Uno de los cambios propuestos por la 4T (cuarta transformación) fue la apuesta por la austeridad – que denominaron, adicionalmente, como republicana -. Esta propuesta se concertó en acciones precisas: reducción de sueldos y prestaciones a funcionarios, lo mismo para legisladores federales, gobernadores y uno que otro congreso local y presidente municipal. Se redujo el gasto público y se vendieron aviones, helicópteros, autos y motos. Eliminación de lujos y cuestiones “fifís” o que reflejarán exceso y despilfarro.
Se quitó dentro del vocabulario popular el concepto de “político pobre es un pobre político” y se comenzó a vivir – eso dicen – con $200 MXP – poco más de $10 USD – en la cartera (a decir de los usos y costumbres del Ejecutivo Federal). Se propuso además la eliminación del apoyo federal a las estancias infantiles y se puso sobre la mesa la suspensión del subsidio a los centros de atención a mujeres víctimas de violencia familiar.
Austeridad y buen gobierno no se contraponen. Austeridad es sinónimo de eliminación de privilegios, prebendas y excesos económicos, Se refiere a no erogar más de lo que se ingresa. Supone una administración enfocada la eficiencia y optimización de los recursos. Busca que el gasto se aplique en aquello que es necesario y no en caprichos o frivolidades. Cosa que está muy bien.
La pobreza a la que recientemente se refirió Alfonso Romo, nada tiene que ver con esta austeridad republicana propuesta. Pues, además, le puso apellido… pobreza franciscana. Osea ni gasto ni optimización de recursos ni erogación bien administrada, en una palabra: nada. Vivir con lo mínimo, pues no necesitamos nada. Con todo lo que esto implica. Porque el buen Franciscano no solo vive de la caridad del prójimo, sino que, además, se desprende de aquello poco que puede llegar a tener para darlo al otro.
Vivir la pobreza, no se trata -no se identifica – con vivir en la miseria; mucho menos de vivir con lo mínimo indispensable y tampoco vivir de la caridad del otro. En pocas palabras, vivir la pobreza o vivir con pobreza no es vivir en la pobreza. Se trata de vivir con desprendimiento (afirmación no sólo franciscana, sino también budista), es decir, vivir con desapego. No poner el corazón y la mente en las cosas, en lo efímero, sino en lo trascendente.
Un Estado así, pobre, carece de sentido. El Estado está para procurar el bienestar, traducido esto en garantizar la seguridad, en facilitar el desarrollo económico de los ciudadanos; una de las principales funciones de cualquier Estado es la de poner los medios para que la sociedad toda alcance su plenitud. Insisto, un Estado pobre es incapaz de garantizar esto.
Y entendamos, austeridad y pobreza son dos palabras que se pueden confundir, pero que no son sinónimas. La una no necesariamente implica a la otra. Puedo vivir la pobreza sin ser austero y ser austero sin vivir la pobreza.
Nuestro País y cualquier nación emergente requiere de gobiernos austeros (eficientes y organizados que optimicen recursos) y también requiere de gobernantes (servidores públicos) que vivan la pobreza (ese desapego mencionado que los lleve a no buscar lo tangible, sino lo trascendente). Se trata, finalmente, de aclarar pues el lenguaje mal empleado engaña y puede llegar a manipular.
Austeridad, sí. Pobreza, sólo de aquellos que toman decisiones.
Esta Jirafa seguirá atenta.


