bajo soles sin clemencia.
En 2020, las protestas llegaron al extremo: la presa La Boquilla fue tomada por agricultores y se enfrentaron con la Guardia Nacional. Muy lamentablemente hubo heridos, muertos y palabras que ya no se olvidan.
El gobierno mexicano con López Obrador trató de conciliar, enviando reservas de otras presas para cumplir con el tratado, como un mago que saca agua de un sombrero donde ya no queda ni vapor. La Comisión Internacional de Límites y Aguas (CILA) se convirtió en un árbitro silencioso, apenas audible sobre el murmullo creciente del descontento.
Y es justo entonces, en medio del estruendo de la diplomacia moderna y de la guerra arancelaria que Donald Trump, ya en su etapa más errática de influencia, después de piropear a la presidenta Claudia Sheinbaum, lanzó una amenaza como un rayo seco: si México no cumple con sus obligaciones de agua, se reactivarán aranceles comerciales, sobre todo al sector agrícola, como si el comercio y el clima fueran hijos del mismo dios caprichoso.
Querido y dilecto lector, las aguas, siempre pacientes, no entienden de tratados ni de amenazas. Ellas siguen su curso, pero el ser humano, no. México, con su red de presas resecas y su campo sediento, tropieza una vez más con el tiempo, con la burocracia y con el olvido. La deuda de agua con Estados Unidos, que se pretendía saldar como quien paga un diezmo justo al destino, se ha convertido en un punto de tensión geopolítica.
Hoy, mientras los funcionarios negocian en oficinas con aire acondicionado, los campesinos miran el cielo esperando milagros y los ríos fluyen cada vez con menos fuerza, como si también se sintieran cansados. El tratado de 1944 sigue vigente, pero cada ciclo se siente más como una prueba de fe que como un pacto racional.
Pareciera que hay un espíritu en el Río Bravo que cada cinco años se despierta y pregunta: “¿Pagará México esta vez?” Y que el eco de la respuesta, entre piedras y espinas, se confunde con el llanto de la tierra y de los campesinos.