La reunión celestial ocurrió en Sudáfrica.
Lio Messi y Diego Maradona coincidieron en el mundial del 2010, uno como orquestador y el otro como estratega. El resultado fue aciago, pero cada uno cumplió con su cita ante la historia y pudieron trabajar al alimón, aunque fuera desde diferentes posiciones.
Hubiera sido lindo, pensamos todos, haberlos visto juntos en la cancha, aunque fuera en una cáscara. Pero el calendario se desfasó por algunas décadas.
Lio sigue en activo, con el Inter de Miami, pero dejó la absoluta de Argentina, para siempre, apenas el martes 6 de octubre; Maradona colgó los botines en 1997, jugando para Boca, ya cansado y afectado por achaques que redujeron mucho su sensibilidad en la zurda mágica. Años antes, en 1994, en el Mundial de Estados Unidos, tuvo su último partido con la albiceleste, en aquel encuentro ante Nigeria donde dijo, poéticamente, que le habían cortado las piernas.
Pero estuvo bien verlos reunidos, uno en el banquillo y el otro en el césped.
No fue una Copa afortunada para ninguno de los dos, la que vivieron al sur del continente africano.
Con decir que fue esa la única en la que Messi se fue en blanco.
Y Maradona, bueno, tuvo su oportunidad de dirigir a la Selección mayor, pero tuvo una despedida de naufragio y de la que no se repuso.
Tanto que estuvo pidiendo la oportunidad para ponerse en el sitio que la historia le reservaba, ese que ocuparon alguna vez Menotti y Bilardo. Cuando recibió el nombramiento en el 2008, el Diego desarrapado se transformó en un figurín de traje sastre con barba arreglada y arracada de la suerte en la orega. Tuvo comportamiento ejemplar y, como dicen los que lo vieron, además de estratega destacó enh el vestuario como excelente motivador.
Pero no pudo hacer nada contra Alemania que lo echó en cuartos de final, con marcador de 4-0. Y eso que tenía un trabuco entonces, el conjunto de lo ches, con Messi, Higuain y Tévez en el ataque.
En aquella jornada en Ciudad del Cabo, Maradona tuvo a grandes piezxas en su ajedrez, pero no supo moverlas para defenderse con presteza. Vaya, que le metieran cuatro cuando tuvo más de la mitad del partido en posesión de la bola, habla de algunas falencias en la estrategia y en el dibujo de la zaga. El rey Lio sí supo moverse por toda la cancha, pero sus defensores hicieron agua. Y los alemanes tampoco eran rengos. Podolski, Müller, Klose y Özil podían hacer garras cualquier muralla de acero.
Extraño caso el de este par: son los dos mejores jugadores que ha parido el balón en cualquier cancha del universo y cuando se juntaron, no pudieron hacer mucho para ayudarse mutuamente, como si su fulgor los encegueciera mutuamente.
No hubo oportunidad para acercarlos otra vez. El Diego se contentó con esa representación de DT . Se dijo que lo iban a renovar, pero los federativos optaron por dejarlo libre. Siempre se supo que El Pelusa laznaba rayos y truenos cuando daba órdenes en sus momentos de mal humor, así que lo mejor fue dejar que se partiera hacia otros banquillos; se volcó hacia la francachela, obeso, millonario, pleno de la felicidad sensual que tanto idolatró, hasta terminar sus días en el 2020 y convertirse en leyenda inmortal.
Lionel siguió de largo con su trayectoria lustrosaycomo el conejo del comercial todavía está cargado de energía y metiendo goles.
Hubier aisdo lindo verlos jugar juntos.


