La izquierda dogmatica

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El avance de la derecha radical en el planeta no puede entenderse más que como una consecuencia de la cerrazón de la izquierda dogmática que, como dijo John Milton en su célebre obra Areopagítica: “No quieren la luz del sol, si ésta no entra por su ventana”. En Brasil no ganó Bolsonaro, tan corto de entendederas; perdió Lula y su Partido del Trabajo porque siguen anclados en el discurso trasnochado de la lucha de clases.

En México, como sucedió en los 60s, cuando los jóvenes del planeta pedían la democratización de sus regímenes políticos, aquí demandaban el cese del jefe de la policía (Los Días y los Años de Luis González de Alba, representante de la FCP de la UNAM ante el Comité de Huelga). Ahora, la izquierda rancia, colgada de la fake news de la Matanza de Tlatelolco, que ha logrado vivir bien del puro cuento, ha sido incapaz de entender las propuestas de la Cuarta Transformación y sigue en ´pie de lucha´.

La dinámica misma del segundo piso de la Cuarta Transformación, ha permitido, gracias al notable ánimo y gran inteligencia de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo y su eficiente equipo de asesores, lograr una radical recuperación del espíritu humanista de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, venida desde el Congreso Constituyente de Querétaro, que fue convocado por el presidente Venustiano Carranza, en 1917.

Este marco legal, considerado el más avanzado de su tiempo, fue la respuesta de México a la disyuntiva planetaria de capitalismo o socialismo, proponiendo lo que medio siglo después se planteó como la tercera vía. Al centro de todos los afanes estaba el ser humano de leche y pan, no la entelequia de los que se pronunciaban por el capital o por el trabajo. Los tres pilares rectores fueron Democracia con Justicia Social, Economía mixta con rectoría del Estado y Nacionalismo revolucionario.

El triunfo de la Revolución Mexicana no fue inmediato, debieron realizarse grandes esfuerzos para limpiar el terreno de cascajo; pero, una vez alcanzadas las propuestas constitucionales revolucionarias, todo fue miel sobre hojuelas y México vivió la más prolongada época de paz, estabilidad y desarrollo que haya conocido la humanidad, con un crecimiento sostenido de entre el 6 y 7 por ciento anual, mientras el planeta se debatía en horrendas guerras y genocidios.

Se estableció un gobierno netamente popular; se recuperó para la nación la propiedad del subsuelo; se instituyó la educación obligatoria, laica y gratuita; las jornadas laborales se ajustaron a 8 horas diarias con días de descanso pagado, vacaciones y prestaciones sociales; se crearon las grandes instituciones sociales y el gobierno asumió el control de los medios de producción estratégicos para llevar sus beneficios a la mayor parte de la población.

En todos los confines del planeta se hablaba del milagro mexicano y no pocas de las mentes más brillantes estuvieron aquí para conocer y estudiar el modelo económico, político y social que permitió el tránsito del México rural al país moderno, con industrias boyantes, eficientes medios de comunicación y con una alta permeabilidad social que permitía a quienes se esforzaban cambiar de estatus para acceder a mejores niveles de vida en el sentido estricto de la palabra.

Pero, vino el capitalismo salvaje, también llamado neoliberalismo, que no reconoce leyes o límites, ideado en Inglaterra, ensayado en Chile y esparcido por Estados Unidos y el mundo ha entrado en una fase peligrosa de acumulación extrema de la riqueza y del poder, aderezada con el exterminio masivo de pueblos que se oponen a la hegemonía del más fuerte y agravado con el uso de las modernas tecnologías de inducción masiva que convierte a muchos sectores en víctimas pasivas e indolentes.

Ante ello, México, nuevamente, se alza como la vanguardia del humanismo, rescatando los sólidos valores que hacen de cada persona un ser humano responsable y solidario. Quienes no lo entiendan, que con su pan se lo coman.

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