Es de sobrado conocimiento la parábola de los tiempos de vacas gordas y las vacas flacas, que vale la pena recordar en estos momentos en que las grises nubes de la mediocridad flotan sobre los equipos de futbol regiomontanos.
Nadie lo niega: ambas escuadras vivieron momentos memorables. Los de San Nicolás tuvieron una década de triunfos en la que no había fin de semana en que sus aficionados no se levantaran felices y salieran a la calle con el pecho inflado, mostrando sus colores.
Por los rumbos de Guadalupe también hubo buenos tiempos; brillaron en el plano internacional y sus actuaciones en la cancha estaban a tono con ese moderno estadio que se construyeron y que pueden presumir es uno de los mejores en el Continente, si no es que en el mundo.
Esos fueron los años de vacas gordas, pero, como todo en la vida, nada dura para siempre: los ciclos concluyen y, mientras un día estás arriba, arribota, otro estás hundido en el lodo.
Ambos momentos de vacas flacas tienen un común denominador: el pésimo manejo que las directivas le dieron a esos tiempos de abundancia.
No me cansaré de decírselos: “El Tato” Noriega iba a meter a Rayados a la espiral de mediocridad y malas decisiones que hoy están padeciendo, y no es que fuera adivino; es la fábula de “la naturaleza del escorpión” llevada al futbol: el tipo no puede evitar ser quien es.
Por el lado de Tigres, el cambio generacional cayó muy mal, no solo en la cancha, con la salida (bastante indigna, por cierto) de los hombres que convirtieron a Tigres en una fortaleza, sino también de aquellos que desde el escritorio planeaban, compraban con inteligencia, tomaban decisiones sensatas y sabias.
Estoy seguro de que hoy ese “no se vayan a caer” del “Tuca” Ferretti aún provoca pesadillas a varios nuevos directivos, quienes despiertan en la mitad de la noche bañados en sudor y muertos de miedo por lo que está sucediendo.
La afición también tiene su responsabilidad: decidieron ignorar la crisis que se venía, pues cuando se encendieron las luces de alerta decidieron seguir creyendo ese cuento de la grandeza que tanto les han vendido, ignorando que los imperios no se caen de un día para otro; se van desmoronando poco a poco.
El pasado Clásico fue la descripción gráfica del momento que están viviendo ambos equipos. Los análisis tácticos se los dejo a otros compañeros columnistas que le saben más a este jueguito.
Lo que sí diré es que, mientras en la tribuna los miles y miles que deciden seguir creyendo eso de que son grandes, que son élite y llenarán los estadios de aquí al fin de los tiempos acudieron a vivir su fantasía, los de la cancha se mostraron como lo que son: medianones, fríos, limitados.
Que nadie se preocupe: las tribunas seguirán llenas, las ventas de cheve continuarán por los cielos y, cada vez que salga un tercer uniforme o la nueva playera de local que, ahora, tiene un tono de azul o amarillo distintos al del año pasado, las ventas serán de envidia.
El negocio sigue sano y salvo y, como ya pasó hace años, tocará al aficionado aguantar los becerros escuálidos pateando la pelotita, atorados en un eterno “ya merito”.
Pero recuerden: no hay nada eterno… ya vendrán tiempos mejores.


