Iba a llegar a la escuela de mis hijos cinco minutos después de lo acostumbrado y me preocupaba no encontrar estacionamiento, porque no soy partidaria de ponerme en doble fila o frente a la puerta y que bajen solos; sé que muchos padres si, pero pues “cada quien”.
Delante de mí iba un carro que se dirigía al mismo sitio que yo: “¡nooo!, ¡ya me lo ganó!”, pensé; pero se estacionó un poco más adelante.
Esperamos unos minutos para bajar e ingresar a la escuela, lo cual me permitió ver dos escenas que me parecieron muy tiernas y dignas de destacar, aunque si nuestra sociedad estuviera lo suficientemente avanzada, hubiera sido algo común de un día cualquiera por la mañana.
Del carro descendió un hombre con su pequeño hijo que, seguramente, se encontraba en los primeros grados de primaria, caminaron hacia la cajuela, la abrieron, el padre sacó algunas cosas y empezó a arreglarlo.
Le acomodó el uniforme, los lentes y procedió a peinarlo; uno de mis hijos que veía lo que ocurría dijo que al niño le había quedado un “gallo”, es decir, ese mechón rebelde, ubicado justo en el “remolino” que para algunos es casi imposible de controlar, ni con “moco de gorila”.
Cuando terminó, agarró su mochila, lo tomó de la mano y cruzaron la calle; el pequeño entró a la escuela, y el hombre se fue en su auto.
Me había estacionado junto a unas casas, y de ahí salió otro hombre para subirse al carro que estaba atrás de mí; llevaba en brazos a una pequeña niña, de poco más de dos años, creo que iba dormida; lo cierto es que tuvo tal cuidado al colocarla dentro que fue enternecedor.
Su vestimenta formal indicaban que, muy probablemente, se dirigiría a su trabajo, y por la dinámica, quizás pasaría antes a una guardería a dejar a la niña, no lo sé.
“En mis tiempos…” (si, esa frase que cada vez uso con más frecuencia y es indicador inequívoco de que ya estoy siendo más ruca que chava), no era algo que se viera con mucha frecuencia, siempre era “mamá” la encargada de arreglar y llevar a los niños a la escuela.
Ahora, aunque cada vez es más común ver a padres cargando con bebé y pañalera a la entrada de una guardería, acompañando a su hija a la secundaria, asistir a juntas de padres en preparatoria, o acudir a los festivales escolares en la primaria, el día que deje de asombrarnos y de llamarnos la atención, será porque es tan cotidiano y normal que logramos vencer al estereotipo y los roles de género.


