Un virus conquistador

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Durante una opípara comida en el restaurante Teca en Oaxaca, en su reciente gira, el presidente López Obrador comentó en un video que “no debemos espantarnos, no debemos adelantar vísperas…los mexicanos por nuestras culturas somos muy resistentes a todas las calamidades…nuestro pueblo es heredero de culturas milenarias, de grandes civilizaciones, y en eso estriba nuestra fortaleza…no vamos a “apanicarnos” (sic)…y ¡no dejen de salir, todavía estamos en la primera fase…Yo les voy a decir cuando no salgan…”

Y entonces, ya luego de que Juárez se hubiese revolcado en su tumba, le llegó el turno para echarse una maroma en su última morada al gran Cuitláhuac, señor de Iztapalapa. Cuenta la historia que corría el verano del año de 1520, en una noche oscura del 10 de julio, cuando Hernán Cortés lloraba desconsolado por su derrota debajo de un ahuehuete. Cuitláhuac y sus ejércitos habían derrotado a los españoles en una lucha feroz, valiente y sin cuartel.

Pero después de aquel triunfo arrollador de los mexicas sobre los españoles, cayó sobre Tenochtitlán un enemigo invisible que había llegado en los mismos barcos y sobre aquellos mismos caballos que transportaban a los hombres blancos…Se trataba de un enemigo imposible de vencer porque contra éste no había defensa posible: el variola virus, causando un colapso demográfico que diezmó al pueblo azteca de tal forma que cobró la vida de entre 2 a 3.5 millones de mexicas, incluyendo al tlatoani Cuitláhuac, señor de Iztapalapa, vencedor de Cortés. Tan grande fue la cantidad de muertos en la Gran Tenochtitlán, que los habitantes no podían darse abasto sepultando a sus difuntos.

La epidemia fue un factor determinante que doblegó a los valientes guerreros mexicas, -unos días antes vencedores- pero solo unos días después, en el mismo año de 1520, debilitados y deteriorados por la enfermedad y derrotados ante la conquista española. Ese es el principal legado histórico que nos han dejado los virus…el virus que literalmente carcomió hasta la muerte a la gran estirpe de nuestras culturas milenarias.

Nuestra fortaleza milenaria entonces, debería hoy estribar en la experiencia y las lecciones que nos deja la historia. Esa es la herencia que nos dejó ese virus conquistador ante el cual nuestros antepasados no tenían forma de defenderse. No señor presidente, no esperaremos a que usted nos diga cuando hemos de salir, cuando hemos de reforzar nuestras medidas de prevención. No bajaremos la guardia ni por n instante.

Nadie habla de “apanicamientos”, hablamos de experiencia, de coherencia, de responsabilidad civil y sentido del bien común…ahora sí que, lo Cortés no nos quita lo valiente, pero otra cosa muy distinta es ser imprudente. Porque no queremos vernos abrumados por tener más enfermos de los que podamos atender ni más muertos de los que podamos sepultar dignamente, por el solo hecho de no querer ver a ese otro y nuevo enemigo invisible que viene con ganas de derrotarnos…Esa historia, ya nos la contaron ¿O acaso usted nunca la leyó?

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