Como he estado enquehacerado, no he tenido mucho tiempo para ver con atención las novedades que difunden las “benditas redes sociales”. Es decir, las noticias del día masticadas, digeridas, escupidas o excretadas por los usuarios. Me quedé hace un par de semanas reflexionando en que urge la reactivación y ampliar totalmente la movilidad. Urge que la gente salga a la calle para que se entere cómo es el mundo más allá de la virtualidad tan poco virtuosa de sus ocurrencias en el teclado. Noté, eso sí, que de repente se soltó la bramadera por algo que dijo el presidente López sobre las aspiraciones de la clase media. Hasta leí a un ilustre periodista despotricando contra la presunta ignorancia de don Andrés acerca del marxismo. No le hice demasiado caso, porque siempre despotrica sobre lo que diga o deje de decir el Presidente. Una obsesión así desmerece a cualquier crítica. Además, si el periodista en cuestión supone que el marxismo y la lucha de clases son obsoletos, el capitalismo debe serlo más, ya que es todavía más viejo. Y conste, no soy marxista, pero reconozco que hay argumentos válidos y muy vigentes.
Otro columnista negaba tajantemente que el método de manipulación social de Goebbels funcionara. Según él, la condición para esa manipulación es que el receptor del mensaje no tenga otra fuente de información. Suena lógico, pero no es así como funciona el mecanismo: la información sobra, pero la verdad es muy escasa. Un ejemplo. Durante la visita de la vicepresidenta Kamala Harris, de inmediato circularon videos en donde se exhibía al presidente López con los zapatos sucios. Yo vi la transmisión de esa recepción. Escuché a don Andrés arrastrando su acento tabasqueño al llamar a la vicepresidenta por su nombre. Tan gracioso como la misma Kamala tratando de pronunciar “Obrador” (demasiadas erres para cualquier gringo), y sin embargo, nadie se burló de eso. No sabría decir si el traje del Presidente estaba bien o mal, no suelo ocuparme de esas tonterías, pero sí noté que un haz de luz del sol “despintaba” los zapatos del Presidente en algunas tomas. A la sombra, los zapatos estaban limpios y lustrosos. Todos tuvieron acceso a ese material de video, pero aún así insistieron en los zapatos. Por cierto…, me acordé de la subdirectora de mi secundaria, doña Eva Molina, que impidió que un prefecto me sacara del plantel por traer los zapatos gastados y sucios. “Si lo quieres con zapatos buenos y limpios, cómprale unos y pavimenta las calles”, le dijo. Y a mí me mandó con el intendente para que me prestara un trapo y limpiara el lodo.
El caso es que la campaña en redes contra el presidente López sigue. No sé de dónde salen los memes originales que luego se replican ad infinitum por incautos o bobos que odian ya por sistema al Presidente. En verdad todos ellos tienen argumentos para sustentar ese odio, pero si revisamos un poco, son los mismos argumentos calcados de columnistas, políticos, medios y, ¡cómo no!, publicaciones en redes; no hay criterios, hay ecos. Por supuesto que a López Obrador se le pueden criticar un montón de cosas, algunas bastante graves. Pero cuando se empieza con un prejuicio, se invalida toda crítica. Es el caso del distinguido periodista que mencionaba antes.
Y sí, escuché a don Andrés hablar de la clase media. Como mi cráneo no está vacío no emite ecos, así que entendí a qué se refería con esa “clase media” que aspira o pretende ser superior a la inmensa mayoría de los que estamos económicamente más bien jodidos y aspiramos a sobrevivir con algo de dignidad. Si con eso pretende don Andrés “cristianizar” a esas ovejas perdidas, esa clase media aspiracional, le falla el método. Todos tenemos aspiraciones y luchamos por ellas, aunque sean mediocres o mínimas. Hasta el más amolado jornalero urbano se siente “clasemediero” si carga un celular de prepago y puede ir un fin de semana a chacualear al Río Ramos. Mejor que don Andrés regrese a su clasificación fifí-conservadora. Describe mejor a esa clase media urbana a la que el régimen neoliberal crio con las migajas de la globalización y la modernidad. La que aún salta tratando de alcanzar la zanahoria que le muestra la aristocracia política y económica, y a la que no alcanzará a morder el rabo, mucho menos el cabo. Esa raza sí que es conservadora porque no está dispuesta a ceder ninguno de los “privilegios” que ha conservado por décadas a favor de los que no han tenido ninguno. Esa raza que pretende ser fifí, y vive impostando hasta el modito de andar de la aristocracia porfiriana de closet que en realidad son unas cuantas familias y que, además, ni siquiera tienen filiación a un partido político (la democracia es demasiado vulgar para ellos). Al final, y a pesar de la presunta obsolescencia del marxismo, sigue habiendo una clase social que no tiene nada más que su fuerza de trabajo, los que generan la riqueza y reciben escasas e injustas retribuciones (cosa de revisar cómo se corrompieron las leyes laborales en las últimas décadas). Las otras clases, las que sean, se definen por añadidura y son INCAPACES de sobrevivir sin esa fuerza primaria.
Desde esta perspectiva, tal vez podamos ver con otros ojos a esos “pobres” que tanto cacarea el Presidente. Eso sí, el discurso tan reiterativo de don Andrés sobre este tema, sólo desencadena más campañas de información falsa destinadas a encender los ánimos de quienes sólo tienen dos criterios para impulsar sus aspiraciones: el desprecio a la miseria y la envidia a la opulencia. Y esto ya no tiene qué ver con clases sociales sino con ambición y egoísmo. Ambas cosas, veneno puro para cualquier sociedad organizada.


