Hace no muchos años, tuve la oportunidad de vivir en Austin, Texas y ahí me puse a estudiar un postgrado. Entre las materias que formaban parte de plan de estudios, estaba la de Lógica Filosófica, y yo quedé fascinada. Aunque es una materia difícil, en ese momento yo no tenía ni idea de lo mucho que lo que iba a aprender me serviría en la vida. Además, tuve la suerte de conocer a un excelente maestro (Mr. Williams).
Mr. Williams nos dijo que los argumentos (silogismos), en su forma más simple, se componen de una premisa mayor, una premisa menor y una conclusión. Pero, para saber si el argumento es verdadero o falso, es necesario saber que lo verdadero siempre cumple con tres características indispensables: “Un argumento verdadero se caracteriza por su consistencia, coherencia y solidez. Debe ser lógicamente válido, con premisas verdaderas que respalden la conclusión, y carecer de contradicciones internas. Además, un argumento sólido se apoya en evidencia verificable y razonamientos lógicos.”
Mr. Williams nos decía que aquello que es falso, siempre será inconsistente, incoherente y/o falto de solidez de una u otra forma. Es decir, lo falso (o en su caso, una mentira) tendrá siempre grietas por donde se cuela la luz, aun en medio de las penumbras de la mentira, una simple grieta en la construcción del argumento, permite la suficiente luz para darnos cuenta de que algo no cuadra, no checa, no tiene fundamento y no hay razón que la sustente. En cambio, un argumento lógico y verdadero no tiene grietas. La verdad es sólida.
Por eso, cuando se debate algún tema, es fundamental saber encontrar la “grieta” (si es que la hay), en el argumento del oponente para poder señalar, con suficiente evidencia, en dónde está su inconsistencia y por lo tanto, su falsedad. No en balde se dice que “tarde o temprano la verdad sale a la luz”…porque ninguna mentira resiste la luz de la verdad.
A lo largo de mi vida, muchas personas me han mentido, algunas de forma verdaderamente elaborada, adornando sus argumentos con cualquier cantidad de falacias. Muchas de esas personas se han quedado con la idea de que yo les creí o que lograron engañarme. Pero gracias a lo que aprendí en lógica filosófica, a veces debatía y otras veces solo me entristecía darme cuenta de que ya no podía confiar más en quien, para ocultar sus verdaderas intenciones, me mentía deliberada y elaboradamente.
Aprendí en aquella clase que, no importa cuánto se maquille una mentira, ni que tan gruesa sea la máscara, o cuán oscura la intención, las mentias siempre tienen grietas : siempre hay algo que “no checa…algo no cuadra”: no checan los tiempos, o las formas, o las “razones” o los motivos… Uno puede tardar en encontrar dónde están los “cabos sueltos”, las inconsistencias y las incongruencias. Pero, invariablemente, a la luz de la verdad, todo cae por su propio peso.


