Hay momentos en que cuenta mucho la importancia de los términos precisos para expresar nuestros sentimientos y emociones. Cada palabra y cada concepto muestran una forma de entender la realidad y vivir la vida, ofrecen nuevas perspectivas y nos ayudan a compartir una humanidad en común. Hoy quiero escribir para mi hija Monserrat, la niña de mis ojos.
Monserrat es su nombre, Monserrat es mi hija. Nació el domingo 13 de junio de 2004 a las 4:25 de la tarde en el Valley Regional Medical Center en Brownsville, Texas. Por ella conocí el amor que experimenta un padre frente a su hija y viceversa, con todos sus vericuetos emocionales que implican y que son inexorables.
Ella es un oxímoron existencial pues es emocionalmente razonable y razonablemente emocional, hereda tanto de su madre como de su padre, que todo hace indicar que soy yo. Somos muy parecidos, hasta en la práctica despiadada de la ironía.
Las manos de Monserrat me recuerdan las mías, muy simétricas; diría Honorato de Balzac, como de cirujano, salvo una pequeña protuberancia en mi dedo anular derecho que se me hizo jugando basquetbol. Si todos los padres del mundo amaran a sus hijas como yo amo a Monserrat todas las mujeres serían tan plenas como yo veo a mi hija, con todo y sus errores —y vaya que tiene muchos—, pero eso la hace precisamente ser quien es. No le cambiaría ni un punto, ni una coma, como si fuera una propuesta de ley de AMLO al Congreso.
Tengo muchas vivencias con Isaac y Monserrat, dos nombres cuyas consonantes definen ampliamente sus respectivos apelativos. La letra “C” al final del nombre de mi hijo me fascina y la “M” y la “T” de mi hija se me hacen hiperbólicamente místicas, pero hoy que mi hija cumple 21 años de vida hablaré preponderantemente de ella.
En España, de Salamanca a Marbella median 717 kilómetros, pasamos por Cáceres y por Sevilla, esta última un punto geográfico muy cautivador. Entendí la maravilla del Google map adaptado a los automóviles, pero también me quedó claro que sin la asesoría puntual y constante de Monserrat ese trayecto hubiera sido un caos, pues el conocimiento a detalle de cómo operan esos aditamentos geolocalizadores lo sabía ella y no yo. Isaac iba en la parte de atrás muy despistado y en la comodidad del hermano y del hijo que se sabe amado y que sabía que su hermana y su padre lo llevarían siempre por buenos rumbos. Hoy entiendo que en los viajes, cada uno de ellos dos cumplen una función y no se invaden en las cosas que cada uno domina.
Tengo pendiente una abundante y efervescente narrativa de ese viaje que hice con mis hijos, pero hoy que es el aniversario de mi hija quiero homenajearla con esta linda semblanza del inolvidable viaje a España con mis hijos. La de hoy será la narrativa de cuando nos perdimos en Marbella.
Qué maravilla es perderse para después vivir la grata experiencia de encontrarse, por eso los pecados de mis hijos no me agobian tanto. Fue para nosotros toda una experiencia muy emotiva el llegar a Marbella desde la carretera, el paisaje se enmarcaba con una serie de cerros y montañas que definen su singular entrada, y acompañado de Monserrat como copilota e Isaac como único pasajero, el nombre de ese momento lo podíamos llamar Felicidad.
Entramos a este destino por el Parque Los Alcornocales, es una entrada enmarcada por el Cerro Torrón, junto al Río Real, y comparte crédito con las Lomas de Piedemonte. Fue entonces cuando Marbella apareció frente a nosotros como un regalo envuelto en luz, y en el asiento de al lado, mi hija —tan viva, tan suya— miraba por la ventana con esos ojos que aún creen que todo es posible. El mar Mediterráneo se extendía como un espejo sin orillas, y ella sonreía, sin decir nada, como si el alma le hablara más fuerte que las palabras.
Al caminar por el casco antiguo, con sus calles angostas, blancas y perfumadas, me sorprendí observándola más a ella que al paisaje. Tocaba las flores de los balcones como si fueran parte de un sueño. Reía con ese sonido claro que solo tienen los que aún no conocen el peso del mundo. Y yo, detrás, con el corazón lleno, pensaba que nada en la vida era tan perfecto como ese instante.
En la Plaza de los Naranjos, compartimos una bebida y un silencio hermoso porque no solo se conversa con las palabras. Miraba sus pies descalzos sobre la fuente, su pelo al viento, la luz del atardecer tocándole el rostro, y me dije: ojalá nunca olvide este momento, ni ella, ni yo.
Marbella, ese día, fue mucho más que una ciudad. Fue el escenario donde entendí que la felicidad no está en los grandes planes, sino en mirar a quien amas y descubrir en su alegría el sentido de todo.
Salimos de Marbella con el corazón lleno, con el alma aún empapada de sol y de ese azul profundo que parecía haberse quedado en nuestros ojos. Íbamos rumbo a Salamanca, con música suave y las ventanillas abiertas, dejando que el viento jugara con el cabello de mi hija, que cantaba sin preocuparse del rumbo.
Y entonces, en algún cruce mal señalado, entre risas y conversaciones que no queríamos interrumpir, nos perdimos. No fue un extravío dramático como el de Fernando de Magallanes, sino uno de esos desvíos que te sacan del camino, pero te acercan a algo más importante: la conciencia de estar juntos, sin mapa, sin prisa, con la certeza de que no hay dirección equivocada cuando la compañía es la correcta.
Nos reímos al darnos cuenta. Consultamos el GPS, que parecía igual de confundido que nosotros, y en vez de inquietarnos, bajamos la velocidad. Encontramos un pueblo que no figuraba en nuestros planes y seguimos como si nada… o como si todo.
Aprendimos que hay muchas variables y sucesos que pasan cada día en todo el universo —millones, inabarcables—, y sin embargo, esa pequeña desviación, ese perderse juntos en un rincón lejano y desconocido, fue una de las coordenadas más exactas de mi existencia en este planeta a lado de mi hija Monserrat. Nunca imagine que hubiera tanta poesía en perderse.
Querido y dilecto lector, fue entonces que entendí algo que no enseñan las agencias de viaje con sus itinerarios: perderse con tu hija en una carretera en España puede ser una de las más grandes certezas de amor. Porque mientras el mundo corre y exige llegar, nosotros descubrimos que el viaje más valioso era ese pequeño tramo sin nombre, donde fuimos simplemente padre e hija, cómplices de una aventura inesperada, felices de estar en la nada… pero juntos en esos huidizos instantes que hoy describo.
Feliz cumpleaños Monserrat, la niña de mis ojos. Gracias a Dios por tu vida
El tiempo hablará.
Y yo seguiré escribiendo.


