No es que fuéramos ricos, pero teníamos costumbres muy curiosas. Durante cerca de 3 décadas viví en una casa de madera. El “esqueleto” de la construcción era visible por dentro, en las vigas del techo y las paredes. Las vigas horizontales (barrotes), servían como limitadas repisas donde se disponían desde fotos hasta el tarro de mentolato. Teníamos además la costumbre de poner ahí la “morralla” que sobraba de alguna compra. De esa reserva también tomábamos para algún gasto menudo. Aún así, siempre se acumulaban monedas, que eventualmente mi agüela ponía en una caja de madera, que ya tenía monedas de quién sabe cuántos años atrás.
Por alguna razón que nunca supe, las monedas que llegaban a la caja de madera ya no se tocaban. Así pasaron los años. Ya no cupieron en la caja, y tuvimos que usar un recipiente más grande, hasta que la construcción de una casa de concreto hizo desaparecer los barrotes y con ellos esa costumbre.
Al final, quedaron guardadas en un vitrolero (de esos de aguas frescas). En realidad, las monedas, así sean muchas, no valen gran cosa. Todas están descontinuadas y no son piezas de colección. Son más bien una especie de historia “contante y sonante” de mi familia. No sé si algún día pueda interpretarla, pero hay una memoria en cada pieza, desde los 25 centavos que pagaba para viajar en camión, hasta el “tostón” (cincuenta centavos) con el que me celebraban mis buenas calificaciones y que diligentemente dilapidaba en charamuscas, refresco y tostadas con salsa en el recreo de la escuela.


