El Islam como marca

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El Islam es una religión de paz y de amor. Es una herencia de Mahoma para que sus seguidores aspiren a llegar al cielo a través de su comportamiento ejemplar y buenas obras, con estricto apego a las normas marcadas por su libro sagrado, El Corán. Como otras de las religiones en el mundo, a través de sus ritos y doctrina, señala el camino del bien el combate contra el mal teniendo siempre como centro a Alá que es fuente de inspiración en todo momento.

El problema es la errónea interpretación de algunos capítulos de su texto sagrado de parte de fanáticos extremistas y líderes radicales que desean imponer sus principios en todo el planeta. No se conforman con tener el mayor número de fieles a Alá sino que luchan con todo por arrastrar a sus creencias a aquellos que les rodean, convirtiendo su conquista de fe en una extensión de su afán político por dominar la mayor parte de países a sangre y fuego.

Por eso el Islam se ha convertido en una marca. Así de simple. De ahí que ahora los más grandes promotores de lo que ellos llaman “Guerra Santa” se identifiquen honrosamente como Estado Islámico, dado que desean ser un estado que triunfe no solamente en regiones determinadas de Siria e Irak, sino que pretenden llegar más lejos, bajo la protección de un símbolo religioso que obra como imán en el lavado de cerebro con que manipulan a sus seguidores.

Pero ese lavado de cerebro incluye la inyección del odio en su mente con el fin de sembrar el terror y la muerte entre lo que ellos denominan “infieles” que incluye a quienes no creen en Alá o profesan otro credo, y principalmente en naciones occidentales que siguen el ejemplo de Estados Unidos, pues para esos fundamentalistas religiosos ahí vive el demonio.

Otros grupos surgidos de estas posturas erróneas del Islam son los talibanes en Afganistán, cuyos arrebatos empiezan por negar todo derecho a la mujer, obligándola a cubrirse el rostro con la burka para dejar al descubierto solamente los ojos, además de negarle acceso a la escuela y someterla a un estado de esclavitud total, de modo que nacer niña en los sitios gobernados por los talibanes es llevar de por vida la peor ignominia social.

Para los talibanes no sólo hay que impedir que la mujer muestre su cabellera en público o sus extremidades a lo que obliga en general la creencia islámica, sino impedirle que haga su vida si no tiene a su lado a un hombre, o andar por la calle libre y soberana, como en Occidente. Y peor todavía, obligarla a la circuncisión femenina que en su lenguaje se conoce como ablación y que consiste en la extirpación del clítoris, y sin anestesia, como ofrenda a Alá para no pecar jamás.

Ya no digamos que una mujer sorprendida en adulterio es objeto de muerte a pedradas porque los latigazos son para aquellas que cometen faltas a la moral islámica, menos graves.

Por eso otro grupo radical que se dice islámico, el Boko Haram, tiene asolado buen territorio de Kenia, en África, porque la marca con que sella sus acciones destructivas y masacres le dan más poder entre los fanáticos religiosos que aceptan sus consignas y ríos de sangre.

Pero el Islam en su esencia original y fundamental no es eso. Y, sin embargo, hay otros fanáticos ahora en Europa que están atacando a verdaderos religiosos que creen con fervor en Mahoma y adoran a Alá, simplemente porque esa marca es la que ha trascendido en el peor ataque terroristas que sufrió hace días París y por la amenaza extendida a otras capitales del Viejo Mundo y de ciudades de Estados Unidos.

Los persiguen, les destruyen sus negocios, se burlan de ellos y los ofenden en escuelas y sitios de recreo simplemente porque la marca terrorista de grupos destructivos los asocia con una religión que es una religión de paz y de amor a la que sí se apegan en sus valores millones de fieles creyentes.

Es una lástima que los terroristas, además, griten el nombre de Alá en cada salvajada en que participan. Si es un Dios que no necesita de sangre a raudales de víctimas inocentes para llevar al cielo al que le sea fiel. Pero así son los fanáticos de cualquier orden en esta vida. Ni modo.

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