Discriminación y balón

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Allan Saint-Maximin es un delantero francés que tuvo un paso breve por la liga azteca de futbol, en el equipo América. Dejó el país en medio de una supuesta crisis de discriminación que le provocó desolación y angustia; se fue junto con su familia, para evitar el acoso de presuntos incivilizados mexicanos que lo trataron de manera despectiva.

El delantero es de piel negra, con ascendencia caribeña y americana. Su madre es originaria de la Isla Guadalupe y su padre de la Guyana Francesa. Como atacante llamaba mucho la atención por su rapidez y la cabellera con rastas. Ya había sido integrante de la selección juvenil en su país. Su cartel era atractivo.

Pero su paso por México fue breve, de apenas un semestre. Jugó 15 partidos con las Águilas y anotó pocos goles. Apagó la luz de su departamento sin avisar. De pronto suspendió su contrato de 12 millones de dólares, cogió las maletas y se regresó a Francia, en la Ligue 1, con el Lens. Y ahí le dieron buena acogida.

No han trascendido los verdaderos motivos por los que Max dejó el nido. El racismo alegado sería hacia sus hijos en la escuela. También hubo versiones de insultos desde la tribuna por el color de su piel. Con mucho sentido político, América solo le dio las gracias y le permitió partir.

Pero solo para que, al llegar a Lens, se quejara, también, que era víctima de los mismos prejuicios. Los sangre y oro tuvieron que sacar un comunicado para repudiar los señalamientos y respaldar al jugador.

En América y en Europa, en el norte y el sur, entre pobres y ricos, la discriminación se da por igual, aunque con consecuencias dispares. Hay países más desarrollados, como algunos de primer mundo, donde el respeto a la ley es estricto y los agresores en temas de derechos humanos son sancionados. Lo más sencillo es vetarlos del estadio, muchas veces de por vida, aunque en ocasiones van a dar a la cárcel o terminan barriendo las calles para pagar sus agravios a la sociedad con trabajo comunitario aleccionador.

En los estadios del Viejo Continente, es sabido, están prohibidos los saludos con la mano alzada de los nazis, como un repudio permanente e indeclinable a lo que significó Adolf Hitler, y su impronta del genocidio de judíos.

En México comenzamos a tomar consciencia. Y no me refiero del grito homofóbico que ya comenzó a ser censurado. Los insultos por raza merecen llamados de atención en los partidos. El árbitro ya pide al sonido local que advierta de suspensión temporal o permanente de un partido cuando se le insulta con estas maneras a un jugador. Algunos de dermis morena se han quejado, mayormente extranjeros, lo que ha servido para llamar la atención sobre el problema. El asunto se está poniendo serio. La salud mental ya es materia de preocupación en la sociedad.

En México la conciencia crece. Los crímenes y lesiones morales ocasionadas por el odio deben ser erradicados y la gente ya lo sabe. A veces van a insultar a los estadios seres –me niego a llamarlos aficionados-, que se solazan con el dolor ajeno. Son los menos, es propio aclararlo, y tienden a ser segregados. Los demás, conviven en sana comunidad.

Desafortunadamente, se necesita que existan agresiones e incidentes, como los que actualmente ocurren, para que la tribuna entienda la gravedad del asunto.

Con la detección del mal a tiempo, el futbol crece.

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