El domingo 12 de junio quedará en los anales de Estados Unidos como el día de una de las tragedias más sangrientas. Y como un dardo en el corazón de todo el mundo al constatar hasta dónde puede llegar un individuo tocado por el odio. Tardará en borrarse el recuerdo de la locura de Omar Siddique Mateen, norteamericano pero de origen afgano, quien será visto en las evocaciones con su arma dentro del Club Gay Pulse matando a 49 personas e hiriendo a 53 más, hasta que fue abatido por la policía.
Se trata de una verdadera carnicería, solamente superada por el atentado terrorista del grupo Al Qaeda el 11 de septiembre de 2011, con sus casi tres mil víctimas, pero esta vez llama la atención que tal crimen de odio provenga de un probable homosexual reprimido, con resabios de un resentimiento enfermizo que lo volvió hosco y antisocial, sin que el perfil de guardia de seguridad e hijo de padre tranquilos en la comunidad de Fort Pierce (Florida) haya hecho presentir a sus familiares que era sujeto de un cuadro psicótico.
Inclusive su esposa lo describe como violento, aunque poco religioso como para atribuirle una conexión con terroristas o una motivación de fobia a alguna creencia. Por tanto pecan de oportunistas los del Estado Islámico que se adjudican la autoría intelectual de tan execrable hecho, porque en el fondo lo que prevalece del análisis es una manifiesta atracción por los de su sexo que jamás pudo externar como sí lo hacían los asistentes al Pulse.
La conjetura, sustentada por revelaciones de quienes intimaron con él, permite asociar su conducta destructiva contra quienes vivían a plenitud su realidad sexual, y por eso tuvo el arranque emotivo de desquitar su frustración comprando un AK-47 y antes de cometer la masacre llamó al teléfono 911, para despistarle y manifestar su adhesión al estado islámico. Nada de eso se puede probar ya que sí fue investigado por el FBI como sospechoso de participar en actividades terroristas, e incluso lo habían interrogado en 2013 y 2014, sin que diera una pista de ser un peligro para la sociedad.
La gran duda que dejó Omar es si su origen afgano y los antecedentes de los suyos con el Islam lo marcaron profundamente sin que tampoco manifestara ser un fanático, pero sí lo era en sus adentros, y por eso creyó cometer la masacre para reivindicar a Alá y su doctrina. Porque la mentalidad de un musulmán es difícil de descifrar y más si se trata de un musulmán fundamentalista o radical, que esconde sus principios bajo la careta de un ciudadano libertario en el país defensor por excelencia de las libertades en el mundo.
Él, sin embargo, estaba muy lejos de ser considerado un musulmán de cepa o de provenir del mundo árabe o hablar ese idioma. El Mundo Árabe se integra por: Arabia, Arabia Saudita, Argelia, Bahréin, Comoras, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Irak, Jordania, Kuwait, Líbano, Libia, Marruecos, Mauritania, Omán, Palestina, Qatar, Siria, Somalia, Sudán, Túnez, Yemen y Dyibuti.
Y no se le conocían exabruptos que lo identificaran con los musulmanes más radicales que además de seguir los dogmas de Mahoma proclaman la Yihad, que significa “lucha en el camino de dios”, y que en Occidente la conocemos como Guerra Santa y morir o matar en ella para llegar a la perfección religiosa y moral, asegurando un lugar privilegiado en el cielo y el perdón de todos los pecados.
Así es que la conclusión anticipada del acto “terrorista” de Omar es que sufría para declararse homosexual o, como se dice coloquialmente, para salir del closet. Y en un arranque de locura echó fuera su frustración atentando contra quienes sí habían sido capaces de definirse sin ninguna inhibición. Por tanto, cualquier tinte religioso, ideológico o de liga con extremistas que interpretan a su modo el Corán (libro sagrado del Islam), está muy lejos de ser real, aunque con tantos tipos deschavetados en el mundo todo puede suceder.
Lo triste es que tuvo que suceder lo inimaginable y lamentar la muerte de 49 inocentes para tener cuidado con farsantes cuya conducta puede explotar de esta forma, bajo cualquier impulso. Y más triste es que quien luchaba contra su propia identidad no estaba tan loco con tantas llamadas telefónicas y mensajes de texto para confundir a las autoridades en sus investigaciones y a los analistas en la búsqueda de sus motivaciones íntimas en esta masacre que ha dejado su marca de sangre en Orlando en particular y en Estados Unidos en general.

