En aquella década de los 70 era impensable que las niñas jugaran futbol.
Se había celebrado en 1971 el Mundial Femenil en México, con gran éxito.
Alicia La Pelé Vargas y María Euigenia La Peque Rubio, demostraban que las muchachas de acá del rancho grande sí podían jugar a un buen nivel. El Tri quedó subcampeón y hubo festejos por los avances del género en el país.
Pese a la euforia, los papás no dejaban que sus hijas patearan la pelota. Podrían tildarlas de marimachas, o de desviadas, pues su forzada vocación en los deportes era, si acaso, alguno de menos contacto como el volibol.
Pero Begoña se había revelado. Era una chica que llamaba la atención porque tenía un aire moderno. Tendría unos 16 años, y acudía a ejercitarse por las tardes a las canchas de la Ciudad de los Niños. La acompoañaba su papá, un veterano con cabello de elegantes sienes plateadas, que trotaba a su lado con finos combinados Adidas, Nike, Garcis, Levis, o algunos que estaban de moda en esa época.
Ella trotaba con pantalones cortos satinados que llamaban la atención de la jauría de muchachos que acudían a diario a patear la pelota en ese inolvidable conjunto deportivo de 12 canchas, en Guadalupe, NuevoLeón.
Ella estaba en la preparatoria con algunos muchachos del barrio, a los que yo de niño acompañaba a jugar futbol por las tardes a ese santuario del balompié.
En esos encuentros me enteré, mientras Begoña saludaba a los chicos, que era una tenista consumada, participante en los circuitos juveniles estatales, con algunas medallas en torneos escolares. Pero su verdadera pasión, decía, era el futbol.
El papá, que también participaba en esas conversaciones, lamentaba que no hubiera ligas de chicas en la ciudad, o en el país. Como empresario, había recorrido el mundo y en algunas metrópolis de Estados Unidos y Europa había visto ligas bien organizadas de desarrollo futbolero de damas.
Estaba seguro que Begoña podría descatar en algún equipo si hubiera oportunidad. Pero, en ese tiempo, en México todavía estaban muy limitados los derechos de las mujeres.
Eventualmente cuando los muchachos organizaban los partidos ella participaba. Los chicos le pasaban la pelota con suavidad y eran cautelosos para no hacerle entradas fuertes, o acercarle demasiado el cuerpo, ante la atenta mirada del genitor que confiaba en los compañeros de su hija; mis amigos, a decir verdad, eran jovenes decentes y bien portados.
En la cascarita, la técnica de la chica era rudimentaria, aunque efectiva para recibir la pelota. Cumplía con las bases del juego: recibir, controlar, y pasar. Y conducía muy bien las esférica, empujando suave la pelota, acarreándola con parte interna del tenis. La pisaba para detenerse, la espondía pasándola por detrás de su otra pierna, y sabía hacer cambios de juego.
Para comprobar sus propias fortalezas, Begoña colocaba el balón en el área chica y lo despejaba. Me sorprendía la fuerza de su pierna derecha pero, sobre todo, sus movimientos para chutar. Tenía una coordinación natural para colocar el cuerpo en una posición de balance perfecto y accionar los brazos extendidos, con la inclinación adecuada para optimizar la fuerza del empeine.
Definitivamente era una mujer que pudo haber destacado, de haberse conseguido un torneo para mostrar cualidades. Pero en vez de eso, solo podía ir a trotar con su padre, jugar esporádicamente con los amigos y seguir dando reveses con la raqueta.
La recordé porque la encontré hace poco en un suplemento comercial. En la fotografía, Bergoña cortaba el liston de una agencia de autos de su propiedad. Se veía aún esbelta, señal de que había seguido cultivando el deporte. Supongo que nunca jugó futbol y que siguió con el tenis.
Me movió a pensar en cuántas mujeres de aquella época se quedaron con el deseo mutilado de jugar con don balón. A cuántas mamás, amigas, tías, primas, se les quedaron las ganas en el tintero y no pudieron nunca sentir la dicha de patear la pelota, combinarla, disparar a puerta, meter gol.
Ojalá las chicas de ahora valoren que hubo un tiempo en que un puñado de atrevidas mujeres dieron un paso al frente para integrar una selección de futbol que jugó en un campeonato mundial que si bien no fue oficial, queda como antecedente.
Fueron ellas las que trazaron la ruta que luego siguieron otras, y aunque tardaron décadas, finalmente han conseguido emanciparse de la opresión de los hombres que, por muchos años, consideraron el balón de su exclusiva propiedad.
Brindo por las que hicieron los primeros intentos por jugar, las que consiguieron romper la barrera de género y por las que ahora pueden disparar a puerta, y saborean la dicha inmensa del futbol.

