Vida injusta

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Miente el que diga que la vida es justa. La primera lección que recibimos desde nuestro nacimiento es que la vida no es justa. Sí, ya sabemos que los motivadores nos lanzan a conseguir con nuestro esfuerzo lo que deseamos. Y abundan aquellos que nos pretenden tatuar un dicho muy conocido: “Querer es poder” para darle un enorme significado a la fuerza mental y al vigor del espíritu a fin de no vencernos en la lucha por nuestras aspiraciones.

“Nadie me ha regalado nada”, dice ufano el que ha salido de las profundidades de la pobreza hasta alcanzar un aceptable nivel de vida. Es cierto: no hay que vivir cruzados de brazos esperando dádivas del gobierno o de instituciones caritativas si gozamos de salud física y mental. No hay como pelear como leones por superarnos.

Sin embargo, no hay que desanimarnos cuando vemos que la vida es injusta al premiar a personas que reciben talegas de dinero por lo poco que hacen, frente al raquítico sueldo que ganamos por jornadas de trabajo extenuantes.

Después de todo nadie nos ha convencido que la vida es justa. Y, si no, hay que ver por qué unos cuantos líderes de la revista Forbes tienen en sus manos el destino del mundo, al acumular ganancias exorbitantes cada día, sin despeinarse siquiera, igual que en México unas cien familias son dueñas de las más grandes fortunas, frente a la miseria de más de 50 millones de obreros, campesinos e indígenas.
Las últimas noticias del 16 de octubre nos dicen que México tiene 172 mil mexicanos con más de un millón de dólares, pero se prevé que antes de 2019 la cifra subirá a 271 mil millonarios, es decir un 57 por ciento más. Y lo mismo sucede en todo el mundo pues ese número de privilegiados pasará de los 35 millones actuales a más de 53 millones en cinco años.

Para insistir en que la vida no es justa basta analizar lo que gana un científico o un investigador académico o un gerente de planta o un director corporativo, pues aunque envidiamos que sumen miles de pesos a su cuenta de ahorros, francamente no es nada comparada con los millones que se llevan los deportistas profesionales o las figuras sobresalientes de la farándula o los que pelean el mercado de la droga.

Por esas injusticias de la vida, muchos niños, adolescentes y jóvenes sueñan mejor con imitar a Oribe Peralta y ganar un millón 200 mil pesos al mes como él, o quieren seguir los pasos de Humberto Suazo para embolsarse dos millones de dólares por año, o aspiran a enrolarse en equipos del futbol americano estadounidense o del beisbol y basquetbol, así como hacer carrera en el boxeo. Hablar de lo que gana Leo Messi y Cristiano Ronaldo ya es para volverse locos.

Otros se ilusionan con emocionar a multitudes con abrir la boca y hacer como que cantan para llevarse los fajos de billetes que se lleva Luis Miguel, Juan Gabriel, Alejandro Fernández, Talía, Gloria Trevi, Laura Pausini, etc., así como infinidad de grupos que forman parte de la fábrica de ídolos falsos de las televisoras y radiodifusoras principalmente. Erróneamente se les llama artistas pero a la hora de la verdad el arte los reprueba rotundamente, pero a ellos no les importa si su solo nombre es sinónimo de éxito material.

De ahí que Hollywood se convierta en la meta de quienes desean la fama y el nombre de un Mel Gibson, por ejemplo que debió darle a su exesposa Robyn Moore nada menos que 425 millones de dólares. O de Steven Spielberg quien cedió cien millones de dólares a su mujer Amy Irving cuando se divoraciaron.
Todo un negocio matrimonial, porque lo que sobran son billeres verdes, como los 48.6 millones que les costaron a Paul McCartney cuando se separó de Heather Mills, como le costó a Madonna indemnizar a su e Guy Ritchie con 98 millones de dólares en el 2008.

Todo un negociazo a la luz de los cánones sociales en que se mueven estos agraciados que, a pesar de sus bienes descomunales y sus tesoros acumulados, a veces son más infelices y mueren desahuciados por el vacío espiritual que nunca pudieron llenar con el oro y los aplausos, y por eso recurren a las drogas y al sexo desenfrenadamente al saber que no se llevarán ni un céntimo en su féretro porque jamás se ha visto que destrás de una carroza vaya un camión de mudanzas con todas las pertenencias de un ser mortal.

Así es que, injusta y todo, no hay como amar a la vida, aunque no nos dé lo mismo que a muchos oportunistas, inútiles y buenos para nada que son producto de la fama mediática en la farándula, el deporte y otras actividades poco ilícitas.

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