El ocaso del niño matarratas

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Cuando inició la epidemia me estrenaba como “hombre de la casa”. Recién pensionado, libre de las limitaciones que impone el trabajo, con nueva y patética solvencia, desempolvé herramientas y me dispuse a arreglar, ordenar, tirar cosas.

Además me propuse replantear rutinas. Todo iba con madre hasta que, por allá de enero o febrero, me entero de que en China empieza una misteriosa epidemia: me inquietó. Muy poco tiempo después aparecía en Italia: me alarmó.

De pronto ya estaba varios países de Europa y en Irán: ¡Me horrorizó! La difusión tan rápida, a través de distancias enormes, la virulencia inusual, me quemó los fusibles del optimismo, ya no tuve ánimo de hacer nada.

En marzo, y a pesar de las medidas de control y vigilancia, que se impusieron, ya me veía en octubre, con suerte, soplando a las velitas de mi pastel de cumpleaños a través de un cubrebocas.

Sin suerte (o con otra suerte de suerte) me veía el 2 de noviembre, como ánima en pena, escamoteando un trago en algún altar de muertos. Con la epidemia llegó el insomnio, que es algo así como la depresión acumulada del día proyectada por la noche en una especie de cinematografía sonámbula.

No es un diálogo interno sino pura incertidumbre que no concluye ni ideas ni frases. Son los puntos suspensivos de la angustia. Y así me la he pasado, perfectamente inútil, como ánima en pena, vagando por la casa por la noche y escamoteando cervezas del refrigerador. No sirven para nada, pero al menos me entorpecen lo suficiente para emocionarme un poco con un poco de nada. La vida necesita esos pequeños estímulos.

Pero en estos meses, además de la angustia, llegó un visitante más a casa. No sé de dónde salió, ni cómo llegó, pero cada mañana amanecían sus huellas. ¡Una rata! No un ratoncillo travieso, aunque odioso, sino ¡una rata!

El animal usaba la puertecilla de mis perros para entrar cada noche. Como tenía predilección por los vegetales, tuve dudas si fuera una rata o una zarigüeya.

Yo, valiente matarratas en mi infancia, no me atrevería a matar a una zarigüeya. De niño lo hice una vez, y no me acabo de arrepentir. Pensé en una trampa-jaula, pero para encontrarla debía movilizarme lejos de casa, algo que es casi pecado en estos tiempos.

¿Veneno? ¡No! Porque, ¿y si era una zarigüeya? No me lo perdonaría otra vez. Finalmente el intruso dejó una pista: roer. Y las zarigüeyas no son roedores.

Decidí ¡yo, el matarratas!, poner una trampa, de las más convencionales. Y bueno, eludió cada cebo que le puse: carne, tocino, chicharrón, pan con grasa de pollo… y así.

Hasta que recordé los estragos que hizo en una cesta de papas y el robo de varios aguacates. Así que puse una trampa vegana, con un trozo de col. Estaba esta noche apendejando a mi insomnio con videos de cómicos españoles cuando escuché una conmoción en la cocina. Le pedí a Medea que me acompañara, por pura precaución, y fuimos a ver.

En el piso estaba la trampa y la rata atrapada por su hocico (como siempre nos atrapan a todos). Aun estaba viva y se retorcía tratando de zafarse. Medea se acercó, la olfateó y se sentó a vigilar. Yo iba a dar un grito de júbilo, pero me salió un sollozo.

¡Acababa de atrapar a la rata! Y se me salieron unas cuántas lágrimas más cuando tuve que tomar una decisión de matarla porque, con el hocico destrozado, no iba a sobrevivir. Ella hacía cada noche lo que tenía qué hacer.

Yo hice esta noche lo que tenía qué hacer. Ambos cumplimos, pero no me siento bien por eso. Nada bien.

No soy budista. ¿Cómo puede esta muerte conmoverme tanto? No lo entiendo.

El niño matarratas murió hace mucho tiempo. Esta noche mi insomnio durará más que de costumbre.

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