Se vale abuchear, y mucho

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En el inframundo de las redes sociales y varios medios tradicionales hay voces que insisten en que los verdaderos aficionados de los Tigres deben de apoyar ciegamente al equipo, tal y como la canción lo dice “vayan bien o vayan mal”.

La noche del martes, los cánticos de los Libres y Locos al final del partido no fueron suficientes para apagar el abucheo ensordecedor que cimbró a volcán después del papelón, otro más en la temporada, que los felinos hicieron tras la derrota ante el León.

De todo hay en la viña del señor, es cierto. Hay aficionados razonables y hay aficionados imbéciles. Unos que aplauden como focas, unos que, como la niña de la mochila azul, “no los contentas con nada”.

¿Entonces esos que abuchearon, no son buenos aficionados?

Cuando llegué a Monterrey, por allá por 1988, ni los Tigres ni los Rayados eran protagonistas en la liga. A pesar de eso, recuerdo mis primeras visitas al entonces estadio Universitario y al ya desaparecido estadio Tecnológico. Los dos mantenían buenas entradas a pesar de que en ese tiempo eran más las malas que las buenas.

Incluso, en aquella final que se perdió con el hoy resucitado Atlante fue impresionante ver a los hinchas de Rayados abarrotar la marcoplaza con todo y el resultado adverso que incluso les valió reconocimiento internacional.

Creo que un punto de inflexión en la relación de aficionados con sus equipos fue la llegada en 1996 de las barras de animación, idea polémica importada del futbol Sudamericano, algunos dicen que por el grupo Pachuca.

Como producto, las barras o grupos de animación son rentables porque generan color, promueven espectáculo con sus cantos y mosaicos. Esos se ven bien en la televisión y en las redes sociales. Seguramente por eso las directivas les dejan la manga muy ancha; algunos jugadores también, se sabe, se acercan a las porras para “apoyarlos” y así ganarse su cariño. El otro lado de la moneda se conoce cuando pasan tragedias horribles como al que sucedió en el estadio de la corregidora en 2022 y que por cierto es hoy de nuevo tema de conversación tras el estreno de un documental sobre lo que pasó entre las barras de Atlas y Gallos.

La presencia de las barras influyó también en cómo se percibe el futbol desde la grada. Con el colorido, el cántico y el fervor de las porras se esparció la idea de que el apoyo debe de ser absoluto, ciego. Ser crítico del equipo, de los jugadores o de la directiva es anatema.

Pero la barra no es la afición, así que por más mosaicos y banderas que se exhiban, la única manera de recuperar el aplauso general es ganando, no hay más.
Ojalá que los aficionados comiencen a abuchear también a los directivos, dejando de asistir al estadio y no comprando las playeras. Se vale.

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