Compartir desde el corazón

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Durante la primer semana de clases de mis hijos la queja principal de la maestra respecto al grupo fue que “no saben compartir”.

Como buena mamá gorrona que soy y que tiene que chutarse los pleitos de sus tres guercos, es más fácil enseñarlos a compartir, que hacerla de réferi cada que uno le quita un juguete a otro.

Fue difícil, aplicaban la de “¡mamá, ¡mira!, ¡no sabe compartir!” cuando no querían prestar algún juguete, pero convenientemente se les olvidaba cuando había que cederlo.

Para ponerlo en práctica la maestra pidió un juguete que cada niño prestaría a sus compañeros.

No se cuál haya sido el resultado, pero mi hijo cruzó la puerta del salón con un carro que no era suyo, le dije que se lo entregara a la maestra y buscara el propio.

Alguien se lo había llevado, aunque tuviera el nombre de mi hijo con marcador permanente, en fin, el carrito regresó unos días después ante la molestia de algunos papás cuando puse en el grupo de watts algo así como “les encargo por favor el carrito de mi hijo, vamos a fomentar los valores en nuestros hijos”.

Mis chamacos acostumbran a llevarse algún juguete a la cama para dormir, el cual debe ser pequeño, que no tenga puntas y de preferencia sea blando.

El niño tomó un carrito blanco, entramos a la recámara y cuando su hermana menor lo vio estalló en llanto, obviamente lo quería para ella.

Ninguna frase psicológica con alto contenido de paciencia funcionó, tampoco las que me mostraban impacientes y decidí dejarla llorar hasta que se cansara.

Cuando la acosté encontré un camioncito de bomberos y se lo presenté como el más fabuloso, lindo y moderno, pero ni eso hizo que dejara de llorar, ella quería el carro blanco.

Intenté hacer un intercambio y tampoco, así que me dirigí hacia su cama, dispuesta a sacarla “a la calle a que esperara al viejo que se lleva a los niños llorones”; si, ya se que la psicología dice que no debemos atemorizar a los niños, pero era eso o un chanclazo, y no está chido irse a dormir “calientito”, como decía mi mamá.

Cuando iba a cargarla, la carita de su hermano cambió y vi su preocupación, realmente creyó que llevaría a su hermana a la calle y le dijo: “ten ya no llores, te voy a dar mi carrito, ¡mamá no te la lleves! ya no va a llorar”.

Tomé el carro, la vi feo y se lo di, dejando de llorar en automático… y también se durmió de inmediato, creo que fue uno de esos episodios en el que los niños se ponen necios porque tienen sueño pero no saben como decirlo.

A mi niño le di un abrazo y un beso enorme, en verdad estaba orgullosa de él y me di cuenta del gran amor que siente por su hermana, el cual espero, los acompañe por el resto de sus vidas.

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