En el extremo de la agenda internacional se inscribió una cita que cumplió en días pasados el secretario general de la FIFA, Gianni Infantino con Mehdi Mohammed Nabi, vicepresidente de la Federación de Futbol de la República Islámica de Irán. A mi entender hizo bien el máximo jerarca del balompié organizado en el planeta, para hacerse presente y serenar los ánimos alebrestados de un país que obtuvo, con toda justicia deportiva, un lugar en la Copa del Mundo del 2026 que se jugará en Norteamérica.
Por vueltas del destino y de la política, cuando se disputaba la clasificación, el mundo estaba en calma. En marzo del 2025, los persas se ganaron su lugar en la eliminatoria asiática. Pero ahora que ya se definieron los 48 invitados a la justa de junio y julio, hay en desarrollo un conflicto serio y de consecuencias gravísimas en Medio Oriente que, en una esquina coloca, a Irán que, de acuerdo a la narrativa de occidente quiere desarrollar armas nucleares y, en la otra, a Estados Unidos e Israel, que buscan impedírselo a cañonazos.
Más allá de los buenos oficios de los jerarcas futboleros, que el mundo agradece, está la contradicción enorme de todo este asunto, en el que una fiesta futbolera es interrumpida por una guerra tan absurda como todas. ¿Cómo demonios el balón tiene que pasar por los escritorios burocráticos y convenencieros de los gobiernos para rodar libremente en el mundo? Es horrible ver al futbol secuestrado a punta de misil.
Si existiera un poco más de decencia entre los líderes planetarios, podría permitirse que los equipos de futbol, de cualquier nación o pueblo o etnia, pudiera cruzar libremente las fronteras y los mares para asistir a un evento deportivo, que honra los más nobles principios de la humanidad, como la prevalencia del mejor, el triunfo del esfuerzo, el premio a la preparación, la alegría de los triunfadores, la agonía de los derrotados, la posibilidad de revancha y el aprendizaje de que en la vida se gana y también se pierde. Esos principios didácticos, que no pueden enseñar Jean Piagget ni Maria Montessori, con todo y sus técnicas vanguardistas, se aprenden en una cancha de futbol, en un entorno de dicha pues, es sabido por quienes lo han jugado, que no hay alegría comparable a la que proporciona la conducción de una pelota, un disparo a puerta, una atajada salvadora.
“El futbol nos da unidad y esperanza, aún en las circunstancias más desafiantes”, declaró Infantino al reunirse con los directivos iraníes tras un juego reciente contra Costa Rica. Lo que quiso decir era que el futbol no debe enchiquerarse por la guerra y la política; pero no podía hacerlo con esas palabras por cuestiones, precisamente, de cortesía política.
Nadie se engaña. El mundo no es ingenuo y sabe que el futbol federado, a nivel internacional, es extraído de la cancha por la fuerza y es usado como un instrumento de poder. La Copa 2026 que se jugará en territorios de México, Estados Unidos y Canadá es una ocasión perfecta para lavar caras y manos, manchadas por la ira y por la sangre.
Es triste y provoca frustración que el querido deporte de millones sea secuestrado por los potentados para concretar sus chapuzas.
Los poderosos pueden encogerse de hombros y decir: “Ni modo, así es el mundo”.
No, así no es, se les respondería: así lo han hecho ustedes.


