Conocí a doña Lidia un sábado por la noche. Pasamos por ella en camino a una modesta fiesta de 15 años celebrada en un atiborrado salón escondido en calles de la colonia Francisco Villa, en Chihuahua capital.
Para ese primer encuentro decidí vestirme con mi traje azul, corbata del mismo tono y zapatos negros, bien boleados porque como alguna vez aprendí del político regiomontano, Javier Livas, “un calzado sucio es señal de poco poder personal”. Además, ante la importancia de lograr esa primera impresión, el aliciente para lucir mis mejores galas era más que evidente.
Apenas llegamos a la quinceañera, mis ansias de novillero quedaron por los suelos cuando el salón de eventos era apenas un tapanco, y los asistentes vestían de todo menos trajes y zapatos bien boleados. Adiós a una gran primera impresión. Como segundo recurso, apelé a generar una buena conversación en la que mis habilidades como periodista pudieran hacer de lado mi vestimenta sobrada para una fiesta en un barrio que nació de invasiones de terrenos y entonces era temido por sus peligrosos cholos. Segundo strike. Poco hablamos por el ruidazo, la fiesta y la incomodidad natural que produce conocer a la madre de tu novia.
Al día siguiente, pregunté con ansiedad que opinión causé en doña Lidia, particularmente desde que mi novia es la única mujer de sus cuatro hijos. Creo que algo hice bien, porque tiempo después ya me sentaba en la barra de su cocina para comer el que para mí era su mejor guiso: chicharrón en salsa verde.
La relación entre un yerno y su suegra es por naturaleza, compleja. A veces nos quieren, a veces no tanto. En la balanza de la vida, siento que doña Lidia me quiso más que menos. De hecho, creo que las únicas dos veces que me quiso menos fue cuando emigramos a la frontera luego de que me contrataron como corresponsal, llevándonos a dos de sus nietos más queridos. Años después, en una charla sincera, me confesó que me quiso todavía menos después de que ese mismo trabajo en la frontera nos expulsó, ya con una nieta más, hasta Canadá.
Pero fueron más las buenas, sin duda. En esa cuenta de vida, he sido responsable de muchas alegrías en la vida de doña Lidia, como el ganarme la confianza absoluta de su esposo, presentarle a sus nietos recién nacidos, llevarla a conocer nuestra nueva casa o decirle que su hija terminó para bien su tratamiento contra el cáncer.
Un hombre muy sabio llamado Russell M. Ballard explicó que, al envejecer, nuestro cuerpo cansado llega a ser insuficiente para un espíritu que, engrandecido con las enseñanzas y experiencias de la vida, necesita continuar en su progreso eterno junto a Dios. Desde mi fe, y desde mis muchos años de conocer a doña Lidia, mi suegra, la madre de mi esposa y abuela de mis hijos, sé que esto es verdad.
Gracias por amar tanto a mis hijos. Gracias por respetar mis decisiones, aunque muchas veces no las compartiera al principio. Gracias por su ejemplo de servicio y entereza. Gracias por su chicharrón en salsa verde.
Buen regreso a casa, suegra. Descanse, que nosotros acá le seguimos.
En memoria Pascuala Lidia Lugo Rosales
17 de Mayo 1935-17 de Enero 2026
Doña Lidia

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