Desde hace unos cincuenta años y a la fecha, ha surgido y ha crecido exponencialmente una nueva clase social llamada “el precariado”.
El término es relativamente nuevo y fue acuñado por Guy Standing (economista). El precariado sería, -para ubicarlo de algún modo en el contexto
socioeconómico- un subgrupo entre el proletariado y la clase media y cada vez más cercano a lo primero que a lo segundo.
Sin embargo, la mayoría pertenecen a una o provienen de una clase media empobrecida y consecuencia de un mercado laboral formal reducido. Es claro también que, aunque en apariencia, el precariado tiene mejor posición social y económica que el proletariado, esto no necesariamente es así, ya que una de las características más lamentables del precariado es la falta de estabilidad laboral.
La clase proletaria, aunque con limitaciones, cuenta con trabajos fijos, jornadas laborales reguladas, prestaciones de ley como seguridad social, periodos vacacionales pagados y sindicatos organizados. El precariado, por su parte, vive en una inestabilidad laboral constante y no cuenta con beneficios o prestaciones sociales de ley: suelen trabajar “a destajo”, sin acumular antigüedad laboral, sin seguridad social, sin posibilidad de jubilación o de recibir una pensión, a menos que estos elementos sean pagados por el trabajador mismo a lo largo de su vida laboral.
Esto es común en quienes se autodenominan “free-lance”, “out-sourcing” (sub-contratación), comisionistas, profesionistas independientes, o prestadores de algún servicio para el cual venden su tiempo por periodos cortos, por temporadas o hasta por horas.
Y sin embargo, para obtener un ingreso suficiente, trabajan más horas y días que quienes laboran bajo contrato con jornadas reguladas. El precariado no cuenta con un contrato laboral propiamente dicho (plaza o base, estar en la nómina), ni derechos laborales reconocidos que les permitan acceder a un aguinaldo, a un ingreso en caso de incapacidad por enfermedad o accidente, a una liquidación en caso de ser despedidos o a un finiquito en caso de que sus servicios dejen de ser requeridos una vez cumplidos.
Cuando el precariado piensa en su retiro, simplemente no ve para cuando. Muchos saben que deberán trabajar hasta el último día de sus vidas.
Visto de este modo el precariado, a largo plazo, es más pobre que el proletariado, y su pobreza se acentúa con la pretensión de pertenecer a otro nivel, como lo fue la antigua clase media, pero ya no es así, ya que el del precariado ingreso es casi siempre incierto e inestable, altamente competido. Por ejemplo: al precariado le resulta prácticamente imposible adquirir una casa, comprar un automóvil o cualquier otro bien al que aspire mediante un crédito de largo plazo debido a que su flujo de ingresos está siempre marcado por la incertidumbre.
Lo que en principio pudiera ser visto como “la libertad y flexibilidad” que ofrece la modalidad de “trabajar por cuenta propia”, generalmente no resulta así. Es más bien un espejismo y una forma de trabajo de la cual las empresas y corporaciones han sacado buena ventaja obteniendo el servicio laboral “por fuera” sin adquirir el compromiso patronal con todo lo que implica… el precariado funciona casi como un “affair” (y con menos derechos que un concubinato) obrero-patronal.
Esta relativamente nueva clase social no tardará mucho en convertirse en un peligro socio-político tan pronto se lleguen a organizar y reclamar sus derechos de algún modo consensuado y contundente.
El problema que impide esa unión es su dispersión y la competencia entre sí.
Lo cierto es que cada vez hay más personas bajo este estatus laboral, inseguro, incierto, desprovisto de prestaciones y derechos laborales, constituyendo una clase media en declive, empobrecida y estresada, ante la convicción de que “es eso o nada”.


