En nuestro periplo vacacional por Europa estaba incluido Berlín, donde pasaríamos el Fin de Año y recibiríamos el 2026. A la capital de Alemania llegamos el 29 de diciembre, alrededor del mediodía, en un vuelo que tuvo su origen en el aeropuerto Heathrow de Londres.
Cansados al arribar al aeropuerto berlinés, porque habíamos despertado a las cuatro y media de la mañana para no perder el vuelo de British Airways, superamos la zona de migración y nos sentamos a descansar unos minutos junto a las bandas donde se recogen las maletas.
Al lado de nosotros estaba un pasajero que al poco tiempo se retiró. Y fue en ese lugar donde empezó el primero de los capítulos que se escribieron sobre una historia que titulé en un video como “La cartera perdida que volvió a su dueño”.
A nuestro regreso familiar a Monterrey, algunos amigos me han preguntado —o también sin preguntármelo he compartido— cómo se originó esa anécdota que terminó, sin que fuera el propósito, como un ejemplo de honestidad de unos papás mexicanos y sus dos pequeños hijos.
Uno de los aspectos que no incluimos en el video que subí a mi perfil de Facebook, y en mis comunidades de WhatsApp, fue que al encontrar la cartera estuvimos unos 15 minutos esperando que su dueño regresara por ella.
Quizá Daniel —como después supimos que era su nombre, de nacionalidad germana— tardaría porque salir de un aeropuerto y volver a entrar tendría que hacerlo presentando un pase de abordar.
Sin embargo, cuando los elementos de vigilancia supieran el motivo de su apuro, pudieron haber ayudado a superar o agilizado esos primeros obstáculos. Pero el dueño de la cartera nunca apareció frente a nosotros.
La verdad, nunca nos dio curiosidad abrirla para saber si contenía dinero, tarjetas bancarias u otros documentos de identidad. Hasta que horas más tarde, antes de llevársela a Daniel hasta su casa, Paola supo de su contenido buscando un número telefónico o una dirección.
Tampoco nos pasó por la cabeza llevarla a una oficina de objetos perdidos en el aeropuerto de Berlín, porque no tuvimos la suficiente confianza en que llegaría a las manos de Daniel, o de que un empleado en turno sustrajera todo o parte del efectivo y nos acusara de robo.
Así que la decisión estaba tomada y Héctor Hugo y Marco Sebastián estaban enterados de que esa cartera —que no era nuestra— llegaría, o al menos que haríamos todo lo que estuviera de nuestra parte, para que Daniel la recuperara. No importara el tiempo que nos llevara.
Para nuestra suerte, pero más de Daniel, su departamento estaba a exactos 12 euros en Uber de nuestro alojamiento. Pero antes, Héctor Hugo y yo grabamos los primeros clips con los cuales empezaría el video donde, reitero y sin querer, ‘dejamos bien parados a los mexicanos honestos’.
Cierto, México no puede presumir de estar en los primeros lugares de los países más honestos del mundo. Al contrario, los cárteles mexicanos de la droga, en el tema de la criminalidad organizada, han desplazado a los colombianos y han extendido sus tentáculos a Europa.
Después de llevar la cartera a su dueño —que, por cierto, vive en un departamento de un edificio grafiteado en una plaza bastante oscura de Berlín, lo que tampoco nos preocupó llevando a nuestros hijos—, lo compartí y recibí mensajes positivos públicos en Facebook, y privados en mis grupos de WhatsApp.
Gracias por los comentarios por esa acción que, estoy seguro, otros mexicanos hubieran repetido. Y si un mensaje me llamó la atención, como muchos otros, fue el del senador Luis Donaldo Colosio, que quiero compartir sin su permiso. Pero no creo que se moleste:
“¡Qué gran historia la de la cartera! Haces un gran trabajo como padre, hermano. Les estás dejando una lección que nunca se les va a olvidar. Y estás forjando los mejores mexicanos para el futuro”.
Gracias, senador. Y gracias también a todos los que se tomaron el tiempo de ver el video y escribir sus comentarios. De corazón, gracias de mi parte, de mi esposa Paola y de mis hijos.
twitter: @hhjimenez

