El fin de semana, Monterrey regresará a un clásico regio de los de antes. De aquellos cuando ni Tigres ni Rayados figuraban más allá de los puestos de pan en la carretera a Saltillo.
Aquellos clásicos en que el partido en el Tecnológico o en el Universitario, que no era el volcán todavía, era el más importante para los dos equipos. Allí se jugaba la temporada; sus aficiones los sabían, lo aceptaban y lo celebraban el resto del torneo, porque nada más para eso alcanzaba.
Clásicos pasionales que entretenían más por la carrilla del día siguiente, nada más.
El fin de semana, como antaño, Rayados y Tigres llegan en la orilla de la clasificación, en los lugares siete y ocho de la tabla. Los equipos regios vienen dando tumbos en el campeonato de fea forma y con mal fondo, dando partidazos y recibiendo partidas.
El Monterrey sigue sin dar en el blanco, por más jugadores y técnicos buenos, malos, estrellas y estrellados que contratan, la copa nomás les pasa de largo. En San Nicolás no cantan mal las norteñas; entre la muy manoseada renovación, las tenebras de la directiva y los experimentos intermitentes del técnico, se avanzan dos pasos y se retrasan tres.
Igualito que como en los tiempos bravos, aquellos del ruta uno y los Aficionados de Rómulo, así llegan al clásico 142. Lo que sí es diferente, es que después sigue la Concachampions, donde ya se esta haciendo la fama de animadores, solo eso.
Que vergüenza.


