Son dos errores puntuales de ejecución que pudieron evitarse con mayor atención, o con una mejor técnica.
¿Qué hizo el técnico emplumado? Cuando el árbitro silbó el final para decretar campeones a los Diablos, se dirigió inmediatamente a felicitar al DT contendiente, Antonio Mohamed. Fue caballeroso su gesto deportivo. Sé que los aficionados del América querían comerse al uruguayo.
Mientras veía la final, uno de mis acompañantes, americanista a rabiar, demandaba que lo cesaran. Indignado señalaba que un profesional no puede equivocarse de esa manera obscena en el momento de la verdad, como lo hizo el zaguero, para entregar prácticamente los dos goles de la derrota.
Charlaba el lunes pasado con un directivo de un club renombrado de México, sobre las reacciones que sobrevienen ante errores prevenibles. Él reconocía que la furia desatada era natural, contra aquel que había incurrido en el yerro. Desde antes de los partidos, se les demanda cabeza fría y corazón caliente. Se les pide concentración extrema, para fijar su espíritu completamente en la precisa ejecución de las intervenciones.
Pero ocurre que un balón perdido en la media cancha, por no soltar a tiempo el pase, puede derivar en el gol que significa perder el campeonato. El arquero se puede pasar en una salida, para facilitar el remate del delantero. Un atacante puede rebanar un balón con la puerta abierta, y el tiro sale desviado. O el jugador se calienta y suelta un codazo, que roza la barbilla del contrario, quien dramatiza la acción.
El director técnico puede vomitar sapos y culebras al ver a su jugador echando a perder el juego. Pero en público, dice, está prohibido el reproche. Incluso, en presencia de los compañeros. Cualquier reclamo debe ser necesariamente en privado. Quien no lo entiende así, desconoce del manejo de grupos. Me comenta del impulso inicial, y comprensible de descargar el coraje sobre el inepto. Es hasta justificado si uno le tuerce el pescuezo por fallar al instante decisivo.
Pero, me dice, cualquier enfado implica, por lo general, un arrepentimiento al día siguiente. La ira es mala consejera. Quien echa truenos de impotencia seguramente acabará por lamentarlo luego, pues la mente serena mueve a ver con claridad situaciones difuminadas a causa de la ofuscación.
Recuerda la ocasión en que por una falla grosera de un mediocampista, devino el gol en contra y el encuentro se perdió. Ya en el vestuario el entrenador, asesinándolo con la mirada de rayos láser, dijo que no hablaría al conjunto, como acostumbraba hacerlo, al final del partido, pues sabía que si abría la boca diría una barbaridad contra el que la regó, de la que luego se arrepentiría, pues el calor del momento, sentíala cabeza a punto de explotar.
Hizo lo correcto. Al día siguiente, ya más sereno, en una revisión de la jugada en video, detectaron las fallas del partido; quien se equivocó aprendió del error y todos siguieron con sus vidas con un aprendizaje.
No es lo mejor, hacer reclamos con la cabeza encendida, me comentó. Lo mejor es poner hielo al cerebro para bajar la temperatura. Solo entonces se podrá razonar con provecho.


