Hace años, muchos años, cuando el futbol me importaba muchísimo más que ahora, puedo decir que era un ferviente seguidor del Santos Laguna.
La afición por el equipo de La Comarca quizás me vino por ser originario de Torreón, ciudad donde, debo reconocer, nunca residí y apenas estuve en vacaciones de verano cuando acudía con mi familia a visitar a mis abuelas.
Es cierto, mi padre y mi hermana, que Dios los tenga en su Santa Gloria, también hacían como que eran seguidores del Santos, entonces era bastante divertido que los domingos nos pusiéramos la casaca verde y blanca para ver juntos los partidos.
Convertirme en seguidor de Los Guerreros me fue conveniente, pues me ayudó a conectar con un grupo de jóvenes reporteros reynosenses que éramos palomilla y nos reuníamos los fines de semana para “ver” los juegos… la verdad es que en realidad todo era un pretexto para la carne asada y el consumo en cantidades industriales de cerveza. Vaya tiempos aquellos.
Éramos un grupo muy divertido con gustos muy distintos. Ciro (QEPD) le iba a las Chivas, Daniel y Armando eran fervientes seguidores de los Pumas, Richi era hincha del América y Adrián seguía al Cruz Azul. Por ahí andaba el Giovanni que decía que le iba al Necaxa y Julio que, por una extraña razón, seguía al Irapuato.
Sin embargo, la verdad sea dicha, ninguno de nosotros tenía el amor por sus colores y el juego que Luciano, quien desde entonces era -y sigue siendo-, un acólito del balón, un apóstol de las canchas, uno de los pocos que anda por la vida -fusilándome a Galeano- sombrero en mano, suplicando en los estadios: ‘’¡Una linda jugadita, por amor de Dios!’.
Aún así en esos años todos nos pusimos el disfraz del hincha apasionado, gritábamos cada gol, celebrábamos cada victoria y caíamos en una triste ira en cada derrota.
Fueron los buenos años del Santos, los tiempos de Jared, El Pony, Adomaitis, Vouso, Oribe, La Casa del Dolor Ajeno.
Gracias a mi trabajo pude estar en cancha el día que Santos derrotó al Cruz Azul en casa para levantar el título… es más, puedo presumir que el gol del “Hacha” Ludueña me tocó de frente y que, al momento de las celebraciones, me colé con mi cámara al vestidor de los campeones.
Pasaron los años, la palomilla se fue disolviendo y con ello nuestra pasión por el balón.
Como lo dije, hoy solo Luciano sigue alimentando ese amor por la pelota que, estoy seguro, se lo va a llevar a la tumba.
En mi caso encontré 469 cosas más importantes que el futbol y el Santos Laguna.
Además, para como está el equipo, declararse seguidor de Los Guerreros es un acto de valor y masoquismo.
Aún así a veces extraño esos años, el gritar un gol, el sufrir un partido, el saltar de alegría y abrazarte con tus compadres cuando el árbitro pita el final.
Quizás por ello nunca me atreví a tirar mi vieja casaca verde y blanco.
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Sí, hubo un tiempo que le iba al Santos


