Con algunos productos en mano estaba en una fila de seis personas para pagar en una farmacia. Delante de mi había un hombre cargando algunas cosas, olía mal y su ropa estaba sucia, pero pensé que quizás había trabajado todo el día bajo el sol.
Después vi a una mujer antes de él y su apariencia era la misma, lucía desarreglada, su camiseta de tirantes varias tallas más grande dejaba ver su ropa interior, llevaba una falda de mezclilla que hacía “brotar” su abdomen y unas chanclas en sus pies sucios de lodo.
Junto a ella había una niña de unos tres años, tenía un chonguito castaño, era aperlada y de ojitos cafés, muy simpática, pero al igual que los adultos, se veía muy descuidada.
Conforme pasó el tiempo me di cuenta de que eran familia, pues el hombre reprendió a la mujer cuando la niña se sentó en el tapete de la entrada.
La pequeña se distanció un poco y con total inocencia se levantó el vestido verde de tul mientras se movía de un lado a otro y bailaba, lo que provocó que su cuerpecito sin ropa interior quedara al descubierto.
“¡Ey! Hazte para acá y bájate ahí!”, le dijo el hombre mientras le dio un manazo; la mujer permaneció pasiva, inexpresiva, pareció no importarle.
Siempre he pensado que la pobreza y la limpieza no son sinónimos, no van de la mano y la responsabilidad como padres tampoco.
Si siendo adultos optamos por no asearnos, usar ropa inadecuada o prescindir de ella es nuestra elección, pero los pequeños dependen de nosotros y es nuestro deber y obligación velar por su bienestar y su seguridad.
Si nuestros descuidos los hacen vulnerables quizás deberíamos replantearnos si el papel de papás no nos está quedando grande.
De la página La Vida en Bettylandia


