Monterrey llegó como representante de la Concacaf, no solo como un club poderoso del norte de México, sino como uno de los que ha sido más constantes en apostar por construir un proyecto sólido.
Esta vez, además de llegar con bastante experiencia, lo hizo con mucha más presión que en ocasiones anteriores, sumando la ilusión de toda su afición, que no los abandonó ni estando del otro lado de la frontera. El apoyo fue evidente en cada uno de los partidos disputados en todas las sedes.
Es decir, llegó con plantel, inversión y un discurso para soñar. En su paso por la fase inicial, Rayados tuvo una participación eficiente. Supo sortear a sus rivales aplicando lo que ha aprendido con oficio: orden, precisión intermitente, juego directo cuando se requiere. Pero, siendo realistas, nunca deslumbró.
No impuso ninguna idea, no tomó control simbólico en los primeros dos partidos; jugó con lo que le alcanzó y se adaptó. Sin embargo, ¿sería esto suficiente para trascender?
La respuesta ya la conocemos, y llegó sin anestesia contra el Borussia Dortmund. Frente al rival europeo, no se puede decir que Monterrey fue pasivo, pero tampoco contundente.
El equipo alemán impuso condiciones, manejó los ritmos con soltura, y el equipo regio no encontró definición en el primer tiempo. En el segundo, la situación cambió con un gol de Germán Berterame.
Se podía sentir que ahora sí podían tomar las riendas del partido. Y, con seguridad, el “Tecatito” puso por momentos a temblar a los alemanes. En general, jugaron bien, pero al final no les alcanzó.
La esperanza y el sueño llegaron hasta ahí. Más allá del marcador, queda claro que Rayados cumplió y representó con orgullo y dignidad a nuestro país. El nivel mostrado es lo mejor que México tiene para competir internacionalmente. Pero si esto no es suficiente, ¿entonces qué hacer?
No se trata de culpar al club, que hizo lo mejor posible con lo que tiene. Más bien, es cuestión de la estructura de la propia Liga MX, que sigue pensando solo en espectáculos locales y no en una evolución competitiva a nivel global.
Una liga que mira hacia adentro, multiplicando partidos a diestra y siniestra, muchos carentes de sentido; que protege intereses de escritorio y posterga decisiones estructurales por mera comodidad.
Una inversión millonaria, como la del Club de Fútbol Monterrey —y algunos otros—, no necesariamente refleja progreso si no está acompañada de una cultura futbolística distinta. Aquí fracasó el sistema.
La realidad es que un Mundial de Clubes se gana con ideas, convicción, excelente ritmo y un modelo que sostenga todo eso. Hoy, aún estamos lejos. Si hoy el consuelo es perder con dignidad y decoro, la próxima vez debe ser exigir competir para ganar.
Rayados hizo su parte, lo intentó con valentía, y su afición lo acompañó hasta el último minuto.
Ahora le toca a todo el fútbol mexicano decidir: seguir justificándose o, por fin, empezar a evolucionar.


