Tenía varios días, meses más bien, que ansiaba una cita con mi estilista; no porque sea muy glamourosa o algo así, simplemente mis greñas lo ameritaban.
Desde octubre, entre mi desidia y la agenda de ella no podíamos acomodarnos, hasta que finalmente conseguí una cita el domingo.
En modo tipo “¡es hoy, es hoy!” acudí. Llevaba algunas opciones para un nuevo corte en mi celular, pues según yo, necesitaba un cambio.
La estilista los vio y no los recomendó porque al ser en capas… la verdad ya ni me acuerdo que fue lo que dijo; lo que si recuerdo fue que cambié de opinión y entonces salió de mi boca esa frase que puede tener consecuencias devastadoras para nosotras las mujeres: “córtele lo que esté maltratado”.
Me puso la capa y entre tijeretazo y tijeretazo la platica empezó… que si los tintes, los cortes, el maquillaje, el calor, el Covid, las vacaciones; en fin, tantas cosas.
Desde el primer corte sentí algo raro, digamos que sentí la tijera demasiado arriba en mi espalda, pero bah, no le hice mucho caso, el espejo me quedaba de lado y moverme no era una buen idea, ademas, ¿qué podría pasar?, no era la primera vez que la visitaba y siempre hacía un excelente trabajo.
A la primera oportunidad toque y mi cabello y me di cuenta de la tragedia que confirmé minutos después.
“Listo, a ver fíjese”, dijo la estilista, y ahí estaba yo: una combinación entre Dora, la Exploradora y Chucky, el muñeco diabólico, debido al largo del cabello y el color rojo.
“Si, gracias”, ¿qué más podía decir?, mi cabello no crecería espontáneamente.
Ventajas: ya no tengo que usar secadora, ahorro shampoo, crema, tiempo al cepillarme y me quité algo de peso.
Desventajas: aún no me hago a la idea y siento que los cachetes gritan “¡véannos, aquí estamos!”, pero bueno, el cabello crece.


