La Faena

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Dicen que los valientes no son aquellos que no le temen a nada, porque la verdadera valentía solo se demuestra cuando el miedo invade y aun así se le enfrenta con entereza. El verdadero valiente es aquel que siente el miedo, pero lo aguanta y lo domina. Aquel que no tenga miedo ante un peligro inminente, es más incauto que valiente. Tengo que reconocer que, aunque detesto las corridas de toros (por aquello del maltrato animal), la tauromaquia resulta ser una cruda y dramática representación de la realidad de la vida…y de la muerte: una “fiesta brava” impregnada de olor a vino, a adrenalina, a sangre con final incierto, llena de glorias y humillaciones, de triunfos y fracasos, con escasos indultos como sucede a veces en la vida y nunca como en la muerte, en un ruedo inescapable, en una arena en la que el matador y la bestia están profundamente solos, aunque rodeados de gente tras los burladeros, mirando, juzgando, criticando, aplaudiendo, incitando, diciendo lo que se debería hacer, o no hacer, o haber hecho, pero siempre desde la barrera.

A Paco Tijerina le apasionaba la fiesta brava. El entendía (yo no) desde muchos ángulos que yo no podía ver, cegada por el horror. Pero, él sí podía ver esa danza inexorable y romantizada de la vida y la muerte al son de las tamboras que aturden al público, pero que no son suficientes para que, el hombre y la bestia, que están en el ruedo, logren acallar  los latidos de sus corazones palpitando con tanta fuerza  que bien podrían reventarles el pecho…pero solo ellos, los que están ahí adentro, en ese momento, lo pueden escuchar y al mismo tiempo sentir como tiembla la arena bajo sus pies. Nadie más…porque es ahí, donde la vida y la muerte se encuentran, el lugar más solitario del mundo, donde no hay margen de error, ni titubeos que no lleven implícito un precio fatal. En eso, la tauromaquia es brutalmente simbólica, tan macabra como colorida, tan alegre y triste a la vez.

  Cuando Paco me llamó para decirme con voz entra y firme que estaba enfermo, me lo imaginé ahí, en el ruedo, con capote en mano, cuando de pronto sale bufando un toro llamado “Cáncer”, listo para embestir y el matador, listo para enfrentarlo….porque  en ese instante ya no se trata de ver quién puede más, sino con cuánta valentía se lleva la faena. Entonces la vida y la muerte se miran a los ojos, con respeto pero sin piedad. Nada alrededor importa. No hay antes ni hay después. Cada instante es decisivo, se activa el instinto. El público grita, exige que “te arrimes”, dicen que “tú puedes”… Algunos con auténtica admiración y conocimiento, y otros con morbosidad infame, incitan a que enfrentes el momento con una valentía que domine a un terror que ellos no conocen todavía, mientras beben, y ríen, y fuman, y aplauden y abuchean, abrazan y abandonan…y luego olvidan….porque como en la vida, pocas, muy pocas son las faenas extraordinarias ante los ojos de los demás. Pocas, muy pocas son las veces que se puede salir triunfante y en hombros con las orejas y el rabo de la vida en las manos ensangrentadas y con el cuerpo adolorido, malheridos, o en cuerpo inerte sobre una camilla o arrastrado por caballos como los toros. La mayoría de las veces, toca salir del ruedo sin pena ni gloria…pero siempre hay vida, siempre hay muerte para uno u otro, siempre hubo valentía y siempre hubo también miedo, y llega un silencioso retiro….así es la faena.

Así enfrentó Paco Tijerina a ese burel llamado “Cancer”. Lo lidió con dignidad, valentía, entereza, sin titubeos. Como un apoderado de sí mismo. Y eso es lo que cuenta.

No con poco dolor ni con poca gloria, he aprendido que en esta vida, no es indispensable ser torero para salir al ruedo y hacer la faena…porque a todos, en algun momento, nos toca de pronto, ver salir del encierro, implcables y bramando, a los “demonios” que hemos de lidiar.

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